Científicos argentinos revelaron cómo era la dieta de los primeros habitantes de América
Un equipo de especialistas del CONICET y de universidades nacionales reunió datos de 50 sitios arqueológicos desde Alaska hasta la Patagonia y aportó evidencia sobre la alimentación de los grupos humanos que poblaron el continente
El proceso mediante el cual los primeros seres humanos se establecieron en América involucra múltiples interrogantes: ¿quiénes fueron esos pioneros, cómo lograron sobrevivir y qué recursos utilizaron para adaptarse a los nuevos paisajes?
Entre los aspectos fundamentales se encuentra la alimentación, cuyo análisis permite entender la forma de vida de estos grupos y su relación con el ambiente y las especies animales que habitaban el continente.
Una investigación, publicada en la revista Science Advances, reunió información de 50 sitios arqueológicos desde Alaska hasta la Patagonia y aporta evidencia contundente a favor de un modelo específico: durante su expansión, los primeros pobladores de América habrían basado su dieta principalmente en grandes mamíferos herbívoros. Participaron expertos del CONICET, la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN).
El hallazgo desafía la idea tradicional de que se trataba de grupos generalistas que aprovechaban cualquier recurso disponible y permite comprender mejor cómo se produjo el poblamiento inicial del continente.
El estudio indica que los grupos humanos tempranos obtenían la mayor parte de su alimento de animales de gran tamaño. Los tres conjuntos regionales analizados, que corresponden a Beringia (la región que conectaba Asia y América del Norte durante las glaciaciones), América del Norte y América del Sur, obtuvieron la mayor parte de su comida de megaherbívoros de más de 1.000 kilos.
Identificaron cuáles eran esas presas principales en cada región: mamut lanudo en Beringia, mamut de Columbia en América del Norte y perezosos terrestres gigantes junto con gonfoterios en América del Sur.
Por ende, no aparece una dieta repartida en partes similares entre especies pequeñas, medianas y grandes, sino una preferencia marcada por animales de enorme porte.
Los grandes herbívoros concentraban entre el 83% y el 90% del aporte energético potencial dentro de la dieta estimada. En ese marco, Luciano Prates, investigador del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), afirmó que “para los grupos humanos del final del Pleistoceno, estos grandes animales no fueron un recurso marginal, sino el pilar de su dieta y de su estrategia de subsistencia”.
La megafauna representa más del 99,9% de la biomasa comestible estimada en Beringia oriental y América del Norte, y 99,8% en América del Sur. El mismo trabajo añade que, dentro de esa categoría, los megaherbívoros aportaban 82,9% del suministro disponible en Beringia oriental, 87,9% en América del Norte y 87,5% en América del Sur.
Para Prates, “el impacto de la megafauna en la dieta de las poblaciones humanas del pasado es, por mucho, lo más significativo”.
El estudio también plantea una relación entre esa especialización y el avance humano sobre el continente. El artículo sostiene que el enfoque en esos animales “facilitó la rápida expansión humana hacia diferentes ecosistemas antes de que la extinción progresiva de la megafauna condujera a la diversificación regional mediante adaptaciones a los recursos disponibles localmente”.
Esto quiere decir que los humanos pudieron expandirse rápidamente a distintos ambientes porque dependían principalmente de la caza de grandes animales, y solo cuando estos comenzaron a extinguirse, tuvieron que adaptarse y aprovechar los recursos específicos que ofrecía cada región.
El trabajo reunió evidencia de 50 sitios arqueológicos: 8 conjuntos en Beringia oriental, 25 en América del Norte y 17 en América del Sur. El equipo incluyó especialistas del CONICET, de la UNLP y de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN).
Uno de los aportes centrales del estudio aparece en la forma de evaluar la dieta. Iván Pérez, autor del trabajo e investigador del CONICET, explicó que contar individuos por especie puede generar una comparación engañosa, porque “pone en pie de igualdad a un mastodonte o un megaterio con una mulita o un tucu-tucu”.
A partir de esa objeción, el equipo aplicó una estimación basada en biomasa comestible y energía. En palabras de Pérez, la pregunta fue cuántos tucu-tucu harían falta para igualar la energía que aporta un megaterio.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
Identifican un biomarcador en sangre que podría anticipar la progresión de la esclerosis múltiple
El análisis de más de 18.000 extracciones vinculó niveles elevados de la proteína GFAP con un mayor riesgo de discapacidad a corto y largo plazo, incluso en pacientes sin episodios de recaída registrados
Por Constanza Almirón
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 1,8 millones de personas viven con esclerosis múltiple en el mundo. Se trata de una enfermedad en la que el sistema inmunitario ataca el sistema nervioso central (encéfalo y médula espinal), y puede afectar funciones motoras, sensoriales, visuales, cognitivas y emocionales.
En ese contexto, un marcador en sangre podría ayudar a anticipar la progresión de la enfermedad y a seguir una fase que suele avanzar “en silencio”. Investigadores de la University of Basel informaron que niveles altos de proteína ácida fibrilar glial (GFAP), se asociaron con un mayor riesgo de avance de la discapacidad tanto a corto como a largo plazo, incluso cuando no se registraron recaídas.
El estudio, publicado en JAMA Neurology, también planteó que este indicador podría servir para monitorear la respuesta al tratamiento.
El foco estuvo puesto en la llamada progresión independiente de la actividad de recaída: un deterioro físico y cognitivo gradual que puede avanzar sin brotes evidentes. En la práctica, es como un desgaste que no “enciende alarmas” inmediatas —no hay un episodio agudo—, pero puede acumular impacto con el tiempo. Detectar y medir ese proceso sigue entre los principales desafíos en la atención de esta enfermedad.
Jens Kuhle, profesor de la University of Basel y del Research Center for Clinical Neuroimmunology and Neuroscience (RC2NB), planteó así la pregunta de partida: “Una de las cuestiones clave para nosotros era si la progresión deja una huella biológica distinta de la inflamación”.
El investigador añadió, en declaraciones recogidas por la University of Basel, que “si estos procesos son biológicamente distintos, también necesitamos biomarcadores que reflejen diferentes aspectos de la enfermedad, en lugar de esperar que un solo marcador lo capte todo”.
El equipo, encabezado por Kuhle, analizó más de 18.000 muestras de sangre y datos clínicos de más de 2.300 personas con esclerosis múltiple. Los participantes integraban dos cohortes de seguimiento prolongado en Suiza y Estados Unidos.
La GFAP es una proteína que liberan los astrocitos —células de apoyo del cerebro— cuando se activan o sufren daño. Dicho de forma simple, funciona como una “señal” de que el tejido de sostén del sistema nervioso atraviesa cambios o lesiones.
Además, se realizó una comparación en el estudio entre este indicador y la cadena ligera de neurofilamentos. Este biomarcador alternativo está relacionado principalmente con el daño neuroaxonal vinculado a actividad inflamatoria aguda y su presencia se asoció con un aumento en el riesgo de recaídas futuras.
Por eso, ambos análisis podrían complementarse. Mientras la cadena ligera de neurofilamentos aporta información sobre inflamación aguda, la GFAP sumó señales sobre el componente progresivo, un aspecto para el cual hasta ahora faltaba un marcador sanguíneo con este enfoque.
Los investigadores observaron además un dato con posible proyección médica: los pacientes cuyos niveles de GFAP descendieron tras iniciar tratamientos destinados a frenar el curso de la esclerosis múltiple presentaron un menor riesgo de empeoramiento posterior.
Maximilian Einsiedler, uno de los primeros autores del estudio, señaló en el comunicado de la universidad que “lo particularmente llamativo no fue solo que niveles más altos de GFAP se asociaran con la progresión gradual de la enfermedad”.
Agregó que “los cambios en el biomarcador durante el tratamiento también se asociaron con el riesgo posterior de progresión de la discapacidad”. Para Einsiedler, ese dato sugiere que esta proteína podría reflejar procesos biológicos vinculados con la evolución futura del cuadro.
A partir de estos resultados, el trabajo reforzó la evidencia sobre la GFAP como biomarcador de progresión independiente de la actividad de recaída.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
“Puede ser beneficioso”: cuántas tazas de café al día recomiendan los expertos en salud cardiovascular
Un comunicado reciente de una entidad estadounidense establece un máximo diario para el consumo de esta popular bebida, basado en evidencia científica que analiza sus posibles efectos sobre el organismo y el riesgo de enfermedades crónicas
El consumo de café con cafeína es desde hace años motivo de debate por sus posibles efectos en la salud.
Ahora, un nuevo comunicado de la Asociación Estadounidense del Corazón (AHA) aportó claridad al recomendar que los adultos pueden consumir hasta cinco tazas de café con cafeína al día de forma segura.
Según la organización, esta cantidad no solo es inocua para la mayoría de los adultos, sino que podría asociarse a beneficios en la salud cardiovascular.
De acuerdo con la AHA, los datos más recientes sugieren que el consumo de hasta 400 miligramos de cafeína al día, equivalentes a cinco tazas de café estándar de 240 ml, no representa un riesgo para la salud del adulto promedio. Esta postura marca un giro respecto a recomendaciones previas más restrictivas. El comunicado se basa en el análisis de grandes estudios de cohorte como el Nurses’ Health Study y el Health Professionals Follow-Up Study, que siguieron a miles de personas durante décadas.
La noticia fue destacada por The Harvard Gazette, que entrevistó a Frank Hu, profesor de nutrición y epidemiología en la Escuela de Salud Pública de Harvard y coautor del comunicado. Hu afirmó que “para las personas que ya toman café, los datos son muy tranquilizadores: de dos a cinco tazas al día no solo es seguro, sino que puede ser beneficioso para la salud en términos de un menor riesgo de padecer ciertas enfermedades crónicas”.
La declaración de la AHA subraya que quienes consumen entre dos y cinco tazas de café con cafeína al día presentan un menor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, enfermedades cardíacas, insuficiencia cardíaca y accidentes cerebrovasculares. Aunque los especialistas advierten que no se recomienda que quienes no consumen café comiencen a hacerlo con el único objetivo de prevenir enfermedades, los hallazgos respaldan que el consumo regular y moderado puede formar parte de un estilo de vida saludable.
Los investigadores señalan que estos efectos favorables no se deben únicamente a la cafeína. El café contiene también polifenoles y ácido clorogénico, compuestos bioactivos que, según Frank Hu en declaraciones recogidas por The Harvard Gazette, “pueden reducir el estrés oxidativo y la inflamación crónica, e incluso pueden tener efectos beneficiosos sobre la sensibilidad a la insulina”. El metabolismo de los polifenoles por parte de las bacterias intestinales produce metabolitos que contribuyen a estos efectos.
El café, tanto regular como descafeinado, aporta una variedad de compuestos bioactivos. Entre ellos destaca el ácido clorogénico, que demostró reducir la absorción de glucosa y mejorar su metabolismo. Estos compuestos, presentes tanto en café tradicional como en mezclas sin cafeína, amplían el abanico de opciones para quienes buscan reducir su ingesta de cafeína sin renunciar a los posibles beneficios.
Según la explicación de Frank Hu, “el café no solo contiene cafeína, sino numerosos compuestos bioactivos como los polifenoles”. Estudios recientes también apuntan a que el metabolismo de estos compuestos por la flora intestinal puede tener un impacto positivo en la salud metabólica y cardiovascular.
El comunicado de la AHA advierte que las conclusiones sobre la seguridad del café no pueden extrapolarse a las bebidas energéticas. Estas bebidas suelen contener cantidades más elevadas de cafeína, junto con altos niveles de azúcares añadidos, taurina y otros estimulantes. Según Frank Hu, “los posibles daños no provienen únicamente de la alta dosis de cafeína, sino también de otros componentes”. The Harvard Gazette subraya que estas bebidas no contienen compuestos bioactivos beneficiosos como los polifenoles.
La organización pone como ejemplo que una sola lata de estas bebidas, de 473 ml, puede proporcionar hasta 300 miligramos de cafeína. Estas cifras se acercan al límite diario recomendado por la AHA en una sola bebida, lo que puede aumentar el riesgo de hipertensión arterial y arritmias, especialmente en personas sensibles o con antecedentes cardíacos.
El tamaño de la taza y la forma de preparar el café también influyen en su impacto sobre la salud. Frank Hu precisó en The Harvard Gazette que “si se usa la taza estándar de 355 ml, serían como tres tazas al día. No como un café con leche grande de una cafetería”. Además, el agregado excesivo de azúcar y crema puede neutralizar los posibles efectos benéficos del café.
La recomendación de la AHA es clara: para adultos sanos, el consumo de hasta 400 miligramos de cafeína diarios, distribuido en varias tazas de café tradicional, se considera seguro. En cambio, las bebidas energéticas y el café con grandes cantidades de azúcar y crema deben evitarse.
La relación entre la cafeína y la salud cardiovascular es compleja. Si bien los datos actuales respaldan la seguridad del consumo moderado de café, la AHA reconoce que se necesita más investigación para comprender de manera plena cómo las distintas fuentes de cafeína afectan al organismo y cómo puede variar el impacto entre diferentes personas.
El comunicado científico señala que las respuestas individuales pueden diferir según factores genéticos, hábitos de vida y condiciones preexistentes. Por ello, aunque las recomendaciones aportan una guía para la mayoría de los adultos, cada persona debe adaptar su consumo según sus necesidades y, en caso de dudas, consultar con un profesional de la salud.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
Descubren una nueva pista sobre el origen de las misteriosas Cataratas de Sangre de la Antártida
Un reciente estudio señala que el flujo rojizo del glaciar Taylor se alimenta de agua salada antigua que yace bajo el hielo
En la Antártida, en los Valles Secos de McMurdo, el glaciar Taylor termina en una cascada conocida como las Blood Falls (“Cataratas de Sangre”). Allí, una salmuera hipersalina rica en hierro emerge desde debajo del hielo y cae hacia el lago Bonney; al entrar en contacto con el aire, el hierro se oxida y tiñe el flujo de un tono carmesí intenso.
Un nuevo estudio concluye que la salmuera que alimenta las las Cataratas de Sangre de la Antártida probablemente procede de agua de mar antigua atrapada bajo el glaciar Taylor, una hipótesis respaldada por análisis moleculares, genéticos y microbianos.
El trabajo, publicado hoy en la revista Nature Geoscience, se basa en 167 muestras de agua, sedimento y aire de la zona cercana a la cascada y de los Valles Secos de McMurdo.
La cascada rojiza, situada al final del glaciar Taylor en el valle Taylor de la Antártida Oriental, descarga una salmuera rica en hierro hacia lago Bonney. Ese hierro se oxida al entrar en contacto con el aire y tiñe el flujo, una explicación que sustituyó la antigua idea de que el color provenía de algas. Estudios previos ya habían planteado un origen marino para la salmuera a partir de firmas químicas y bacterias detectadas en el líquido.
El nuevo trabajo aporta pruebas moleculares y genéticas adicionales que refuerzan esa explicación, aunque no fijan con precisión cuándo quedó atrapada.
El estudio fue dirigido por la microbióloga Angela Zoumplis de la Universidad de California en San Diego y destacó que las Cataratas de Sangre podría conservar descendientes de una comunidad marina aislada durante millones de años. El lugar fue descubierto en 1911 por Thomas Griffith Taylor.
La salmuera hipersalina pudo actuar como refugio al mantener bolsas de agua líquida bajo el hielo y permitir la supervivencia de algunos organismos. Ciertos linajes pudieron pasar largos periodos en estado latente antes de reactivarse cuando las condiciones lo permitieron.
Si esa interpretación es correcta, las Cataratas de Sangre preservaría descendientes vivos de un ecosistema anterior a la actual capa de hielo antártica. El estudio perfila esa zona como un caso de interés para investigar ecosistemas relictos y reconstruir cambios ambientales del pasado.
Para caracterizar los microorganismos presentes, los investigadores analizaron muestras de las Cataratas de Sangre, de la región más amplia de los Valles Secos de McMurdo y de ambientes marinos cercanos.
El objetivo fue determinar si en la cascada existe una comunidad microbiana distintiva, posiblemente remanente de condiciones antiguas. “Los hallazgos de este estudio revelan un predominio de linajes eucariotas marinos en el área de las Cataratas de Sangre”, escribieron los investigadores en el estudio.
La misma señal apareció entre los procariontes, aunque con menor intensidad. “Esta señal marina es menos prominente pero aún detectable en la estructura procariótica”, añadieron los autores.
El estudio comparó las comunidades microbianas de las Cataratas de Sangre con muestras oceánicas cercanas y con otros puntos de los Valles Secos. Las Blood Falls compartía poco más del 9% de sus eucariotas con el océano, frente a alrededor del 1% en el resto de la región.
El equipo analizó ARN ambiental para distinguir organismos activos de restos genéticos persistentes en forma de ADN. Ese examen indicó que varios de esos eucariotas estaban activos dentro del sistema de salmuera.
Entre ellos había grupos asociados con frecuencia al océano, como diatomeas, dinoflagelados, haptófitos y ciliados. Muchos diferían genéticamente de sus parientes marinos actuales, algo compatible con un aislamiento prolongado.
El trabajo también revisó una explicación alternativa: que las bacterias marinas y otras señales asociadas al agua de mar llegaran desde la costa por los fuertes vientos de los Valles Secos. El aire cerca de las Cataratas de Sangre contenía solo una pequeña fracción de microorganismos marinos.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
Un estudio logró reconstruir melodías imaginadas a partir de señales cerebrales
El trabajo, publicado en eNeuro, analizó señales neuronales de pacientes con epilepsia mientras completaban mentalmente canciones infantiles. Los resultados aportan pistas sobre cómo el cerebro organiza sonidos internos que no llegan a escucharse
Por Constanza Almirón
Aunque nadie escuche una nota, el cerebro puede “cantarla” por dentro. Esa experiencia —tararear mentalmente una canción mientras caminás o recordar una melodía sin mover los labios— suele parecer imposible de traducir en datos.
Sin embargo, un estudio realizado en Corea del Sur logró un avance: a partir de señales neuronales registradas directamente en la corteza cerebral (la capa externa del cerebro, donde se procesa información sensorial y el lenguaje), un equipo reconstruyó los cambios de una melodía imaginada en un grupo pequeño de pacientes.
La investigación, dirigida por Jii Kwon y Chun Kee Chung en la Universidad Nacional de Seúl y difundida por Society for Neuroscience, se publicó en la revista eNeuro. Los científicos analizaron el “contorno melódico”, es decir, la secuencia de subidas y bajadas de las notas a lo largo del tiempo.
La tarea es compleja porque, al imaginar una canción, no hay un sonido real que llegue al oído. Sin embargo, esa experiencia deja señales medibles en el cerebro. La clave está en que una melodía puede reconocerse aunque cambie de altura: “Feliz cumpleaños”, por ejemplo, sigue siendo la misma canción aunque se interprete en un registro más agudo o más grave.
Kwon explicó a Society for Neuroscience que “el modelo que creamos decodifica clases de tono relativo, como do, re, mi, fa, sol y la, en lugar de tonos exactos y absolutos”. En otras palabras, el sistema buscó identificar la relación entre las notas y no su frecuencia exacta.
La prueba se realizó con 10 pacientes con epilepsia que ya tenían electrodos colocados sobre la superficie del cerebro como parte de un monitoreo clínico. Esa condición permitió registrar actividad neuronal mediante electrocorticografía (ECoG), una técnica intracraneal que capta señales de la corteza con alta resolución temporal.
El diseño del estudio combinó tres momentos. Primero escucharon el inicio de una canción infantil; después siguieron la melodía “en la cabeza”; y al final la tararearon. Con esos registros, el equipo entrenó un modelo para cada participante y así identificar patrones neuronales vinculados con la tarea.
El resumen del estudio indicó que la muestra incluyó tres hombres y siete mujeres, con una media de edad de 27,3 años.
El análisis se alimentó de rasgos neuronales obtenidos en zonas de la corteza cerebral que se activaron durante la imaginación musical. Con esos datos, los investigadores intentaron descifrar, nota por nota, clases de tono relativo dentro de la melodía imaginada.
El resultado técnico fue acotado: la precisión para identificar una nota individual fue modesta, aunque superó de forma fiable el azar. En otras palabras, el sistema no “adivinó” una canción completa a partir de una única señal, ni se comportó como una traducción perfecta. Pero sí encontró información útil en la actividad cerebral.
La precisión mejoró al analizar la secuencia completa. Al combinar las predicciones a lo largo del tiempo, el modelo reconstruyó el contorno general de las melodías imaginadas.
Según el material difundido por Society for Neuroscience, investigaciones previas se habían concentrado sobre todo en detectar si una persona imaginaba música o en capturar rasgos musicales generales. En cambio, este trabajo intentó recuperar la estructura de la melodía en sí: no solo confirmar que el cerebro está “pensando” una canción, sino acercarse a qué canción podría ser, al menos en términos de su patrón.
La diferencia está en el tipo de información que se busca extraer. En vez de exigir al sistema un dato absoluto (una frecuencia exacta), se priorizó un principio básico de la percepción musical: las relaciones de ascenso y descenso entre notas. Ese cambio metodológico —mirar la melodía como secuencia y no como puntos sueltos— explicó por qué el contorno resultó más estable que la predicción de cada nota por separado.
Los autores acotaron el alcance de sus resultados. El trabajo se basó en melodías infantiles familiares y no propone una lectura completa de cualquier canción imaginada. Tampoco presentó una aplicación clínica inmediata: se trató de una prueba de concepto basada en registros de electrocorticografía humana.
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El “interruptor” del músculo que los científicos lograron potenciar y que podría ayudar a conservar la fuerza
Investigadores de la Universidad de Kyushu descubrieron que una molécula de azufre llamada LASSS duplica la capacidad de una proteína clave para regenerar el tejido muscular dañado por el envejecimiento. Aseguran que aun faltan ensayos de seguridad y eficacia a largo plazo
Por Ismael Yasnikowski
Científicos de la Universidad de Kyushu, en Japón, lograron transformar una proteína natural del cuerpo humano en una versión mejorada, capaz de reparar el músculo dañado con más eficacia y resistir el deterioro que provoca el envejecimiento. El hallazgo, publicado en la revista científica Scientific Reports, podría abrir caminos para tratar la pérdida muscular que afecta a millones de personas a medida que envejecen, según informó la revista Infosalus.
Entre los tejidos que experimentan mayor deterioro con el paso de los años se encuentra el músculo esquelético. Ese desgaste progresivo termina manifestándose como debilidad, formación de cicatrices, acumulación de grasa intramuscular y desaparición de las fibras responsables de los movimientos rápidos y potentes.
El grupo dirigido por el profesor Ryuichi Tatsumi, de la Facultad de Agricultura en la Universidad de Kyushu, identificó una causa molecular particular asociada a ese declive.
Según explica el artículo científico, en el músculo sano, el cuerpo cuenta con una proteína llamada factor de crecimiento de hepatocitos (HGF, por sus siglas en inglés), que actúa como una especie de señal de alarma.
Cuando el músculo sufre una lesión o un esfuerzo intenso, el HGF se libera y se une a un receptor específico —llamado c-met— ubicado en las células madre del músculo, conocidas como células satélite. Ese contacto las activa, las pone a multiplicarse y las impulsa a reparar el tejido dañado.
Con los años, sin embargo, esa señal pierde eficacia. Investigaciones previas del mismo equipo demostraron que el HGF sufre un proceso llamado nitración: una modificación química en la que se adhieren grupos de átomos a dos puntos específicos de la proteína. Esos puntos —denominados Y198 e Y250— son justamente los que el HGF usa para conectarse con su receptor.
El resultado es que la proteína ya no puede unirse al receptor “como una llave oxidada que ya no encaja en la cerradura”, describió el equipo en información recogida por Infosalus. Ese bloqueo es considerado una de las principales causas de la atrofia muscular relacionada con la edad.
Para encontrar una solución, los científicos probaron dos compuestos a base de azufre con capacidad antioxidante —es decir, que neutralizan las reacciones químicas dañinas dentro del organismo—: el trisulfuro de glutatión (GSSSG) y el trisulfuro de ácido lipoico (LASSS). Ambos pertenecen a una familia de moléculas llamadas trisulfuros, caracterizadas por contener tres átomos de este elemento unidos en cadena.
En las primeras pruebas, ambos compuestos frenaron la nitración del HGF, pero la proteína no recuperó totalmente la capacidad de unirse al receptor. El equipo subió la concentración del trisulfuro respecto del HGF de 1 a 4.000 a 1 a 8.000.
Así, el LASSS hizo que la afinidad del HGF por su receptor aumentara más del doble frente a la proteína sin tratar y mejoró la resistencia a la nitración. El GSSSG no mostró ese efecto.
“Esto superó nuestras expectativas. Nunca imaginamos que la simple mezcla de HGF con LASSS produciría un efecto tan sorprendente”, subrayó Tatsumi en declaraciones recogidas por la revista Infosalus.
El científico planteó que el LASSS no se limita a bloquear reacciones dañinas, sino que interactúa directamente con el HGF y provoca un cambio sutil en su estructura. Eso da lugar a lo que el equipo llamó Super HGF: una versión de la proteína que se une al receptor con mayor fuerza y tolera mejor el deterioro químico.
Para verificar que el efecto no solo ocurre en un tubo de ensayo, el equipo utilizó ratones con atrofia muscular inducida. Los animales tratados previamente con LASSS mostraron una nitración del HGF mucho menor que los no tratados, mientras que el GSSSG no ofreció ninguna protección.
El resultado confirmó que el efecto protector del LASSS se mantiene en un organismo vivo, aunque los investigadores advirtieron que aún se requieren estudios en animales de mayor edad para validar su eficacia y seguridad a largo plazo.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/