Golpe en la cabeza: cuándo un chichón puede ser una señal de alarma y qué síntomas requieren atención
La zona afectada, la edad y la evolución posterior ofrecen más elementos para determinar si el cuadro requiere una evaluación urgente
Por Bautista Salaverri
Un golpe en la cabeza puede ocurrir en una caída doméstica, durante una práctica deportiva o en un accidente de tránsito. Aunque el cráneo funciona como una barrera que protege al cerebro, un impacto puede afectar el cuero cabelludo, los huesos, los vasos sanguíneos o el propio tejido cerebral. Por eso, la importancia no se mide solo por el tamaño del chichón ni por el dolor inicial.
Los hematomas visibles suelen generar preocupación inmediata, sobre todo en niños. Sin embargo, esa hinchazón puede ser consecuencia de sangre acumulada bajo la piel, ya que el cuero cabelludo tiene numerosos vasos sanguíneos. En muchos casos, un bulto aparatoso no equivale por sí solo a una lesión cerebral, pero el mecanismo del golpe, la zona afectada, la edad y la evolución posterior requieren atención.
La observación de síntomas y la consulta médica ante señales de alarma permiten diferenciar una lesión leve de una situación que exige atención urgente. De acuerdo con la Cleveland Clinic, los menores de 2 años deben ser evaluados por un profesional ante cualquier golpe en la cabeza, mientras que en niños mayores y adultos hay manifestaciones específicas que justifican una atención inmediata.
Un traumatismo craneal abarca desde un corte o un hematoma superficial hasta una conmoción cerebral, una fractura de cráneo o una hemorragia interna. Johns Hopkins Medicine explica que una conmoción puede provocar pérdida transitoria de la conciencia o del estado de alerta, mientras que otras lesiones pueden involucrar sangrado e inflamación dentro del cráneo.
Un chichón, denominado hematoma, se forma cuando la sangre y la inflamación quedan debajo de la piel después de que se rompen vasos sanguíneos pequeños. El doctor Allan Capin, médico de urgencias de Cleveland Clinic, indicó que el volumen del bulto no determina necesariamente la gravedad de la lesión. La frente, por ejemplo, suele resistir mejor pequeños impactos que las sienes, la zona posterior de la cabeza o el área detrás de las orejas.
En niños de 3 años o más, un golpe en la cara, un costado o la parte posterior de la cabeza requiere una valoración profesional, según publicó la clínica estadounidense. El centro también señala que, si tras una observación atenta el niño permanece alerta, responde a indicaciones y mantiene su conducta habitual, el impacto puede ser leve. Esa evaluación no reemplaza la consulta cuando aparecen cambios posteriores.
La pérdida de conocimiento, la confusión, los vómitos, un dolor de cabeza que aumenta o la dificultad para caminar son señales de alerta. Mayo Clinic enumera también problemas de equilibrio, pérdida de memoria, irritabilidad y la salida de sangre o líquido transparente por la nariz o los oídos como motivos para buscar atención de emergencia tras un impacto en la cabeza.
La Biblioteca Nacional de Salud advierte que algunos síntomas de una lesión cerebral traumática pueden no aparecer de manera inmediata y evolucionar durante los días o semanas posteriores. Entre los signos vinculados a cuadros moderados o graves incluye vómitos repetidos, convulsiones, habla arrastrada, incapacidad para despertarse, pupilas de distinto tamaño, entumecimiento en brazos o piernas y aumento de la inquietud o la confusión.
En adolescentes y adultos, Cleveland Clinic destaca además la visión borrosa, el zumbido en los oídos, los problemas de concentración, las conductas inusuales y la debilidad de un lado del cuerpo. Estos signos pueden relacionarse con una conmoción, una hemorragia intracraneal o una lesión neurológica que requiere evaluación clínica y estudios de diagnóstico por imágenes.
Los adultos mayores merecen una consideración especial. El doctor Capin explicó que, con la edad, hay más espacio dentro del cráneo debido a cambios en el volumen cerebral, una condición que puede facilitar que el cerebro golpee contra el cráneo en una caída.
Las personas mayores que usan anticoagulantes deben buscar atención médica tras un golpe en la cabeza, debido al riesgo adicional de sangrado que no puede detectarse a simple vista.
La prevención se concentra en disminuir las situaciones que pueden causar impactos. Cleveland Clinic propone supervisar de cerca a bebés y niños pequeños, fijar a la pared muebles que podrían volcarse, usar de manera adecuada las sillas de seguridad para vehículos y emplear casco al andar en bicicleta, patinar o utilizar juguetes con ruedas.
Para los adultos, las caídas representan una causa relevante de lesiones en la cabeza. La institución recomienda mantener cables fuera de las zonas de paso, retirar alfombras pequeñas que puedan provocar tropiezos, conocer los efectos de los medicamentos que producen mareos o somnolencia y usar iluminación adecuada en los espacios de circulación. Johns Hopkins Medicine agrega el cinturón de seguridad en automóviles como una medida de protección frente a lesiones graves.
Ante un golpe con un hematoma menor, la aplicación temprana de frío puede contribuir a limitar la hinchazón, según explicó Capin a Cleveland Clinic. La indicación consiste en cubrir la bolsa de hielo con un paño, apoyarla suavemente sobre el bulto durante un máximo de 20 minutos y esperar 30 minutos antes de una nueva aplicación si hace falta.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
Qué condiciones vuelven más difícil elegir entre muchas alternativas
La evidencia psicológica muestra que el desorden, los rasgos similares y la ausencia de prioridades pueden prolongar una búsqueda cotidiana hasta dejarla sin resolución clara frente a información ambigua de ordenar
Por Fernando Mongelós
Elegir una serie entre cientos de títulos, comparar planes de telefonía o buscar un producto en una tienda digital puede terminar en la misma escena: se cierra la pantalla sin resolver nada. La paradoja de la elección plantea que demasiadas opciones pueden volver más difícil una decisión, sobre todo cuando no hay un criterio claro para descartar alternativas. La BBC describió este fenómeno a partir de los trabajos del psicólogo Barry Schwartz y de investigaciones sobre consumo.
El efecto no significa que el cerebro deje de funcionar ni que una lista extensa sea siempre perjudicial. El problema aparece cuando varias opciones son parecidas, incluyen datos difíciles de comparar o fuerzan a anticipar consecuencias. En esos casos, la elección demanda más atención, memoria y tiempo, y la persona puede aplazarla para evitar el esfuerzo de seguir evaluando.
Una de las investigaciones más citadas comparó conjuntos de 6, 24 y 30 alternativas en distintas situaciones. El estudio publicado en Journal of Personality and Social Psychology observó que un grupo reducido podía facilitar la acción y elevar la satisfacción posterior. El hallazgo no propone eliminar opciones, sino presentar una cantidad que permita compararlas.
Ese antecedente ayuda a explicar una contradicción frecuente: un catálogo amplio puede resultar atractivo al principio y, al mismo tiempo, postergar la decisión final.
La cantidad de alternativas no produce por sí sola un bloqueo. El problema se intensifica cuando hay que resolver rápido una elección con ventajas y desventajas difíciles de ordenar. Un análisis difundido por la American Psychological Association examinó ese escenario y señaló que la presión de tiempo puede pesar más que el tamaño del menú de opciones.
Los investigadores en ciencias, psicología y tecnología Ryan K. Jessup, Levi E. Ritchie y John Homer estudiaron cómo las personas comparan alternativas bajo presión. Su trabajo, publicado en Decision, se menciona porque puso a prueba si el bloqueo depende del número de opciones o del tiempo disponible para evaluarlas. Al contrastar conjuntos grandes y pequeños con distintos plazos, hallaron que la presión de tiempo podía llevar a diferir la respuesta o a conservar la opción de no elegir, sobre todo si ninguna alternativa sobresalía con claridad.
La diferencia importa en la vida cotidiana. Una compra simple puede resolverse con pocos criterios, como precio, duración y necesidad inmediata. En una contratación, una cobertura o una adquisición costosa, en cambio, conviene definir primero qué condición no se negocia. Reducir criterios no es reducir información: sirve para separar los datos decisivos de los accesorios y evitar que la búsqueda se vuelva interminable.
No existe una cifra universal a partir de la cual una decisión se vuelve contraproducente. Una revisión publicada en Frontiers in Psychology examinó investigaciones sobre sobrecarga de opciones y advirtió que los resultados varían según la complejidad de las alternativas, la dificultad de la tarea, la presentación de la información y las preferencias previas de quien elige.
Ese matiz corrige una idea extendida: más opciones no son necesariamente peores. Pueden ser útiles cuando se ordenan por categorías, cuando las diferencias relevantes están a la vista o cuando la persona sabe qué busca. También pueden mejorar una elección si el asunto es importante y hace falta comparar condiciones con detalle. El problema se concentra en los catálogos desordenados, con atributos repetidos y sin orientación para priorizar.
La fatiga decisional nombra el desgaste que puede acompañar una cadena de decisiones exigentes; no describe una incapacidad permanente ni afecta a todas las personas de la misma forma.
Ante una elección con muchas alternativas, fijar un límite de opciones, establecer dos o tres prioridades y definir cuánto tiempo se dedicará a comparar permite mantener el control del proceso. La evidencia revisada por Frontiers in Psychology indica que el contexto es tan relevante como el número de alternativas disponibles.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
Hallazgo en Miramar: encontraron fósiles de un depredador “dientes de sable” que vivió hace más de 2 millones de años en la costa bonaerense
El esqueleto parcial de Pampaluctor calibar permite reconstruir a uno de los últimos grandes cazadores metaterios de Sudamérica, un linaje emparentado con los marsupiales actuales
Por Maria Eugenia Cazeneuve
Hace unos 2,5 millones de años, en los acantilados que hoy bordean Miramar, vivía un depredador de cerca de 100 kilos con una anatomía hecha para sujetar a sus presas. Su nombre es Pampaluctor calibar y acaba de ser presentado como una nueva especie: es el tilacosmílido —un pariente extinto y lejano de los marsupiales— más reciente conocido hasta ahora.
El animal no era un felino, aunque sus grandes caninos le daban el aspecto de un “dientes de sable”. Pertenecía a los tilacosmílidos, un grupo de mamíferos metaterios sudamericanos que se extinguió.
La descripción formal, publicada en la revista Alcheringa: An Australasian Journal of Palaeontology, permite ubicarlo en un momento decisivo para la fauna del continente: la transición entre el Plioceno tardío y el Pleistoceno temprano.
La investigación fue realizada por especialistas del CONICET y del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, con participación del Museo Municipal Punta Hermengo de Miramar y de instituciones de Gualeguaychú, Entre Ríos. El estudio fue firmado por Eric N. del Campo, Federico L. Agnolín, Nicolás R. Chimento, Daniel Boh, Mariano Magnussen y Francisco De Cianni.
Los primeros restos fueron advertidos en 2013 en un afloramiento de la Formación Vorohué, al norte de Miramar, pero las dificultades para acceder a la barranca demoraron su recuperación hasta 2016. Años de preparación y análisis permitieron determinar que pertenecían a un género y una especie hasta entonces desconocidos.
El hallazgo cobra importancia por la cantidad de material preservado. En vez de un diente o un hueso aislado, los paleontólogos recuperaron un esqueleto postcraneal parcial, es decir, restos de la parte del cuerpo situada detrás del cráneo. Entre ellos hay seis vértebras del cuello, fragmentos de la escápula, el húmero y el radio derechos, buena parte del fémur izquierdo, una porción de tibia y dos vértebras de la cola.
Ese conjunto permitió calcular el tamaño del animal y comparar sus huesos con los de otros carnívoros fósiles. La masa estimada ronda los 100 kilogramos, una dimensión que lo sitúa entre los grandes depredadores mamíferos registrados en América del Sur.
El nombre Pampaluctor combina una referencia a la región pampeana con la palabra latina luctor, vinculada a la lucha o el forcejeo. La elección encaja con una de las señales más visibles de su anatomía: sus extremidades anteriores eran robustas y estaban adaptadas para el agarre, mientras que las posteriores eran más cortas.
Los autores plantean que esa combinación habría favorecido una caza basada en inmovilizar a la presa en el suelo antes de morderla. La idea se apoya en la forma de sus huesos, no en una observación directa de su conducta: el esqueleto aporta indicios biomecánicos sobre una especie desaparecida hace millones de años.
El parecido con los felinos de dientes de sable puede resultar engañoso. Smilodon, por ejemplo, pertenecía a los mamíferos placentarios y estaba emparentado con los felinos actuales.
Pampaluctor calibar, en cambio, era un metaterio, un linaje más próximo a los marsupiales. Sus rasgos similares son un caso de evolución convergente, cuando grupos distantes desarrollan soluciones anatómicas parecidas frente a desafíos similares.
El análisis evolutivo del trabajo coloca a Pampaluctor como grupo hermano de Thylacosmilus, uno de los metaterios de dientes de sable más conocidos del registro sudamericano. Sin embargo, Pampaluctor era de mayor tamaño y presenta diferencias en sus extremidades que amplían la diversidad conocida dentro de la familia.
Su edad geológica es el dato central. Los niveles de la Formación Vorohué donde apareció corresponden a hace alrededor de 2,5 millones de años, por lo que constituye el registro más joven de un tilacosmílido y de un esparasodonto antes de la desaparición del grupo.
En ese período se desarrollaba el Gran Intercambio Biótico Americano, un proceso en el que especies de América del Norte y América del Sur comenzaron a dispersarse entre ambos continentes. Pampaluctor convivió con los nuevos carnívoros que llegaban al sur, una coexistencia que ayuda a reconstruir los cambios de la fauna regional antes de la extinción de los grandes depredadores metaterios.
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Visión borrosa, destellos y manchas: cuándo consultar por posibles problemas en la retina y evitar daños irreversibles
Controles oftalmológicos periódicos permiten identificar alteraciones silenciosas antes de que afecten la lectura, el reconocimiento de rostros o la orientación nocturna
Por Víctor Ingrassia
En el fondo del ojo se encuentra la retina, una capa muy delgada y sensible a la luz que capta las imágenes y las transforma en impulsos eléctricos. El nervio óptico transporta esa información al cerebro, donde se produce la interpretación visual. Cuando este tejido se altera, pueden aparecer visión borrosa, manchas, deformación de las líneas rectas, pérdida de visión lateral o dificultad para ver en ambientes oscuros.
En el Día Mundial de la Retina, que se conmemora cada 27 de septiembre, especialistas remarcan la importancia de los controles oftalmológicos para identificar señales tempranas y evitar pérdidas visuales que, en algunos casos, resultan irreversibles.
Para explicar la función de la retina, la doctora Ana Laura Domínguez Yates, médica del Servicio de Oftalmología del Hospital Universitario Austral, recurre a una comparación que ayuda a comprender por qué un problema retiniano puede comprometer la visión aun cuando otras estructuras del ojo no presenten alteraciones. “Básicamente, funciona como si fuera el rollo de una cámara analógica de fotos”, grafica.
Las enfermedades de la retina abarcan diagnósticos muy diferentes entre sí. Algunas se relacionan con la edad; otras aparecen como consecuencia de enfermedades generales, entre ellas la diabetes y la hipertensión arterial. También existen cuadros hereditarios, traumatismos que lesionan el ojo y cambios propios del humor vítreo, el gel transparente que ocupa gran parte del globo ocular.
El tabaquismo, la obesidad, el mal control de la glucosa y de la presión arterial, los antecedentes familiares y las lesiones oculares elevan el riesgo de varios de estos trastornos. La prevención no elimina todos los peligros, sobre todo cuando existe una causa genética o se asocia al envejecimiento, pero los chequeos regulares permiten hallar alteraciones antes de que afecten de forma marcada la calidad de vida.
La degeneración macular asociada a la edad figura entre las patologías más frecuentes de la retina en adultos mayores. Afecta la mácula, una pequeña área central que permite leer, distinguir rasgos faciales, percibir colores y realizar tareas que exigen precisión. Suele aparecer después de los 60 años y puede presentarse en una forma seca o en una húmeda.
En este trastorno se acumulan depósitos bajo la retina, conocidos como drusas, y surgen cambios en las capas que sostienen a las células visuales. Con el avance del daño, pueden aparecer zonas de atrofia o vasos sanguíneos anormales que sangran o pierden líquido. La visión central pierde nitidez y, en algunas personas, las palabras, los bordes de los objetos o las líneas de una cuadrícula comienzan a verse deformados.
Otra causa habitual de deterioro visual central es la retinopatía diabética. La diabetes puede afectar los vasos sanguíneos más pequeños de la retina y provocar pérdidas de líquido, hemorragias, falta de oxígeno en los tejidos o crecimiento de vasos anormales. Una de sus complicaciones es el edema macular diabético, que implica la acumulación de fluido en la mácula y altera la visión de detalle.
La hipertensión arterial también puede lesionar los vasos del fondo del ojo. Las alteraciones vinculadas con la presión elevada incluyen la retinopatía hipertensiva y algunas obstrucciones vasculares. En estos cuadros, el edema macular puede reducir la agudeza visual. “En estos casos, es importante un diagnóstico oportuno y un eventual tratamiento para aquellos casos que lo requieran, y así evitar complicaciones”, advierte Domínguez Yates.
Los problemas de la mácula también incluyen la membrana epirretiniana, un tejido similar a una cicatriz que se forma sobre esa zona. Al contraerse, puede arrugar la superficie retiniana y generar metamorfopsias, el nombre médico para la percepción ondulada de líneas que deberían verse rectas. Una puerta, una persiana o el renglón de un texto pueden funcionar como una primera señal cotidiana de esa distorsión.
El agujero macular constituye otra enfermedad que compromete la parte central de la retina. Ocurre cuando las fuerzas de tracción del vítreo y de membranas superficiales abren un defecto en la mácula. Según estimaciones epidemiológicas internacionales aplicadas a la población argentina, la afección alcanzaría a más de 20.000 personas mayores de 60 años, una proporción cercana a 3 de cada 1.000 adultos de ese grupo etario.
“Imaginemos el ojo como si fuera una cámara de fotos. En la parte anterior están los lentes y, en la parte posterior, la retina funciona como la película fotográfica. La mácula es la zona central de esa película y se encarga de la visión de alta definición: leer, ver colores y reconocer las caras de las personas. El resto de la retina da la visión periférica y nocturna”, explica el doctor Mauricio Asulay, médico especialista en Oftalmología y codirector de la Sección Retina y Vítreo del Hospital Universitario Austral.
La enfermedad puede pasar inadvertida cuando el otro ojo conserva una buena capacidad visual. El cerebro compensa esa diferencia y la persona mantiene sus actividades sin identificar el problema. “Muchos pacientes no se dan cuenta de que tienen la patología hasta que, por algún motivo accidental, como al renovar el registro de conducir, o durante un examen médico para los anteojos, se tapan el ojo sano. El cerebro tiende a adaptarse y a compensar la visión con el ojo que ve bien. Por eso, una recomendación práctica y preventiva es taparse un ojo y luego el otro periódicamente para comprobar que vemos de manera pareja”, señala Asulay.
La pérdida de visión central y de la percepción de profundidad puede traducirse en tropiezos al bajar una escalera, dificultades para calcular distancias, inseguridad al conducir y obstáculos para leer.
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Claves para entender el duelo: por qué no tiene etapas fijas, no termina en un año y cada persona lo vive de manera diferente
La OMS sostiene que perder a un ser querido es uno de los estresores más severos. Si bien hay quienes atraviesan negación, ira, negociación, depresión y aceptación, especialistas explican a Infobae que el proceso no es lineal y cuándo conviene buscar apoyo profesional
Las fórmulas que presentan al duelo como una sucesión de cinco etapas —negación, ira, negociación, depresión y aceptación— y que le asignan un año de duración no reflejan la experiencia de todas las personas. El proceso de adaptación tras la muerte de un ser querido no es lineal ni tiene una fecha de vencimiento.
Especialistas consultadas por Infobae coincidieron en señalar que la historia personal, la calidad del vínculo, las circunstancias de la muerte y las redes de apoyo inciden en cómo se vive una pérdida. También advirtieron que el dolor puede persistir sin impedir una vida plena y que pedir acompañamiento profesional no supone estar “haciendo mal” el duelo.
El modelo de las cinco etapas fue elaborado por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross para describir las reacciones ante la propia enfermedad y la proximidad de la muerte. Con el tiempo, se extendió como una explicación del duelo por la muerte de otra persona, aunque no establece un itinerario obligatorio.
“Las llamadas ‘cinco etapas del duelo’ no constituyen un recorrido obligatorio ni universal”, comenzó a explicar la licenciada en Psicología y jefa del Departamento de Psicoterapia Cognitiva de INECO, Fernanda Giralt Font (MN 20.025). La profesional remarcó que el problema aparece cuando esa noción se vuelve prescriptiva y quien atraviesa una pérdida siente que “no lo está haciendo bien” si no reconoce cada instancia o si las emociones aparecen en otro orden.
La licenciada en Psicología de la Unidad de Cuidados Integrales del Hospital Universitario Austral Lorena Etcheverry (MN 37.063/MP 25.304) coincidió en que hoy se conoce que el proceso no responde a etapas fijas. “Estas etapas no se suceden de manera lineal o en ese orden, sino que pueden aparecer en distintos momentos”, afirmó. En lugar de pensar en fases cerradas, propuso observar el proceso de adaptación psicológica que exige una pérdida: asumir la muerte, expresar las emociones y reconstruir aspectos de la vida cotidiana.
Iris Rubaja es terapeuta y guía en procesos de reconstrucción, según se presenta en su cuenta de Instagram @soymujerarcoiris. Y consultada al respecto por Infobae, lo resumió desde su experiencia: “No podemos reducir un proceso tan amplio y tan humano a cinco etapas”. Y agregó: “En mi caso, el duelo fue un viaje inmenso, con muchísimos momentos y estados diferentes: no lineales, desprolijos, a mi manera y a mi tiempo”.
Tristeza, ansiedad, enojo, culpa, alivio y momentos de calma pueden alternarse o coexistir. Para Giralt Font, esas oscilaciones no indican desorganización, sino que forman parte del intento de integrar una realidad que desborda.
Las primeras fiestas, cumpleaños y aniversarios sin la persona fallecida suelen volver más movilizante el primer año. Sin embargo, ese período no funciona como una medida para determinar cuándo alguien debería sentirse mejor.
“No existe una duración universal, y establecer plazos rígidos puede ser más dañino que útil”, sostuvo Giralt Font. Según explicó, resulta más relevante evaluar si, aun con dolor, la persona puede reorganizar gradualmente su vida o si el sufrimiento se mantiene congelado e impide sus actividades básicas.
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, en su versión DSM-5-TR de 2022, contempla el trastorno de duelo prolongado cuando, después de 12 meses en adultos, persiste una angustia clínicamente relevante que afecta el funcionamiento cotidiano y excede lo esperable en el contexto cultural, social o religioso. Ese criterio no implica que, cumplido un año, el dolor se vuelva patológico.
“El dolor cambia de forma y de intensidad. Y nosotros también. No volvemos a ser los mismos”, expresó Rubaja. “Aprendemos a vivir con lo que pasó, a integrar la ausencia y a permitir que, de a poco, la vida vuelva a tener sabor”.
Para Etcheverry, la evolución debe leerse en función de la situación de cada persona, sus recursos para rearmarse, sus vínculos y el carácter esperado o imprevisto de la muerte. “No todas las personas parten del mismo lugar en el momento de la pérdida”, señaló.
La muerte de un padre, una pareja o un hijo involucra pérdidas de distinto tipo, aunque comparar el dolor puede ocultar la singularidad de cada historia. “El dolor no tiene medida. Cada pérdida es única porque cada vínculo fue único”, planteó Rubaja.
La muerte de un padre puede modificar la historia familiar y poner en primer plano la pérdida de una figura de referencia. La de una pareja suele afectar las rutinas, el proyecto compartido, la economía doméstica y la identidad construida de a dos. En el caso de un hijo, la pérdida puede alterar expectativas sobre el futuro y activar sentimientos de culpa o fracaso parental.
Giralt Font indicó que el parentesco importa, pero no alcanza para explicar la experiencia individual. “Son fundamentalmente nuestros pensamientos sobre el rol que esa persona cumplía en nuestra vida los que moldean cómo procesamos su ausencia”, afirmó.
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La huella de la migraña tras el dolor de cabeza: qué le pasa al cuerpo cuando termina la crisis
Casi ocho de cada diez personas con jaqueca sufren una etapa de recuperación que se puede extender hasta 48 horas. Cuáles son las señales que pueden indicar que el episodio aún no concluyó
Por Fernando Mongelós
Cuando el dolor de cabeza cede después de una crisis de migraña, muchas personas creen que lo peor quedó atrás. Sin embargo, cerca del 80% de quienes tienen migraña, según un estudio publicado en Neurology, atraviesan una etapa de recuperación con síntomas propios que puede extenderse hasta 48 horas e interferir en las actividades cotidianas.
Esta etapa se llama fase postdrómica y también se conoce como “resaca de la migraña”. Es la última parte del ataque. Esta dolencia puede atravesar cuatro etapas: pródromos, aura, dolor de cabeza y postdromo, aunque no todas aparecen en cada persona ni en todos los episodios.
Durante la fase final, el malestar puede continuar aun cuando haya desaparecido el dolor principal. La Cleveland Clinic la define como el período que transcurre desde el fin del dolor hasta que la persona vuelve a sentirse como antes.
La fatiga es una de las manifestaciones más habituales de la fase postdrómica. Un estudio publicado en Neurology, que siguió a 120 pacientes mediante diarios electrónicos, encontró que el 88% de los episodios incluyó cansancio y que el 56% se acompañó de dificultades para concentrarse. La rigidez o el dolor de cuello se registraron en el 42% de los casos. También pueden persistir las náuseas, la sensibilidad a la luz y al sonido, y los cambios de ánimo.
El neurólogo Joel Saper, fundador del Michigan Headache & Neurological Institute, lo resumió con precisión en declaraciones a HealthCentral: “Incluso cuando mejora el dolor, la gran mayoría de las personas con migraña sigue experimentando otros síntomas. El cerebro todavía se está recuperando”.
Al cansancio puede sumarse la llamada niebla mental, una expresión que describe la dificultad para concentrarse, seguir una conversación o tomar decisiones sencillas. Algunas personas, además, atraviesan cambios de humor, con irritabilidad, tristeza o una sensación pasajera de euforia.
También pueden aparecer insomnio o somnolencia, malestar estomacal, estreñimiento, mareos y sed. En algunas personas, la sensibilidad a la luz y al ruido continúa durante esta etapa, aunque la crisis ya haya pasado.
Los estudios que observan la actividad del cerebro ayudan a entender por qué la recuperación no siempre es inmediata. Las investigaciones con resonancia magnética funcional señalan que, tras la crisis, pueden mantenerse cambios en las áreas cerebrales relacionadas con la percepción del malestar, la atención y las emociones.
Una revisión publicada en PubMed Central indicó que los síntomas del postdromo suelen parecerse a los que algunas personas presentan antes de la crisis, entre ellos cansancio, cambios de humor y problemas de concentración. En promedio, pueden prolongarse 18 e incluso extenderse hasta 48 horas después de que termina el dolor.
Una revisión narrativa publicada en diciembre de 2024 en The Journal of Headache and Pain planteó que, durante la recuperación, algunas personas pueden tener dificultades transitorias en la memoria, la atención y la rapidez para procesar información.
Los autores aclararon que los estudios disponibles todavía son escasos y no siempre llegan a las mismas conclusiones. Cuando estos síntomas aparecen, pueden complicar el trabajo, el estudio o los vínculos sociales.
La duración de la fase postdrómica varía según la persona y el episodio. Los datos de un estudio con diarios electrónicos, disponible en PubMed Central, muestran que el 54% de los ataques se resolvió por completo dentro de las seis horas posteriores al fin del dolor, mientras que solo el 7% duró más de 24 horas. Aun así, algunos pacientes necesitan un día completo o más para retomar su ritmo habitual.
La misma investigación no encontró una relación directa entre la intensidad del dolor y la duración de la recuperación.
Tampoco halló que el tipo de medicación empleada durante la crisis determinara cuánto tiempo persistían los síntomas posteriores. Por eso, un episodio de dolor moderado puede dejar un cansancio importante, mientras que otro más intenso puede terminar con una recuperación más rápida.
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