Visión borrosa, destellos y manchas: cuándo consultar por posibles problemas en la retina y evitar daños irreversibles
Controles oftalmológicos periódicos permiten identificar alteraciones silenciosas antes de que afecten la lectura, el reconocimiento de rostros o la orientación nocturna
Por Víctor Ingrassia
En el fondo del ojo se encuentra la retina, una capa muy delgada y sensible a la luz que capta las imágenes y las transforma en impulsos eléctricos. El nervio óptico transporta esa información al cerebro, donde se produce la interpretación visual. Cuando este tejido se altera, pueden aparecer visión borrosa, manchas, deformación de las líneas rectas, pérdida de visión lateral o dificultad para ver en ambientes oscuros.
En el Día Mundial de la Retina, que se conmemora cada 27 de septiembre, especialistas remarcan la importancia de los controles oftalmológicos para identificar señales tempranas y evitar pérdidas visuales que, en algunos casos, resultan irreversibles.
Para explicar la función de la retina, la doctora Ana Laura Domínguez Yates, médica del Servicio de Oftalmología del Hospital Universitario Austral, recurre a una comparación que ayuda a comprender por qué un problema retiniano puede comprometer la visión aun cuando otras estructuras del ojo no presenten alteraciones. “Básicamente, funciona como si fuera el rollo de una cámara analógica de fotos”, grafica.
Las enfermedades de la retina abarcan diagnósticos muy diferentes entre sí. Algunas se relacionan con la edad; otras aparecen como consecuencia de enfermedades generales, entre ellas la diabetes y la hipertensión arterial. También existen cuadros hereditarios, traumatismos que lesionan el ojo y cambios propios del humor vítreo, el gel transparente que ocupa gran parte del globo ocular.
El tabaquismo, la obesidad, el mal control de la glucosa y de la presión arterial, los antecedentes familiares y las lesiones oculares elevan el riesgo de varios de estos trastornos. La prevención no elimina todos los peligros, sobre todo cuando existe una causa genética o se asocia al envejecimiento, pero los chequeos regulares permiten hallar alteraciones antes de que afecten de forma marcada la calidad de vida.
La degeneración macular asociada a la edad figura entre las patologías más frecuentes de la retina en adultos mayores. Afecta la mácula, una pequeña área central que permite leer, distinguir rasgos faciales, percibir colores y realizar tareas que exigen precisión. Suele aparecer después de los 60 años y puede presentarse en una forma seca o en una húmeda.
En este trastorno se acumulan depósitos bajo la retina, conocidos como drusas, y surgen cambios en las capas que sostienen a las células visuales. Con el avance del daño, pueden aparecer zonas de atrofia o vasos sanguíneos anormales que sangran o pierden líquido. La visión central pierde nitidez y, en algunas personas, las palabras, los bordes de los objetos o las líneas de una cuadrícula comienzan a verse deformados.
Otra causa habitual de deterioro visual central es la retinopatía diabética. La diabetes puede afectar los vasos sanguíneos más pequeños de la retina y provocar pérdidas de líquido, hemorragias, falta de oxígeno en los tejidos o crecimiento de vasos anormales. Una de sus complicaciones es el edema macular diabético, que implica la acumulación de fluido en la mácula y altera la visión de detalle.
La hipertensión arterial también puede lesionar los vasos del fondo del ojo. Las alteraciones vinculadas con la presión elevada incluyen la retinopatía hipertensiva y algunas obstrucciones vasculares. En estos cuadros, el edema macular puede reducir la agudeza visual. “En estos casos, es importante un diagnóstico oportuno y un eventual tratamiento para aquellos casos que lo requieran, y así evitar complicaciones”, advierte Domínguez Yates.
Los problemas de la mácula también incluyen la membrana epirretiniana, un tejido similar a una cicatriz que se forma sobre esa zona. Al contraerse, puede arrugar la superficie retiniana y generar metamorfopsias, el nombre médico para la percepción ondulada de líneas que deberían verse rectas. Una puerta, una persiana o el renglón de un texto pueden funcionar como una primera señal cotidiana de esa distorsión.
El agujero macular constituye otra enfermedad que compromete la parte central de la retina. Ocurre cuando las fuerzas de tracción del vítreo y de membranas superficiales abren un defecto en la mácula. Según estimaciones epidemiológicas internacionales aplicadas a la población argentina, la afección alcanzaría a más de 20.000 personas mayores de 60 años, una proporción cercana a 3 de cada 1.000 adultos de ese grupo etario.
“Imaginemos el ojo como si fuera una cámara de fotos. En la parte anterior están los lentes y, en la parte posterior, la retina funciona como la película fotográfica. La mácula es la zona central de esa película y se encarga de la visión de alta definición: leer, ver colores y reconocer las caras de las personas. El resto de la retina da la visión periférica y nocturna”, explica el doctor Mauricio Asulay, médico especialista en Oftalmología y codirector de la Sección Retina y Vítreo del Hospital Universitario Austral.
La enfermedad puede pasar inadvertida cuando el otro ojo conserva una buena capacidad visual. El cerebro compensa esa diferencia y la persona mantiene sus actividades sin identificar el problema. “Muchos pacientes no se dan cuenta de que tienen la patología hasta que, por algún motivo accidental, como al renovar el registro de conducir, o durante un examen médico para los anteojos, se tapan el ojo sano. El cerebro tiende a adaptarse y a compensar la visión con el ojo que ve bien. Por eso, una recomendación práctica y preventiva es taparse un ojo y luego el otro periódicamente para comprobar que vemos de manera pareja”, señala Asulay.
La pérdida de visión central y de la percepción de profundidad puede traducirse en tropiezos al bajar una escalera, dificultades para calcular distancias, inseguridad al conducir y obstáculos para leer.


