Por qué la presión arterial puede no bajar durante la noche y cuál es el rol de los riñones
Un modelo computacional desarrollado en Canadá encontró que el reloj interno renal puede ser tan determinante como la cantidad de sal que se consume
La presión arterial no es un valor fijo. A lo largo del día sube y baja siguiendo un ritmo propio, y uno de sus momentos más críticos ocurre, paradójicamente, mientras dormimos. En la mayoría de las personas, la presión desciende entre un 10 y un 20% durante la noche, un alivio que le da al corazón y a los vasos sanguíneos la oportunidad de recuperarse del esfuerzo diario.
Pero en quienes ese descenso no se produce, conocidos como “non-dippers” (personas cuya presión no desciende de noche), el riesgo de desarrollar enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares, enfermedad renal y muerte prematura es considerablemente mayor. Lo que nadie había podido explicar con claridad era por qué.
Ahora, un equipo de investigadores de la Universidad de Waterloo, en Canadá, ofrece una posible respuesta. Mediante un sofisticado modelo computacional del cuerpo humano, los científicos identificaron que un pequeño desfase en el horario en que los riñones procesan la sal podría ser suficiente para impedir que la presión arterial baje durante la noche, incluso cuando el resto de los sistemas del organismo funciona con normalidad. El hallazgo no solo arroja luz sobre un fenómeno que desconcertó a los investigadores durante décadas, sino que representa un punto de partida concreto para entender y tratar la hipertensión nocturna.
Los resultados se publicaron en un estudio en la revista PLOS ONE, cuya autora principal es la doctora Anita Layton, profesora de Matemática Aplicada en Waterloo y titular de la Canada 150 Research Chair en Biología Matemática y Medicina.
Para comprender el hallazgo, hay que partir de una idea central: casi todos los sistemas del organismo funcionan siguiendo ritmos de 24 horas, conocidos como ritmos circadianos, ciclos biológicos internos que regulan cuándo cada proceso se activa o se ralentiza. Los riñones, los vasos sanguíneos, el sistema nervioso y las hormonas tienen cada uno su propio reloj. En condiciones saludables, esos relojes trabajan coordinados: se adelantan o se atrasan en sintonía para que la presión arterial suba durante el día, cuando el cuerpo está activo, y baje de noche, cuando descansa.
“Muchos de los sistemas que controlan la presión arterial siguen sus propios ritmos de 24 horas, incluidos los riñones, los vasos sanguíneos, el sistema nervioso y las hormonas”, afirmó Layton, según el comunicado de prensa de la Universidad de Waterloo. “Lo que encontramos es que el momento en que se produce el ritmo diario de estos sistemas puede ser tan importante como el ritmo en sí mismo”, agregó.
Hasta ahora, los científicos conocían la existencia de estos ciclos por separado, pero comprendían poco sobre qué ocurría cuando el reloj de uno de ellos se desajustaba respecto a los demás.
Para explorar esa pregunta, Layton y su equipo construyeron un modelo computacional que integra los sistemas cardiovascular, renal y nervioso, y les permite ajustar cada componente de forma independiente.
En términos prácticos, pudieron “apagar” o “mover en el tiempo” el reloj de un sistema específico y observar qué pasaba con la presión arterial, algo muy difícil, o directamente imposible, de hacer en el laboratorio o en pacientes reales.
El experimento clave consistió en modificar el horario en que los túbulos renales, conductos microscópicos dentro del riñón que reabsorben o eliminan sodio según las necesidades del organismo, realizan su trabajo de procesamiento de sal. Los investigadores probaron dos cosas distintas: debilitar la intensidad de ese ritmo renal y, por otro lado, desplazarlo en el tiempo.
Los resultados fueron claros. Cuando simplemente se redujo la fuerza del ritmo renal, el efecto sobre la presión nocturna fue modesto. Pero cuando se retrasó ese ritmo unas pocas horas, la simulación pasó de mostrar un patrón saludable de descenso nocturno a exhibir un patrón de presión que no baja. El trabajo concluye que la presión nocturna depende no solo de la existencia de ritmos biológicos, sino del alineamiento temporal entre ellos. La sincronía vale tanto como la presencia de cada ciclo.
El fenómeno se agravó en dos condiciones: en personas con mayor ingesta de sal y en quienes son más sensibles al sodio, dos factores que ya se vinculaban al riesgo de hipertensión.
Según se detalla en el estudio, cuando el transporte tubular de sodio se produce fuera de fase con el ciclo sueño-vigilia, el riñón termina excretando la sal en horario nocturno, en lugar de hacerlo principalmente de día.
Eso obliga al organismo a mantener la presión arterial elevada durante la noche como mecanismo compensatorio para lograr eliminar el exceso de sodio, lo que perpetúa el patrón de no descenso nocturno.
El estudio tiene una limitación importante que sus propios autores reconocen: se trata de un modelo matemático, no de un ensayo clínico. Los experimentos son virtuales y, aunque el modelo fue calibrado para reproducir condiciones fisiológicas realistas, sus predicciones aún deben ser verificadas en laboratorio y en pacientes.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
La señal de alarma renal que casi nadie nota antes de tirar la cadena
Una nefróloga del Northwell Transplant Institute advierte sobre un rastro silencioso que la mayoría pasa por alto y que podría indicar daño en los riñones
Hay una señal que los riñones emiten y la mayoría de las personas ignora sin pensarlo dos veces: la orina con aspecto espumoso. Un simple vistazo antes de tirar la cadena podría ser el primer paso para detectar una enfermedad renal a tiempo, según advierte una nefróloga en la revista Parade.
“Los problemas renales son silenciosos en su mayor parte hasta que los síntomas se vuelven evidentes”, señaló la doctora Akshta Pai, nefróloga y directora de alcance para trasplante renal del Northwell Transplant Institute, en Nueva York, que además explicó los motivos detrás de esta señal de alerta y qué hacer al detectarla.
Para entender por qué la orina espumosa es una señal de alerta, hay que comprender qué hace el riñón cuando funciona bien. Este órgano filtra todo lo que circula por la sangre —desde nutrientes hasta desechos— y se encarga de que el cuerpo retenga lo que necesita y elimine lo que no. Entre los componentes que debe conservar dentro del organismo se encuentran las proteínas.
Una pequeña pérdida de proteína a través de la orina puede ser normal, ya que el organismo la descompone. El problema surge cuando el tejido renal se deteriora y esa eliminación deja de ser marginal para volverse significativa. “Cuando la arquitectura del riñón se daña, empiezas a perder proteína, y eso lo ves como orina espumosa”, explicó Pai al medio estadounidense.
No toda orina espumosa indica enfermedad. A veces, una micción intensa o abundante puede generar burbujas que se disuelven rápidamente, lo cual es menos preocupante. La clave está en la persistencia de esa espuma.
Pai describió dos imágenes para reconocer la señal de alerta: la espuma que se forma al lavar los platos —con burbujas que se agrupan y se mantienen en la superficie— o la capa de espuma que queda en la parte superior de una bebida gaseosa recién servida, con pequeñas burbujas que no se disipan.
Si la espuma desaparece en pocos segundos, el cuadro probablemente sea menor. Si persiste, vale la pena consultar a un médico.
La causa más frecuente de fuga de proteínas con espuma en la orina es el daño renal derivado de la diabetes y la hipertensión arterial. Ambas condiciones afectan los riñones de forma progresiva y silenciosa durante años, y la orina espumosa puede aparecer recién después de un largo período sin síntomas visibles.
También hay enfermedades autoinmunes que atacan directamente al riñón, como el lupus o la nefropatía por IgA, que pueden producir el mismo efecto. En casos más leves, una infección tratable puede ser la causa, por lo que el diagnóstico médico es siempre necesario para determinar el origen.
La doctora Pai reconoció que uno de los mayores obstáculos para la detección temprana que la mayoría de las personas no mira la orina antes de vaciar el inodoro. “Muchas veces la gente directamente no mira antes de tirar la cadena. A mis pacientes les pregunto seguido si alguna vez vieron burbujas en la orina. No son muchos los que lo hacen”, afirmó.
Si se detecta espuma persistente, el primer paso es acudir al médico clínico o a un nefrólogo. Los estudios habituales incluyen un análisis de orina para detectar la presencia de proteínas por encima de los valores normales, una muestra extendida de 24 horas en caso de resultado positivo, y un análisis de sangre para medir los niveles de creatinina, que refleja qué tan bien está filtrando el riñón.
Detectar la enfermedad renal en sus primeras etapas cambia el pronóstico de forma significativa. Según Pai, hoy existe una batería de medicamentos que, administrados a tiempo, pueden frenar la progresión de la enfermedad renal crónica durante períodos prolongados. “Si te haces los estudios temprano, podemos empezar con muy buenos medicamentos que van a mantener la enfermedad renal a raya por más tiempo”, subrayó la especialista.
“Instamos a todo el mundo a que se haga controlar, porque estos medicamentos están disponibles y han demostrado disminuir la progresión de la enfermedad”, concluyó.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
Masa madre o pan integral: cuál aporta más fibra y qué diferencias nutricionales tienen
La elección depende principalmente del tipo de harina y del grano utilizado, mientras que la fermentación puede modificar algunas propiedades sin garantizar por sí sola mayores beneficios para la salud
Por Santiago Abraldes
A simple vista, un pan de masa madre de corteza firme y otro integral pueden parecer dos opciones comparables. Sin embargo, sus nombres hablan de aspectos diferentes: uno describe cómo se fermentó la masa y el otro, qué partes del grano se conservaron en la harina.
Esa distinción resulta clave cuando se analiza el aporte de fibra. Un alimento puede elaborarse con masa madre y, al mismo tiempo, utilizar harina refinada; también puede combinar fermentación prolongada con grano completo. Por eso, elegir solo por el rótulo no siempre permite saber cuál ofrece una composición más conveniente.
Las Guías Alimentarias para los Estadounidenses 2025-2030, elaboradas por el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos (HHS) y el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), aportan una pista para ordenar esa comparación: recomiendan priorizar los granos integrales con fibra y limitar los carbohidratos refinados muy procesados.
Ese criterio permite ordenar la comparación: la fermentación puede cambiar algunas propiedades del pan, pero la cantidad de fibra depende sobre todo de la harina que se use.
La principal particularidad del pan integral está en la harina con la que se elabora: conserva las tres partes del grano de trigo —salvado, germen y endospermo—, mientras que durante el refinado de la harina blanca se eliminan las dos primeras.
Esa diferencia se refleja especialmente en el aporte de fibra. Según una ficha de referencia de USDA FoodData Central para pan francés o vienés de trigo integral, una porción de 100 gramos contiene 239 calorías, 8,33 gramos de proteína y 4,2 gramos de fibra.
Los valores del USDA corresponden a una variedad de referencia y no pueden trasladarse de manera automática a todos los panes integrales. La composición cambia según factores como la proporción de harina de grano completo, la presencia de semillas o azúcares añadidos y el tamaño de la porción, por lo que conviene revisar la información nutricional de cada producto.
Esto también explica por qué las categorías pueden superponerse. Un pan de masa madre elaborado con harina integral puede aportar más fibra que otro comercializado como integral pero preparado con una proporción menor de grano completo. En definitiva, la expresión “masa madre” describe el proceso de fermentación y no permite saber, por sí sola, cuánta fibra contiene.
Las guías alimentarias de 2025-2030 recomiendan entre dos y cuatro porciones diarias de granos integrales, según las necesidades de energía. También sugieren reducir los carbohidratos refinados muy procesados, entre ellos el pan blanco.
La masa madre parte de una mezcla de harina y agua con levaduras y bacterias que actúan sobre la masa antes del horneado.
Kristen Lorenz, dietista registrada y fundadora de Kristen Lorenz Nutrition, señaló en declaraciones recogidas por Real Simple que la fermentación puede modificar parte del gluten y del ácido fítico, un componente de los granos que puede influir en la absorción de minerales.
Los estudios disponibles no permiten asegurar que toda masa madre produzca el mismo efecto sobre la glucosa. Una revisión sistemática publicada en Critical Reviews in Food Science and Nutrition reunió 18 ensayos clínicos.
Allí se observó una elevación menor de la glucosa después de consumir pan de masa madre, frente a pan de fermentación industrial o una solución de glucosa. Los autores aclararon que la certeza de los resultados era baja o muy baja.
Otra revisión, publicada en Advances in Nutrition y disponible en PubMed Central, analizó 25 ensayos clínicos con 542 participantes. Su conclusión fue que aún no se pueden atribuir beneficios de salud constantes a la masa madre por sí misma.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
Un interruptor para las neuronas: cómo funciona la optogenética y por qué cambió la neurociencia
Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel recibieron el Premio Nobel de Medicina por descubrimientos que permitieron crear un método capaz de controlar grupos específicos de células nerviosas y analizar su relación con la memoria, el movimiento, el sueño y la percepción
Por Agustín Gallardo
Durante décadas, la ciencia pudo registrar la actividad cerebral y estimular regiones enteras, pero tenía dificultades para distinguir qué células participaban en cada decisión, recuerdo o movimiento. La optogenética cambió esa escala de observación: convierte la luz en un interruptor capaz de actuar sobre neuronas seleccionadas y permite comprobar, con precisión temporal, cómo un circuito específico interviene en una función del organismo.
El alcance de esta herramienta fue reconocido este 5 de octubre con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026 para Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel, por los descubrimientos que hicieron posible su desarrollo. La Academia destacó que sus trabajos abrieron una etapa de la neurociencia que permite controlar células nerviosas individuales en un cerebro vivo, según se desprende de una nota de Infobae.
El recorrido que llevó al hallazgo comenzó a principios de los años 2000, cuando Hegemann y Nagel estudiaban la Chlamydomonas, un alga unicelular que se orienta hacia la luz. Allí identificaron la canalrodopsina, una proteína que abre un canal para el paso de iones cuando recibe luz azul. En 2005, Deisseroth incorporó su gen en neuronas de rata y consiguió activarlas con pulsos luminosos; dos años más tarde aplicó el mecanismo en el cerebro de ratones vivos.
“La optogenética ofrece oportunidades para cartografiar el cerebro de una manera que antes solo podíamos imaginar”, afirmó Per Svenningsson, presidente del Comité Nobel de Fisiología o Medicina.
La optogenética reúne recursos de la genética, la biología molecular, la óptica y la neurociencia. El procedimiento comienza con la incorporación, en células seleccionadas, de genes que codifican proteínas sensibles a la luz llamadas opsinas. Una vez que esas proteínas se expresan en las células, la iluminación con una longitud de onda determinada modifica su actividad.
En el caso de las neuronas, esa respuesta puede hacer que la célula dispare una señal eléctrica o que reduzca su actividad. Las canalrodopsinas, por ejemplo, permiten activar células con luz; otras opsinas se emplean para inhibirlas. El control puede producirse en escalas de milisegundos, un intervalo acorde con la velocidad de la comunicación neuronal.
Para llevar la luz al área de interés, los investigadores suelen usar fibras ópticas, LED implantables u otros dispositivos. La selección genética previa permite que el estímulo alcance a una población celular concreta, en vez de afectar indiscriminadamente a todas las neuronas de una zona.
Las opsinas utilizadas en optogenética tienen antecedentes en microorganismos capaces de modificar el paso de iones a través de sus membranas cuando reciben luz. Hegemann y Nagel identificaron y caracterizaron proteínas de ese tipo, entre ellas la canalrodopsina. Más tarde, Deisseroth demostró que podían utilizarse para intervenir en neuronas.
Ese avance resolvió una dificultad central de la investigación cerebral: estudiar el efecto de un tipo de célula sin alterar al mismo tiempo el funcionamiento de otras células cercanas. La estimulación eléctrica tradicional puede alcanzar múltiples neuronas de manera simultánea; la optogenética permite delimitar mejor el circuito que se analiza.
La consolidación de la memoria es uno de los procesos estudiados con esta tecnología. Una investigación de la Universidad de Cornell, publicada en la revista Neuron, empleó la optogenética para intervenir durante el sueño de ratones en momentos específicos de la actividad cerebral.
El equipo siguió las denominadas ondas-ráfaga, señales eléctricas breves vinculadas con el traslado de información desde el hipocampo hacia la neocorteza. Cada una dura alrededor de 100 milisegundos. Cuando aparecía una de esas señales, los científicos estimulaban una región cerebral elegida y observaron que los animales retenían recuerdos que, sin esa intervención, solían perder después de algunas horas.
Los resultados también se registraron en ratones modificados para presentar déficits de memoria. El trabajo, no supone un tratamiento disponible para pacientes, pero permite identificar con mayor precisión los mecanismos que participan en la formación y recuperación de recuerdos.
La investigación sobre la enfermedad de Alzheimer es otro de los campos en los que se utiliza la optogenética. Una revisión científica de Parsa Mirzayi, Parnian Shobeiri y otros autores, publicada en 2022, señaló que la técnica permite examinar cambios en la plasticidad sináptica y los circuitos neuronales, dos sistemas afectados en esta enfermedad neurodegenerativa.
El Alzheimer se asocia con la acumulación de beta-amiloide y proteína tau, además de alteraciones tempranas de las conexiones entre neuronas. La optogenética ayuda a estudiar esas fallas con precisión celular y temporal: permite activar, inhibir u observar redes implicadas en la memoria, sobre todo en el hipocampo, la corteza prefrontal y la corteza entorrinal.
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“Un nivel de fama similar al de Matt Damon”: así cambió la vida de cinco científicos de Harvard tras ganar el Premio Nobel
Llamadas a la madrugada, miles de correos electrónicos, audiencias con líderes mundiales y donaciones económicas. Expertos de la célebre institución estadounidense exponen el impacto que genera el máximo reconocimiento internacional en sus hábitos, su trabajo y su exposición pública
La llamada llega de madrugada, trae un acento sueco y, de un momento a otro, transforma la rutina de quien la recibe. Para cinco investigadores vinculados con Harvard, el Premio Nobel abrió una etapa de entrevistas, invitaciones y reconocimientos, aunque no alteró la prioridad que había guiado sus carreras: enseñar, investigar y aprovechar la atención pública para impulsar causas, instituciones o debates concretos.
La primera semana de octubre, los comités de Suecia y Noruega anuncian los ganadores de las distinciones que reconocen aportes en física, química, fisiología o medicina, literatura, economía y paz. Decenas de profesores de Harvard han obtenido el galardón mientras trabajaban en la universidad.
En sus testimonios, los laureados describen desde correos electrónicos y ceremonias hasta donaciones, proyectos científicos y una notoriedad que, a veces, los alcanzó en un tren o en un restaurante.
Para Claudia Goldin, ganadora del Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas 2023 por ampliar la comprensión sobre los resultados de las mujeres en el mercado laboral, el cambio tuvo dos tiempos. Al principio llegaron tareas que no formaban parte de su agenda habitual: elegir vestido largo, medias y tacones, preparar una presentación y un discurso de banquete, además de atender sus clases y dirigir la colocación laboral de 30 estudiantes de economía. “La carga de trabajo inmediata fue enorme”, recordó la profesora universitaria Samuel W. Morris, profesora Henry Lee de Economía y titular de las cátedras Lee y Ezpeleta de Artes y Ciencias.
Aunque la lista de pendientes era extensa, Goldin recuerda esos meses con alegría y entusiasmo. Durante los tres días posteriores al anuncio recibió 1.600 correos electrónicos, y continuaron llegando mensajes en las semanas siguientes. Los leyó todos: algunos procedían de amigos, familiares y colegas; otros contenían pedidos de asesoría o propuestas de conferencias pagadas. Un colega le aconsejó contratar a un agente, pero ella respondió que nunca había ofrecido consultoría remunerada y que no pensaba hacerlo.
Aprendió, dijo, a rechazar pedidos con cortesía. Hubo tres excepciones que consideró importantes: participar en el programa “Wait, Wait… Don’t Tell Me!”, realizar un lanzamiento ceremonial en un partido entre los Red Sox y los Yankees —para el que entrenó seis semanas y consiguió un strike— y asesorar de manera gratuita a la WNBPA, el sindicato del baloncesto profesional femenino de Estados Unidos, durante negociaciones contractuales que multiplicaron aproximadamente por cinco los salarios de las jugadoras.
La exposición también modificó su manera de conducir. “Ya no puedo adelantar a la gente de forma tan brusca”, señaló, porque se considera demasiado reconocible para repetir conductas que antes tenía al volante. Goldin donó el dinero del premio a un fondo de investigación económica de Harvard y lo unió a recursos obtenidos en otros reconocimientos para financiar el campo de la historia económica.
Su labor cotidiana, sostuvo, siguió centrada en las clases, el asesoramiento a estudiantes, la investigación, los seminarios, los talleres y la dirección de un grupo de la Oficina Nacional de Investigación Económica. El Nobel le dio la impresión de que tenía algo que el público quería escuchar y leer; también consideró que el logotipo del premio en la portada de su próximo libro podría atraer más atención. Sobre todo, valoró que el reconocimiento a sus estudios sobre las mujeres en la economía y la sociedad tuviera efecto en personas de distintas edades y países. “A muchos les hizo sentir que sus vidas eran importantes. A otros les dio orgullo por su trabajo”, afirmó.
El genetista Gary B. Ruvkun, Nobel de Fisiología o Medicina 2024 por el descubrimiento del microARN y su papel en la regulación génica postranscripcional, describió un cambio moderado, no drástico. Con el paso de los años, dijo, otros premios ya le habían dado cierta notoriedad. Lo que no esperaba era el alcance del Nobel ante el público general, particularmente en Boston.
Ruvkun, profesor de genética de la Facultad de Medicina de Harvard y miembro del Departamento de Biología Molecular del Hospital General de Massachusetts, suele tomar la Línea Verde para ir al trabajo. Tras el anuncio, varias personas se acercaban a hablarle en el tren porque lo reconocían. Calculó, entre risas, que podía caminar por la calle con un nivel de fama “similar al de Matt Damon”, aunque aclaró que no pretendía compararse con el actor. A su juicio, el Nobel solo interesa al 1 % de la humanidad, pero en Boston concentra atención.
Entre la gran cantidad de solicitudes, desestimó las que buscaban únicamente fama. Sí aceptó una invitación de los Boy Scouts de Nueva Inglaterra. Había sido Eagle Scout en el área de San Francisco, donde el escultismo lo acercó a las montañas y le enseñó sobre radios de válvulas cuando tenía 13 años; esa experiencia fue, según relató, una puerta de entrada a los módulos de biología. Por eso disfrutó asistir a una asamblea de Eagle Scouts de Nueva Inglaterra.
Otra propuesta lo llevó a la Academia Pontificia de Ciencias, en el Vaticano. La científica planetaria Maria Zuber, con quien había colaborado durante 25 años, lo invitó a impartir un seminario. Ruvkun consideró que probablemente la aceptación no habría sido posible sin el Nobel. Allí estrechó la mano del Papa.
La mañana del anuncio conserva un lugar aparte en sus recuerdos. “Recibes una llamada a las cuatro de la mañana de un hombre con acento sueco, y te das cuenta de que es verdad”, explicó. Después, periodistas entraron en su casa. Su hija, médica residente, estaba allí junto con su esposa y el perro. Amigos de todo el mundo lo llamaron al conocer la noticia, y vecinos de Newton —donde lleva 30 años y es conocido por pasear al perro— lo felicitaron en la calle.
En Estocolmo, durante una pausa de las celebraciones, Ruvkun cenaba con su esposa y su hija en un restaurante cuando un grupo de hombres de veintitantos años que celebraba una despedida de soltero se acercó a saludarlos. A medida que bebían, volvían cada 20 minutos a conversar. Al final, uno le pidió una carta de recomendación para su hijo aún no nacido. El científico la escribió a lápiz.
El economista Oliver Hart, ganador del Premio Sveriges Riksbank 2016 en Ciencias Económicas junto con Bengt R. Holmström por sus contribuciones a la teoría de los contratos, aseguró que su vida cambió sin duda por la atención que recibió. Antes escribía para otros académicos y casi no era conocido fuera de ese ámbito. Al principio, afirmó, muchas personas querían conocer su opinión sobre cualquier tema, bajo la idea de que un Nobel podía tener todas las respuestas. Esa intensidad bajó pronto, aunque se mantuvo por encima del nivel anterior.
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Sin ducha ni camas: cómo es la rutina de los astronautas que viven en la Estación Espacial Internacional
Dentro del complejo que orbita el planeta, el entorno con microgravedad transforma cualquier acto fisiológico. El descanso requiere sacos sujetadores y el sanitario opera mediante corrientes con aire que succionan residuos
A unos 400 kilómetros de la Tierra, los astronautas pueden ver amanecer y anochecer 16 veces en un solo día. Pero esa vista no elimina los problemas de la rutina: dormir, lavarse, comer, ir al baño y hacer ejercicio en microgravedad requiere equipos específicos, horarios rígidos y una gestión minuciosa de cada gota de agua.
La Estación Espacial Internacional (EEI) funciona como laboratorio científico y vivienda para sus tripulantes durante misiones que pueden durar varios meses. Allí no hay camas convencionales, duchas ni lavarropas. Tampoco existe la gravedad que permite que el agua caiga, que el cuerpo se mantenga quieto sobre una superficie o que los residuos lleguen a un desagüe.
La Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio de Estados Unidos (NASA) resumió esa realidad en uno de sus documentos sobre la vida orbital: “Dormir puede ser un problema cuando no hay gravedad”.
En la EEI, cada integrante de la tripulación cuenta con una cabina personal de dimensiones reducidas. Allí instala una bolsa de dormir que queda fijada a una pared, a un asiento o a otra estructura del módulo. La razón es directa: sin gravedad, el cuerpo no permanece sobre un colchón.
Dormir en el espacio exige mantenerse atado para evitar desplazamientos involuntarios y golpes contra los equipos. La orientación tampoco modifica la experiencia. Un astronauta puede descansar de pie, horizontal o con la cabeza hacia abajo porque no percibe el peso del cuerpo ni una referencia fija de arriba y abajo.
La NASA establece, en términos generales, ocho horas de descanso después de una jornada de misión de 16 horas. Sin embargo, el sueño puede verse afectado por el ruido de los sistemas de ventilación, el trabajo planificado, la ansiedad y los ciclos de luz. La estación completa una órbita alrededor del planeta aproximadamente cada 90 minutos, por lo que sus ocupantes observan numerosos amaneceres y atardeceres durante un día terrestre.
Para ordenar el ritmo biológico, las cabinas disponen de ventilación, controles de iluminación y elementos para bloquear el sonido y la luz. Según la agencia espacial, los astronautas usan “un antifaz y tapones para los oídos para bloquear el ruido y la luz”.
Una ducha convencional no sería viable en un entorno de microgravedad. El agua no cae hacia un desagüe: forma gotas y esferas que pueden quedar suspendidas dentro del módulo. Si esas partículas ingresaran en computadoras, paneles eléctricos o sistemas de ventilación, podrían provocar problemas técnicos.
Por esa razón, los astronautas no se duchan en la Estación Espacial Internacional. La higiene diaria depende de toallas húmedas, paños, pequeñas cantidades de agua y productos que no requieren enjuague. La NASA señaló que los tripulantes toman “baños de esponja diarios” y usan shampoo sin enjuague para el cabello.
El procedimiento evita que queden gotas sueltas en el aire. El agua se aplica sobre la piel o el pelo y luego se retira con una toalla. La pasta dental también requiere una adaptación: puede tragarse o retirarse con succión, como sucede en algunos consultorios odontológicos.
La falta de ducha no implica que el cuidado personal deje de ser importante. El ejercicio diario provoca transpiración, mientras que el cabello y la piel continúan produciendo aceites naturales. La diferencia está en que la limpieza debe hacerse con un consumo reducido de agua y sin generar residuos que floten dentro de la nave.
Ir al baño también exige aprender una técnica específica. En la Tierra, la gravedad dirige los líquidos y sólidos hacia el inodoro. En órbita, esa función depende de un sistema de aire y succión.
El baño de la estación posee un asiento con apoyos para las piernas y los muslos. Esos elementos ayudan al astronauta a conservar la posición correcta. Para la orina, se emplea un embudo conectado a una manguera. Los ventiladores generan el flujo que lleva los residuos hacia los depósitos correspondientes.
La NASA comparó el mecanismo con una aspiradora: “El inodoro funciona como una aspiradora con ventiladores”.
Una parte central de este proceso es el reciclaje de agua. La humedad del aire, la condensación y la orina pasan por sistemas de tratamiento que permiten recuperar líquido para distintos usos. El agua es limitada y transportarla desde la Tierra implica costos y capacidad de carga, por lo que la reutilización resulta necesaria para las misiones prolongadas.
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