Qué son las parasomnias y cuándo conviene consultar a un especialista
El sonambulismo, los terrores nocturnos y otros episodios que ocurren durante el sueño generan interrogantes sobre sus causas y consecuencias. Los especialistas explican sus características y las diferencias entre estas manifestaciones
Por Fernando Mongelós
Las parasomnias son conductas, movimientos, emociones o percepciones inusuales que aparecen al conciliar el sueño, mientras se duerme o al despertar. El término abarca desde hablar dormido y tener pesadillas hasta levantarse de la cama sin plena conciencia o realizar movimientos que reproducen el contenido de un sueño. Lo que define la necesidad de una consulta no es solo lo llamativo del episodio, sino su frecuencia, el riesgo de lesiones y su impacto sobre el descanso.
De acuerdo con Cleveland Clinic, estas manifestaciones pueden disminuir con el tiempo, especialmente durante la infancia. Sin embargo, algunas persisten en la adultez y presentan características diferentes según la etapa del sueño en la que ocurren.
Johns Hopkins Medicine distingue las parasomnias vinculadas con despertares parciales de aquellas asociadas con el sueño REM, la etapa en la que suelen ocurrir los sueños vívidos. Esta clasificación permite identificar diferencias en las manifestaciones, el grado de conciencia y el recuerdo posterior de los episodios.
El sonambulismo y los terrores nocturnos se producen durante despertares incompletos, cuando una persona puede tener los ojos abiertos, moverse o responder de manera limitada sin estar plenamente consciente. Según Cleveland Clinic, estos episodios pueden incluir acciones como caminar, hablar o realizar actividades complejas sin tener plena conciencia de lo que ocurre.
Durante un terror nocturno pueden aparecer gritos, sudoración, respiración acelerada, movimientos bruscos o intentos de salir de la cama. Johns Hopkins Medicine explica que quien atraviesa el episodio puede parecer despierto, pero permanece confundido y, por lo general, no recuerda lo sucedido a la mañana siguiente. Estas manifestaciones son más frecuentes en la infancia, aunque también pueden presentarse en adultos.
La prevención de lesiones adquiere importancia cuando hay desplazamientos nocturnos o movimientos intensos. Retirar objetos peligrosos, bloquear accesos a escaleras y asegurar puertas o ventanas son medidas que pueden reducir riesgos en casos de sonambulismo. Ante un episodio, las instituciones consultadas recomiendan guiar a la persona con calma hacia la cama en lugar de despertarla de forma brusca.
El trastorno de conducta del sueño REM se diferencia de los despertares parciales porque puede incluir vocalizaciones y movimientos que parecen representar un sueño. El Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre de Estados Unidos explica que, durante esa fase, los músculos de brazos y piernas suelen quedar temporalmente inmovilizados. Por ese motivo, los golpes, patadas o movimientos amplios durante esa etapa requieren una valoración para establecer su causa.
Las pesadillas también pueden formar parte de las parasomnias, aunque el recuerdo posterior suele ser más definido. La repetición de estos episodios, sumado al malestar que generan y su interferencia con el sueño o el estado de ánimo, son datos relevantes para una consulta. El especialista puede revisar la historia clínica, los medicamentos, los horarios de descanso y la presencia de otros trastornos que fragmenten el sueño.
Un estudio publicado en Neurology sobre la prevalencia y las enfermedades asociadas al deambular nocturno en adultos de Estados Unidos analizó entrevistas a 15.929 personas de entre 18 y 102 años. La investigación registró que el 3,6% informó al menos un episodio durante el año previo. El dato muestra que estas conductas pueden persistir en la adultez, aunque la evaluación individual depende de sus características y consecuencias.
La consulta con un profesional de salud o un especialista en sueño resulta pertinente cuando los episodios son frecuentes, causan lesiones, incluyen acciones potencialmente peligrosas, alteran el descanso o afectan las actividades diurnas. También corresponde solicitar orientación si una conducta aparece por primera vez en la adultez o si quien duerme parece representar sus sueños con movimientos físicos intensos.
Según el Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre de Estados Unidos, un registro de horarios de sueño, medicamentos, alcohol, cafeína y síntomas diurnos puede aportar información útil durante la evaluación.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
Qué pasa en el cuerpo después de una operación de apéndice y cómo afecta a la digestión y las defensas
La cirugía por inflamación abdominal despierta dudas acerca de alimentación, inmunidad y regreso paulatino a actividades cotidianas
Por Fernando Mongelós
La extirpación del apéndice suele producirse ante una apendicitis, una inflamación que puede requerir tratamiento urgente para prevenir una perforación y la extensión de una infección en el abdomen. Tras la cirugía, las dudas más frecuentes se concentran en la digestión, las defensas y el regreso a las actividades habituales.
El apéndice es una pequeña prolongación situada al comienzo del intestino grueso. Durante años se lo consideró un órgano sin importancia, aunque la investigación actual examina su relación con el sistema inmunitario intestinal y con las comunidades de microorganismos que viven en el colon. Esas posibles funciones no lo vuelven indispensable cuando una apendicitis exige una intervención.
De acuerdo con Cedars-Sinai, el apéndice puede aportar de manera limitada al entorno microbiano del intestino y alberga tejido relacionado con la respuesta inmunitaria. Nicolas Melo, cirujano general de esa institución, indicó que no hay pruebas de un cambio significativo de la función biológica tras una apendicectomía. La entidad también señala que el órgano no interviene en la descomposición de los alimentos ni en la absorción de nutrientes.
La ausencia del apéndice no obliga, por sí sola, a mantener una alimentación especial a largo plazo. La función de procesar los alimentos y absorber sus nutrientes corresponde principalmente al estómago y al intestino delgado, por lo que la cirugía no modifica de manera permanente esos procesos, según explicó Cedars-Sinai.
En los días posteriores a la operación pueden aparecer náuseas, gases, estreñimiento o distensión abdominal. Estas molestias corresponden al período postoperatorio y no demuestran que se haya perdido capacidad digestiva. La incorporación de alimentos se ajusta a la tolerancia de cada persona y a las indicaciones del equipo que realizó la intervención.
La investigación sobre la microbiota intestinal, el conjunto de bacterias y hongos que habita el aparato digestivo, todavía no permite establecer efectos clínicos duraderos. Un estudio publicado en Frontiers in Microbiology comparó a 30 personas con antecedente de apendicectomía con otra cantidad similar sin esa cirugía y halló diferencias en esas comunidades microbianas.
Sin embargo, fue un trabajo observacional, realizado en un único centro, que no evaluó de forma directa consecuencias inmunitarias o metabólicas. Sus resultados describen una asociación, no un perjuicio demostrado en personas sanas.
El tejido linfoide del apéndice participa en la vigilancia de microorganismos presentes en el intestino, pero también se encuentra distribuido en otras áreas del aparato digestivo. Por eso, Cedars-Sinai sostiene que la extirpación del órgano no equivale a una pérdida insustituible de las defensas del organismo.
La recuperación cotidiana depende de la técnica utilizada y de la evolución posterior. Cleveland Clinic indica que muchas personas vuelven al trabajo o a la escuela entre una y tres semanas después de la operación, aunque una cirugía abierta puede extender ese plazo. La recuperación completa puede llevar cerca de seis semanas.
La misma institución recomienda retomar el movimiento de manera paulatina y respetar las restricciones indicadas para levantar peso, conducir o realizar actividad física. La presencia de fiebre, dolor abdominal que aumenta, vómitos persistentes, enrojecimiento o secreción en la herida requiere una consulta médica, porque puede indicar una complicación postoperatoria.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
Cuánto ejercicio físico conviene hacer para dormir mejor y cuál es el horario más adecuado para entrenar
Una investigación de la Universidad de Texas en Austin, basada en datos de actividad y descanso de estudiantes universitarios, identificó un vínculo entre la actividad física moderada frecuente y un mayor tiempo en las fases más reparadoras del descanso nocturno
Por Ismael Yasnikowski
Millones de personas buscan soluciones para dormir mejor sin considerar un recurso al alcance de la mano: el movimiento físico regular. Según el entrenador español José Ruiz, en declaraciones recogidas por la revista CuidatePlus, muchas personas que trabajan ocho horas sentadas y terminan el día en el sofá sienten un cansancio profundo, pero aun así no logran conciliar el sueño con facilidad. La paradoja, advierte el especialista, es más común de lo que parece.
Esa observación tiene respaldo científico reciente. Un estudio de la Universidad de Texas en Austin, publicado en octubre de 2026 en el Journal of Physical Activity and Health, analizó datos de actividad y sueño de estudiantes universitarios durante varios meses a través de dispositivos digitales.
Los resultados mostraron que quienes se ejercitaban con mayor frecuencia pasaban más tiempo en las etapas profundas y reparadoras del sueño. Uno de sus hallazgos más destacados: apenas 10 minutos diarios de actividad moderada a vigorosa ya se asociaron con mejoras medibles en la calidad del descanso.
No hace falta entrenar horas para notar resultados. “Si una persona lleva años siendo sedentaria, comenzar caminando 20 o 30 minutos diarios y realizar dos sesiones de fuerza a la semana ya puede representar un cambio importante”, señaló Ruiz en declaraciones a CuídatePlus.
Las recomendaciones generales para adultos establecen entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, junto con entrenamiento de fuerza al menos dos veces por semana, pero los especialistas coinciden en que no es necesario llegar a esas cifras desde el primer día.
Caminar a buen ritmo, andar en bicicleta, nadar o practicar senderismo son actividades que ayudan a regular el estrés y favorecen el descanso. El entrenamiento de fuerza también contribuye: mejora la musculatura y la capacidad funcional, y practicado con regularidad puede profundizar el sueño.
El ejercicio actúa sobre el descanso por varios caminos: reduce la ansiedad, eleva temporalmente la temperatura corporal —que luego baja durante la recuperación— y genera una necesidad fisiológica de reposo reparador.
Uno de los mitos más extendidos es que ejercitarse por la noche perjudica el descanso. Sin embargo, la evidencia no lo respalda, un estudio publicado en abril de 2026 en el European Journal of Public Health, basado en más de 11.300 adultos daneses, confirmó que una mayor actividad física en el tiempo libre se asocia con menos problemas de sueño, incluso entre quienes atraviesan niveles altos de estrés. El factor determinante no fue el horario, sino si la persona se movía o no.
En este sentido, el entrenador español señaló: “Una persona puede terminar una sesión moderada de fuerza a las ocho de la noche, cenar y dormir perfectamente. Otra puede hacer un entrenamiento de alta intensidad a las diez y media de la noche y encontrarse demasiado activada cuando intenta acostarse”.
Durante el ejercicio intenso aumentan la frecuencia cardíaca, la temperatura corporal y la activación del sistema nervioso, y el cuerpo necesita tiempo para volver a su estado basal. Por eso, quienes tienen dificultades para dormirse deberían evitar sesiones de alta intensidad en la última hora antes de acostarse y, en lo posible, dejar un margen de recuperación más amplio.
El consejo popular de madrugar para hacer deporte tiene un límite claro: si eso implica dormir menos, el remedio puede ser peor que la enfermedad. “No tiene sentido sacrificar sueño para hacer ejercicio con el objetivo de dormir mejor”, advirtió Ruiz.
Además, practicar actividad al aire libre durante el día suma un beneficio extra: la exposición a la luz natural ayuda a sincronizar el reloj biológico y refuerza el descanso nocturno.
La clave no está en encontrar el horario perfecto, sino en construir un hábito sostenible. “Si por trabajo solo podés entrenar por la tarde, adaptá la intensidad, observá cómo respondés y buscá un horario que puedas mantener”, resumió el entrenador. La regularidad, según los expertos, es el factor que realmente marca la diferencia.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
El valor agregado en el desayuno que podría reducir el dolor de la artritis y fortalecer los músculos
Investigadores de la Universidad de Nottingham comprobaron que un suplemento de inulina, una fibra natural presente en vegetales comunes, redujo el dolor en adultos con osteoartritis y mejoró su fuerza muscular en apenas seis semanas
Por Ismael Yasnikowski
Un suplemento diario de fibra redujo el dolor articular y mejoró la fuerza muscular en personas con osteoartritis de rodilla, según un estudio publicado en la revista Nutrients. El compuesto probado fue la inulina, una fibra prebiótica presente en alimentos como la achicoria y las alcachofas de Jerusalén, que actúa en el intestino grueso y no requiere prescripción médica.
La investigación fue conducida por la Universidad de Nottingham a través del ensayo INSPIRE, un experimento controlado y aleatorizado que incluyó a 117 adultos con osteoartritis de rodilla durante seis semanas. Los participantes se dividieron en cuatro grupos: inulina sola, fisioterapia digital sola, combinación de ambas y placebo.
La inulina no se absorbe en el intestino delgado: llega al intestino grueso, donde las bacterias la fermentan y producen ácidos grasos de cadena corta, principalmente butirato, un compuesto que refuerza la pared intestinal y regula procesos inflamatorios ligados al dolor. Los participantes que tomaron el suplemento mostraron niveles más altos de butirato al cierre del período de prueba.
Los investigadores también detectaron un aumento en los niveles de GLP-1 (péptido similar al glucagón tipo 1), una hormona intestinal vinculada a la regulación del azúcar en sangre, el apetito y la percepción del malestar. Es la misma hormona que apuntan fármacos como el Ozempic o el Wegovy, aunque en este caso la fibra estimula su producción natural en el propio organismo, sin efecto farmacológico directo.
El grupo tratado con la fibra registró además una reducción en la sensibilidad al dolor, es decir, en la respuesta del sistema nervioso ante estímulos potencialmente dolorosos. En la osteoartritis, las molestias no siempre son proporcionales al daño articular visible, por lo que modular esa respuesta representa un beneficio clínico relevante para la vida cotidiana.
Uno de los hallazgos más inesperados fue la mejora en la fuerza de agarre de quienes consumieron el prebiótico. El trabajo apuntaba al dolor de rodilla, pero sus efectos alcanzaron dimensiones más amplias, posiblemente ligadas al aumento de GLP-1.
Los análisis indicaron que niveles más altos de esa hormona se asociaron con mayor fuerza muscular. La profesora Ana Valdes, coautora e integrante de la Escuela de Medicina de Nottingham, señaló que el dato sugiere “un eje intestino-músculo-dolor más amplio que merece más investigación”, con posibles implicancias para el envejecimiento y la capacidad física.
La fisioterapia digital también redujo las molestias en la rodilla, pero no produjo las mejoras adicionales en fuerza ni en sensibilidad que sí registró el grupo tratado con la fibra.
La diferencia en adherencia fue uno de los datos más contundentes del trabajo. Solo el 3,6% de los participantes asignados a la inulina dejó el programa, mientras que en el grupo de fisioterapia digital esa cifra llegó al 21%. Incorporar el prebiótico al desayuno o al yogur resultó considerablemente más fácil de sostener que seguir un programa de ejercicios estructurado.
La doctora Afroditi Kouraki, autora principal, destacó que los resultados muestran que “un cambio dietético simple puede reducir el dolor y mejorar la función física de forma concreta” y valoró la baja tasa de abandono como una señal positiva desde el punto de vista de la salud pública.
La profesora Lucy Donaldson, directora de Investigación de Arthritis UK, recordó que seis de cada diez personas con artritis viven con dolor la mayor parte del tiempo y subrayó que la dieta y la fisioterapia pueden actuar por vías distintas para beneficiar a los pacientes.
Los propios autores advierten que el estudio fue pequeño y duró solo seis semanas, por lo que serán necesarias investigaciones más amplias para confirmar si los beneficios persisten y precisar los mecanismos biológicos involucrados. Los resultados no plantean que el suplemento reemplace a la fisioterapia u otros tratamientos establecidos, sino que podría sumar como herramienta complementaria.
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TOC: cómo reconocer sus señales y qué tratamientos pueden ayudar
Pensamientos intrusivos y rituales repetitivos pueden generar malestar e interferir en la vida cotidiana, pero existen abordajes psicológicos y farmacológicos para cada caso
Por Bautista Salaverri
Los pensamientos no deseados, persistentes y capaces de generar ansiedad forman parte de la experiencia de numerosas personas. En el trastorno obsesivo-compulsivo, esos pensamientos pueden adquirir una intensidad y una frecuencia que llevan a realizar conductas o rituales repetidos para obtener un alivio momentáneo. El problema aparece cuando ese ciclo demanda tiempo, provoca malestar o interfiere con las actividades cotidianas.
También conocido como TOC, es una condición de salud mental definida por obsesiones, compulsiones o ambas. Las obsesiones pueden ser ideas, imágenes o impulsos intrusivos, mientras que las compulsiones son acciones o actos mentales repetitivos destinados a reducir la ansiedad asociada. De acuerdo con la Cleveland Clinic, el contenido de esos pensamientos y conductas puede cambiar de una persona a otra, aunque existen temas que se repiten con frecuencia.
Las causas exactas todavía no se conocen. El Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos indica que pueden intervenir factores genéticos, biológicos, vinculados con la química cerebral y ambientales. La institución también señala que suele comenzar durante la adolescencia o la adultez temprana, aunque su manifestación y gravedad pueden variar.
La psicóloga Dawn Potter, especialista de Cleveland Clinic, explicó que las categorías pueden resultar útiles para reconocer síntomas, pero no constituyen diagnósticos oficiales. El diagnóstico se centra en la presencia de obsesiones, compulsiones o ambas, así como en el tiempo que ocupan y su impacto en la vida diaria.
Mayo Clinic distingue el TOC de la preferencia por la limpieza, el orden o el perfeccionismo. Según su descripción, las obsesiones y compulsiones propias del trastorno suelen generar sufrimiento emocional, consumir una cantidad relevante de tiempo y afectar responsabilidades, relaciones o rutinas.
El Instituto Nacional de Salud Mental establece como uno de los criterios clínicos que estos pensamientos o conductas ocupen más de una hora al día o generen problemas importantes en la vida cotidiana. También advierte que tener una obsesión o una conducta repetitiva aislada no equivale, por sí solo, a un diagnóstico de TOC.
El abordaje del TOC puede incluir psicoterapia, medicamentos o la combinación de ambas estrategias. Cleveland Clinic identifica a la terapia de exposición y prevención de respuesta como uno de los tratamientos más utilizados. Esta modalidad propone afrontar gradualmente los estímulos, miedos u obsesiones sin responder mediante la compulsión habitual.
La exposición y prevención de respuesta es una forma específica de terapia cognitivo-conductual. El Instituto Nacional de Salud Mental explica que su objetivo es ayudar a desarrollar formas de manejar la ansiedad que surge frente a las obsesiones, en lugar de sostener el ritual que busca neutralizarla.
Potter señaló que el tratamiento no suele concentrarse en clasificar el contenido particular de cada pensamiento intrusivo. El foco, según explicó la psicóloga de Cleveland Clinic, consiste en reconocer que esos pensamientos pueden ser un síntoma del TOC y separarlos de los valores, deseos o características personales.
Mayo Clinic también incluye la terapia cognitivo-conductual entre los principales recursos terapéuticos. De acuerdo con la institución, este enfoque busca modificar patrones de pensamiento y rutinas que sostienen las conductas compulsivas. En algunos casos, profesionales de salud mental pueden indicar medicamentos, entre ellos determinados antidepresivos, como parte de un plan de tratamiento individualizado.
Harvard sostiene que la elección del tratamiento inicial depende de la intensidad de los síntomas, de otros problemas de salud mental o física que puedan coexistir, de experiencias previas y de las preferencias de cada persona. La entidad remarca que la exposición con prevención de respuesta y la terapia cognitivo-conductual figuran entre los enfoques con mayor respaldo para el tratamiento del trastorno.
La investigación no ha identificado una causa única que explique el desarrollo del TOC. El Instituto Nacional de Salud Mental menciona los antecedentes familiares como un factor de riesgo, sobre todo cuando un familiar de primer grado presentó síntomas durante la infancia o la adolescencia. También indica que se estudian diferencias en determinadas áreas cerebrales, aunque todavía se requiere más investigación para comprender su relación con el trastorno.
El trauma infantil, ciertos rasgos temperamentales y la presencia de ansiedad o depresión en etapas tempranas aparecen entre los factores investigados. Según el mismo instituto, algunos estudios hallaron asociaciones entre experiencias traumáticas durante la niñez y el TOC, pero la relación requiere mayor estudio para establecer sus mecanismos.
El Paris Brain Institute señala que existe una predisposición genética y que los familiares de primer grado de una persona con TOC tienen un riesgo más alto de desarrollar el trastorno. Aun así, la institución precisa que no se conocen todas las variantes genéticas relacionadas y que la disfunción cerebral que conduce a esta condición sigue sin una explicación definitiva.
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Por qué la presión arterial en valores normales puede ocultar un riesgo cardiovascular, según un nuevo estudio
Un hallazgo reciente apunta a un factor neurológico que incide en la estabilidad del sistema circulatorio. Los especialistas sugieren incorporar otros criterios de diagnóstico para detectar fallas que los chequeos tradicionales no logran advertir
Por Ismael Yasnikowski
Una pérdida de apenas unos cientos de neuronas puede desestabilizar la presión arterial aunque los valores se mantengan dentro de rangos saludables. Ese es el hallazgo central de un estudio publicado en la revista científica Circulation Research, que identifica un pequeño grupo de células nerviosas en el tronco encefálico como pieza clave en el control de la tensión sanguínea.
La investigación, realizada por la Universidad de Virginia (UVA), cuestiona la forma en que la medicina evalúa este indicador. Durante décadas, los controles clínicos se concentraron en el valor promedio de la tensión. Sin embargo, el trabajo demuestra que esa mirada parcial puede pasar por alto un riesgo real: las oscilaciones a lo largo del día elevan de forma independiente el riesgo de enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares y daño cerebral, incluso cuando los números del paciente son normales.
El equipo liderado por Stephen Abbott, investigador principal del estudio, localizó esa población neuronal en el tronco encefálico, la región que gobierna funciones involuntarias esenciales del organismo. Estas células actúan como un sistema de amortiguación que suaviza los cambios de presión durante actividades cotidianas: dormir, despertar, ponerse de pie o hacer ejercicio.
Lo que hace al hallazgo especialmente relevante es la escala del daño. Los experimentos demostraron que la ausencia de ese conjunto reducido de neuronas genera oscilaciones bruscas en la tensión, aun cuando el promedio general se ubica en niveles aceptables. “Lo que descubrimos es que la pérdida de apenas unos pocos cientos de células nerviosas provoca una presión arterial inestable, aunque la media sea normal”, sostuvo el investigador estadounidense en declaraciones recogidas por Circulation Research.
El especialista fue más lejos al señalar que “esto demuestra que el sistema que mantiene la presión estable de momento a momento ya no funciona”. El planteo implica un giro en la mirada clínica: el problema no siempre reside en el nivel absoluto de la tensión, sino en la capacidad del organismo de sostenerla constante frente a los cambios del entorno y la actividad física.
Las células identificadas por la UVA ya figuraban en la literatura científica previa. Estudios anteriores las encontraron dañadas o ausentes en pacientes con atrofia multisistémica, un trastorno neurológico raro y fatal vinculado al Parkinson que incluye, entre sus síntomas más graves, dificultades para regular la tensión sanguínea.
El nuevo trabajo amplía ese vínculo y plantea que alteraciones en este circuito neuronal también podrían estar detrás de la inestabilidad cardiovascular en otras condiciones médicas, incluidas aquellas donde los controles estándar no arrojan valores preocupantes. Este enfoque podría modificar la manera en que los médicos interpretan un examen de presión, prestando mayor atención a la variabilidad que a los registros puntuales.
“Nuestro trabajo propone una nueva manera de pensar en los problemas de presión arterial. No se trata solo de bajar los números, sino de mantener la tensión estable segundo a segundo”, señaló Abbott.
Comprender qué circuito neurológico regula la estabilidad de la tensión —y no solo su nivel— abre una línea de investigación distinta a la que dominó la cardiología durante décadas. Hasta ahora, la mayoría de los tratamientos apuntó a reducir valores elevados. Este estudio sugiere que controlar las oscilaciones podría ser igualmente necesario para proteger al organismo de consecuencias a largo plazo.
La identificación de estas neuronas en el tronco encefálico ofrece además un blanco concreto para futuras investigaciones farmacológicas o terapéuticas. Preservar o reactivar ese circuito en pacientes vulnerables podría reducir el riesgo cardiovascular en personas que hoy no reciben tratamiento porque sus controles de rutina no muestran señales de alarma.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/