Por qué el estrés cotidiano dispara la presión arterial y pone en jaque la salud del corazón
Científicos advierten que la tensión emocional eleva la presión y puede desencadenar problemas cardíacos graves. Especialistas subrayan la importancia de controlar los factores emocionales para proteger el bienestar físico
Por Ismael Yasnikowski
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El estrés cotidiano puede provocar aumentos temporales en la presión arterial y, cuando se vuelve crónico, contribuir al desarrollo de hipertensión y enfermedades cardíacas. Esta advertencia, avalada por especialistas, adquiere relevancia en contextos de alta tensión emocional y social, donde los episodios de ansiedad afectan a millones de personas en todo el mundo.
Según la cardióloga estadounidense Angela Ryan Lee, el estrés activa mecanismos fisiológicos que pueden alterar las funciones cardiovasculares. En declaraciones citadas por la revista especializada en salud VeryWell Health, la médica puntualizó que manejar estos episodios resulta esencial para preservar tanto la salud mental como la física.
La evidencia científica respalda que la respuesta del cuerpo al estrés, especialmente cuando se prolonga, no solo afecta el bienestar emocional, sino que también puede tener consecuencias directas sobre el sistema circulatorio.
La exposición a situaciones estresantes desencadena la llamada respuesta de lucha o huida, en la que el sistema nervioso simpático estimula la liberación de hormonas como la adrenalina y el cortisol. Estas sustancias preparan al cuerpo para afrontar una amenaza, elevando la frecuencia cardíaca, incrementando el ritmo respiratorio y, de manera destacada, aumentando la presión arterial.
De acuerdo con la Asociación Americana de Psicología (APA), este mecanismo resulta adaptativo ante peligros inmediatos. Sin embargo, la reiteración constante de estos picos hormonales puede tener efectos adversos. La Asociación Americana del Corazón (AHA) recomienda medir la presión arterial en estado de reposo, puesto que incluso situaciones menores, como la espera en el tráfico o el desplazamiento hacia un centro médico, pueden distorsionar las cifras obtenidas debido a la activación de la respuesta al estrés.
En personas sensibles, como quienes presentan hipertensión de bata blanca, la simple presencia en un consultorio puede elevar los valores de presión sin que existan alteraciones en condiciones habituales. Según la AHA, estos episodios suelen revertirse fuera del entorno de atención médica, lo que resalta la influencia directa del estrés en las mediciones.
Los efectos del estrés crónico en la presión arterial fueron objeto de múltiples investigaciones. Estudios publicados en la revista Hypertension —informe conjunto del Colegio Americano de Cardiología y la Asociación Americana del Corazón— confirman la asociación entre estrés sostenido y el desarrollo de hipertensión persistente, así como un mayor riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares.
De acuerdo con investigaciones recientes citadas por la revista VeryWell Health, “el estrés crónico no solo está relacionado con una presión arterial más alta, sino también con otras formas de enfermedad cardiovascular, como ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares”. Los expertos consideran que el modo en que cada persona gestiona sus fuentes de estrés puede modificar el impacto de estos factores en la salud.
Por su parte, la Asociación Americana de Psicología advierte que la inseguridad económica, la dificultad de acceso a alimentos y la carencia de espacios seguros para la actividad física aumentan la vulnerabilidad a la hipertensión y a complicaciones cardíacas. Estas condiciones sociales y ambientales amplifican los riesgos asociados al estrés prolongado.
El manejo efectivo del estrés constituye una herramienta fundamental tanto para el bienestar emocional como para la prevención de enfermedades cardiovasculares. Las principales recomendaciones de la Asociación Americana del Corazón incluyen identificar los desencadenantes habituales, priorizar un descanso adecuado, mantener una dieta equilibrada y realizar ejercicio de forma regular.
Prácticas como la meditación y el yoga han mostrado cierto beneficio en la reducción de la presión arterial, aunque los cambios en el estilo de vida, como la mejora de la alimentación y la actividad física, tienen un impacto más marcado. Estudios indican que la meditación puede reducir la presión sistólica en torno a 5 puntos, mientras que las técnicas de respiración y yoga ofrecen resultados positivos, aunque menos documentados.
Evitar hábitos nocivos, como fumar, comer en exceso o consumir alcohol y drogas, también resulta crucial. Cuando el estrés afecta de manera significativa la vida cotidiana y la salud física, los expertos recomiendan buscar apoyo en redes sociales, familiares o profesionales de la salud mental.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
Determinan el impacto de los incendios forestales en los cuerpos de agua
30 de junio de 2026
Determinan el impacto de los incendios forestales en los cuerpos de agua
Un estudio de científicas del CONICET analizó el efecto que tienen estos siniestros sobre los arroyos de montaña patagónicos. El trabajo fue publicado en la revista Science of The Total Environment.
CIENCIAS AGRARIAS, DE LA INGENIERÍA Y DE MATERIALES
Un estudio de científicas del CONICET analizó el efecto que tienen estos siniestros sobre los arroyos de montaña patagónicos. El trabajo fue publicado en la revista Science of The Total Environment.
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Los incendios forestales de bosques andino-patagónicos además de producir transformaciones en la vegetación y la fauna también alcanzan a ríos y arroyos, donde puede alterarse la calidad del agua y el funcionamiento de los ecosistemas acuáticos. Comprender cómo responden estos cuerpos de agua después del fuego resulta clave para evaluar los impactos de estos eventos y diseñar estrategias de manejo que contribuyan a la conservación de la biodiversidad y de los servicios ecosistémicos asociados a los recursos hídricos.
Un equipo de investigación del CONICET del Centro de Investigación Esquel de Montaña y Estepa Patagónica (CIEMEP, CONICET-UNPSJB), en colaboración con investigadoras del laboratorio de Química de la empresa INVAP, analizó cómo un gran incendio forestal ocurrido en 2021 en la Patagonia argentina afectó la calidad del agua y la dinámica de nutrientes de arroyos de cuencas quemadas durante 28 meses posteriores al evento. Este aporte científico, realizado por Cecilia Brand, Yanina Assef y colaboradores, fue publicado recientemente en la revista especializada Science of The Total Environment. El mismo destaca la importancia de comprender los efectos del fuego sobre ríos y arroyos de cabecera: “Estos ecosistemas no sólo constituyen una fuente esencial de abastecimiento de agua para numerosas comunidades, sino que también sostienen múltiples actividades económicas y productivas de la región andino-patagónica”, comenta Assef.
Este incendio forestal de gran magnitud se originó cerca de las localidades de Las Golondrinas y El Hoyo en la provincia del Chubut y afectó más de 13 mil ha de Bosque Patagónico. De acuerdo a las especialistas, a pesar de que este evento provocó importantes pérdidas ambientales, incluyendo extensas áreas boscosas y fauna silvestre, también representó una oportunidad única para el desarrollo de este trabajo.
Para evaluar los efectos del fuego, el equipo comparó cuatro arroyos afectados por el incendio con otros cuatro arroyos de referencia que no fueron alcanzados por las llamas y presentan características ambientales similares.
“El estudio nos permitió identificar y comprender la denominada ventana de perturbación -periodo temporal crítico inmediatamente posterior al fuego caracterizado por una alta vulnerabilidad ambiental-, que generalmente se inicia con las primeras lluvias posteriores al incendio. En esta etapa observamos incrementos muy marcados en la conductividad eléctrica y en la cantidad de sólidos suspendidos que se evidenciaron como un aumento de la turbidez del agua en los arroyos quemados”, expresa Assef. La investigadora agrega que, durante este período inicial, las concentraciones de fósforo llegaron a ser hasta 17 veces más altas que las de los sitios de referencia. “Posteriormente, a medida que los niveles de fósforo comenzaron a disminuir observamos un aumento sostenido y muy importante de los compuestos nitrogenados, especialmente de los nitratos, una tendencia que se mantuvo hasta el final del estudio”, señala.
En la misma línea, Brand, detalla que el aumento sostenido de nitratos en el agua se debe a que los procesos de transformación de nitrógeno continúan activos, pero que la capacidad de la vegetación quemada de absorber los nutrientes se ve drásticamente reducida. Este efecto es proporcional a la superficie de la cuenca afectada por el incendio.
“En el primer muestreo también detectamos un aumento de algunos metales pesados. Lo llamativo fue que este incremento apareció en todos los arroyos, no solo en los que habían sido afectados por el incendio. Probablemente las partículas generadas por la combustión fueron transportadas por el viento y se depositaron de manera relativamente uniforme en toda la zona”, indica Assef.
En este contexto, “la proximidad geográfica del CIEMEP al área afectada, sumado a la disponibilidad de vehículos, laboratorios y equipamiento especializado, fue clave para realizar monitoreos periódicos y obtener información valiosa sobre cómo responden los ecosistemas acuáticos después de un incendio”, destaca Brand. Además, remarca que, aunque los incendios forestales representan uno de los principales disturbios que afectan a la región y provocan severas consecuencias sociales, económicas y ambientales, el impacto de estos eventos sobre la calidad del agua sigue siendo un aspecto poco estudiado, tanto en la Patagonia como en Argentina en general.
“Iniciamos el trabajo de campo en junio de 2021, apenas dos meses después de que el incendio fuera extinguido, y desde entonces hemos mantenido un monitoreo continuo que se extiende hasta el día de hoy, aunque el artículo publicado muestra resultados de los primeros tres años”, explica Assef.
Efectos de los incendios en los ecosistemas acuáticos
Al igual que lo que se ha reportado en otras partes del mundo, sostienen las especialistas, se observa que los efectos de los incendios forestales en los ecosistemas acuáticos de la región patagónica varían según la extensión y la severidad del fuego, las dimensiones del arroyo, la topografía y el tipo de cobertura vegetal. Más aún, los incendios más recientes, como los que ocurrieron en el Parque Nacional Los Alerces (Chubut), en los años 2024 y 2026, dan la oportunidad de continuar sus estudios para responder otras preguntas que se generaron a partir de las primeras investigaciones.
Assef y Brand resaltan que estos resultados alertan sobre las posibles modificaciones en los ecosistemas a mayor escala: “El incremento elevado de nutrientes sostenido en el tiempo puede tener consecuencias sobre la salud del ecosistema, modificando tramas tróficas y en última instancia pudiendo afectar la calidad del agua para consumo”. Y advierten que estos cambios pueden agravarse si se combinan con otras actividades que aportan nutrientes al cuerpo de agua o que dificulten la regeneración de la vegetación ribereña.
Fuente: https://www.conicet.gov.ar/noticias-conicet/
La dopamina y la segmentación de la memoria: claves para entender la percepción del tiempo en el cerebro
Nuevos hallazgos en neurociencia exploran el impacto de ciertos mensajeros químicos sobre la manera en que se identifican y distinguensucesos pasados, aportando una perspectiva novedosa sobre la experiencia temporal humana
Por Bautista Salaverri
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En el universo de la neurociencia, la dopamina ocupa un lugar central como uno de los mensajeros químicos más estudiados. Esta sustancia, producida de manera natural por el cerebro, es conocida principalmente por su capacidad para modular la motivación, el placer y el refuerzo de conductas.
La hormona se sintetiza en regiones específicas del sistema nervioso, como el área tegmental ventral y la sustancia negra, donde las neuronas especializadas transforman la tirosina en un complejo proceso bioquímico que culmina en la liberación de este neurotransmisor hacia diferentes áreas cerebrales.
La función es esencial para regular una amplia variedad de procesos biológicos y conductuales. Interviene en el control del movimiento, la toma de decisiones, la percepción de recompensas y el aprendizaje. Esta activación no solo provoca sensaciones placenteras, sino que también impulsa la repetición de aquellas acciones que han resultado beneficiosas para el individuo.
Investigaciones recientes han descubierto que la dopamina está profundamente implicada en la memoria y en la manera en que el cerebro organiza y recupera experiencias pasadas. Distintos experimentos han demostrado que la activación dopaminérgica puede influir directamente en cómo recordamos el tiempo y los límites entre eventos, moldeando así la estructura de nuestros recuerdos.
La dopamina y la memoria podrían estar conectadas de una forma menos ligada al placer y más relacionada con cómo el cerebro separa experiencias. Un estudio de psicólogos de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), publicado en Nature Communications, vinculó esa señal química con una expansión del tiempo recordado entre eventos distintos y con la segmentación de la experiencia en recuerdos episódicos.
Según la UCLA en el estudio publicado en Nature Communications, la hormona podría cumplir un papel de organización en la memoria: se activaría al inicio de eventos nuevos y ayudaría a que el cerebro recuerde como más separados episodios que en realidad ocurrieron a la misma distancia objetiva. Esa asociación apareció en medidas ligadas al área tegmental ventral y en registros de parpadeo usados como indicador indirecto.
Una de las autoras, Erin Morrow, estudiante de doctorado de la casa de estudios, expresó en declaraciones recogidas por la universidad que la dopamina suele aparecer en la conversación pública como una señal de recompensa, aunque el sistema dopaminérgico “también responde con fuerza a la novedad y al cambio”.
Morrow añadió que descubrieron “que la activación del sistema dopaminérgico al comienzo de un nuevo evento es probablemente una de las maneras en que nuestro cerebro segmenta las experiencias en episodios memorables”. El estudio sitúa ese proceso en el área tegmental ventral (ATV), una región asociada con la liberación de dopamina.
Para David Clewett, profesor de psicología de la UCLA, el tiempo no funciona en la memoria como una medida fija. En declaraciones recogidas por la universidad, sostuvo que los “hallazgos sugieren que este proceso también moldea la memoria. Lo concibo como la inserción de pequeñas brechas en un flujo continuo, lo que ayuda a diferenciar eventos cercanos”.
La evidencia surgió de un experimento con 32 participantes. Los voluntarios observaron imágenes de objetos neutros dentro de un escáner de resonancia magnética funcional (RMf), mientras escuchaban tonos en el oído derecho o izquierdo. El mismo se repetía durante ocho elementos para crear un contexto estable. Después cambiaba de oído y de frecuencia para marcar un límite de evento, una transición que, según Nature Communications, se repitió hasta formar cuatro eventos auditivos distintos dentro de secuencias de 32 imágenes.
Los cambios de tono activaron con más fuerza el ATV que los tonos de continuidad, según Nature Communications. Esa señal apareció en los límites entre eventos, cuando cambiaba el contexto auditivo y la tarea exigía además cambiar de mano para responder.
Cuando los investigadores mostraron después pares de imágenes y pidieron juzgar cuán separadas habían aparecido en el tiempo, los pares que cruzaban un límite de evento se recordaron como más lejanos. La UCLA y News Medical señalaron que esa diferencia surgió pese a que todos los pares evaluados tenían la misma distancia objetiva. Los autores en el estudio precisaron que entre cada par probado siempre había tres imágenes intermedias, equivalentes a unos 32,5 segundos. Aun así, los pares que atravesaban un cambio de contexto recibieron calificaciones de mayor distancia temporal.
La intensidad de la respuesta del área tegmental ventral también importó. Según la publicación, respuestas más fuertes en esa región predijeron una mayor dilatación del tiempo recordado para los pares que cruzaban límites, mientras que esa relación no apareció en los pares del mismo contexto.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
Cómo funciona el compuesto natural que podría mejorar la respuesta a las vacunas en mayores de 65 años
El estudio, realizado con inmunizaciones COVID-19, buscaba evaluar si un compuesto podía impulsar las defensas en adultos con baja protección. Las claves de un estudio que se centró en aquellos que, tras 3 dosis, se los considera “no respondedores”
Por Constanza Almirón
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Un ensayo piloto en adultos mayores de 65 años relacionó la espermidina —un compuesto natural— con mejoras en varios indicadores de respuesta frente a la COVID-19 en personas con baja protección tras la vacunación, según informó la Universidad de Oxford y de acuerdo con el estudio publicado en Aging Cell.
La espermidina es una molécula que se produce de forma natural en las células. También está presente en alimentos como el germen de trigo, los champiñones y algunos quesos. Estudios previos sugirieron que puede favorecer procesos de mantenimiento celular que disminuyen con la edad.
El trabajo concluyó que la suplementación diaria del compuesto fue segura y que su posible beneficio se concentró en participantes con una respuesta vacunal muy débil después de tres dosis de vacunas con plataforma de ARN mensajero. Según Aging Cell, ese grupo registró aumentos de anticuerpos frente a SARS-CoV-2, mejor desempeño de células B de memoria y mayor capacidad neutralizante frente a distintas variantes virales.
La Universidad de Oxford indicó que cerca del 25% de los participantes presentaba niveles de anticuerpos muy bajos pese a vacunaciones repetidas. El artículo científico precisó que, entre los 20 asignados a espermidina, ocho eran “no respondedores” antes de iniciar el tratamiento, es decir, personas que casi no desarrollaron defensas medibles tras las dosis recibidas.
En ese subgrupo, Aging Cell describió mejoras en varias medidas de inmunidad asociada a la vacuna. La Universidad de Oxford señaló que la suplementación se vinculó con un avance sustancial de esos indicadores en quienes mantenían una protección débil después de la vacunación.
La profesora asociada Ghada Alsaleh, investigadora de Nuffield Department of Orthopaedics, Rheumatology and Musculoskeletal Sciences (NDORMS) en la Universidad de Oxford, afirmó en un comunicado: “Muchos adultos mayores responden bien a las vacunas, pero algunos no desarrollan una protección fuerte incluso después de vacunaciones repetidas”.
Alsaleh agregó en ese comunicado: “Nuestro estudio sugiere que el envejecimiento biológico de las células inmunitarias puede ser una de las razones de que esto ocurra y que la espermidina podría ayudar a restaurar aspectos de la función inmunitaria en este grupo”.
La universidad ubicó el hallazgo dentro de un problema más amplio. Con el paso de los años, el sistema inmunitario pierde eficiencia, lo que reduce la protección frente a infecciones y vacunas. Durante la pandemia, más del 92% de las muertes relacionadas con la COVID se registró en personas mayores de 60 años, de acuerdo con la Universidad de Oxford.
El ensayo fue doble ciego, aleatorizado y controlado con placebo, de acuerdo con la Universidad de Oxford y Aging Cell. En términos simples, “doble ciego” significa que ni los participantes ni el equipo sabían quién recibía el suplemento y quién el placebo; “aleatorizado” indica que la asignación se hizo al azar; y “placebo” es una sustancia sin efecto esperado que se usa para comparar resultados.
El estudio incluyó a 40 adultos sanos mayores de 65 años que ya habían recibido tres dosis de vacuna contra la COVID-19. El artículo científico detalló que 20 participantes recibieron 6 mg diarios de espermidina por vía oral y otros 20, placebo. En varios análisis, el grupo placebo quedó con 18 personas.
La suplementación duró 13 semanas y comenzó unas cuatro semanas después de la tercera dosis para observar la memoria inmunitaria adaptativa, según Aging Cell. La Universidad de Oxford informó que el suplemento fue seguro y bien tolerado.
El estudio detalló que no hubo efectos adversos ni reacciones adversas asociadas al tratamiento. También indicó que los perfiles hematológicos y bioquímicos no mostraron diferencias relevantes entre grupos en las primeras mediciones.
El trabajo describió además las características de la muestra: todos los participantes analizados eran británicos blancos, la edad media rondó los 71 años y ninguno recibía inmunosupresión.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
La melatonina también podría aliviar el dolor crónico, según un nuevo estudio científico
Investigadores de la Universidad de Sídney analizaron datos de 2.028 adultos en 23 ensayos clínicos. Uno de los líderes del estudio detalló a Infobae qué encontraron y cuáles son los desafíos
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La melatonina es una hormona producida principalmente por la glándula pineal del cerebro. Su función principal es regular el ciclo sueño-vigilia y sincronizar los ritmos circadianos del organismo.
Desde hace varios años ya se indican comprimidos o cápsulas de melatonina como suplementos o medicamentos, según cada país, para el tratamiento del insomnio. Podría también tener un papel amplio en el tratamiento del dolor.
Científicos de la Universidad de Sídney en Australia revelaron que el uso de la melatonina podría reducir el dolor musculoesquelético crónico con una eficacia comparable a la de analgésicos de uso cotidiano.
El hallazgo cobra peso si se considera que hasta el 47% de la población mundial padece algún tipo de dolor musculoesquelético. Los investigadores señalaron que se trata de una opción económica y accesible que podría transformar la forma en que se aborda este tipo de dolor.
La investigación fue liderada por Kangchao Wu junto con Paulo Ferreira, del Centro de Investigación Musculoesquelética y la Escuela de Ciencias de la Salud de la Universidad de Sidney.
El estudio fue publicado en PAIN, la revista con revisión de pares que edita la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor.
Desde Australia, el doctor Kangchao Wu aclaró a Infobae qué se sabe hoy sobre el perfil de paciente que podría llegar a beneficiarse con el uso de la melatonina para el dolor.
“En esta etapa, no podemos identificar un perfil específico de paciente para el que la melatonina funcione mejor que para otros. No hay evidencia suficiente dentro de cada condición musculoesquelética específica o grupo de edad para determinar si sus efectos difieren según el tipo de dolor, la edad u otras condiciones de salud”, afirmó en la entrevista con Infobae.
El dolor musculoesquelético agrupa condiciones como lumbalgia, artrosis y fibromialgia, además de los procesos de recuperación tras cirugías de columna o reemplazos articulares.
Los tratamientos disponibles, como el uso de opioides, antiinflamatorios no esteroideos y paracetamol, suelen traer consigo riesgos de dependencia o efectos adversos que limitan su uso prolongado.
Por eso, la preocupación por las consecuencias del uso extendido de estos medicamentos fue el punto de partida del estudio.
Ante ese panorama, los investigadores evaluaron si la melatonina, ya validada como reguladora del sueño, podía ofrecer algo más.
Buscaron determinar si el suplemento puede reducir la intensidad del dolor crónico y, a la vez, mejorar el descanso de quienes lo padecen. La hipótesis era que la conexión entre dolor y sueño podía convertir a la melatonina en un aliado con doble función.
El equipo analizó datos de 2.028 adultos que participaron en 23 ensayos clínicos aleatorizados, en los que los participantes se asignan al azar a diferentes grupos de tratamiento para obtener resultados más confiables.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
Proteínas y bacterias intestinales: identifican biomarcadores en recién nacidos que podrían predecir la obesidad en la adultez
La investigadora Angelica Ahrens explicó a Infobae los alcances de un estudio de 26 años, con más de 16.600 participantes, con el potencial de transformar la forma en que se detecta y previene la obesidad desde las primeras etapas de la vida
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La obesidad y el sobrepeso han alcanzado cifras críticas a nivel mundial. Según los últimos datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2022 más de 2.500 millones de adultos eran considerados con sobrepeso, de los cuales 890 millones eran obesos. Se estima que el 43% de las personas adultas, es decir, casi una de cada dos, tenían exceso de peso, y el 16% padecían obesidad.
El fenómeno no se limita a los adultos: más de 390 millones de niños y adolescentes de cinco a 19 años tenían sobrepeso en 2022 y 160 millones eran obesos. Estas cifras evidencian una prevalencia que se ha duplicado entre adultos y cuadruplicado entre adolescentes desde 1990. Como si fuera poco, UNICEF advirtió que, en 2025, la prevalencia de obesidad entre niños y adolescentes superó por primera vez al bajo peso y hoy es la forma más común de malnutrición.
En este panorama, la Dra. Angelica Ahrens, investigadora asistente del University of Florida Institute of Food and Agricultural Sciences y coautora del estudio, destacó en diálogo con Infobae un estudio que podría cambiar el paradigma sobre esta realidad: “Sabemos que la obesidad está influenciada por la dieta, el estilo de vida y la historia familiar, pero queríamos hacer una pregunta más difícil: ¿existen señales biológicas desde el nacimiento o la infancia que nos indiquen qué niños son más vulnerables décadas después?”
La experta enfatizó que la magnitud y el entorno actual plantean desafíos para la prevención, al tiempo que abren oportunidades para detectarla y actuar mucho antes de lo que se consideraba posible, ya que la incertidumbre persiste sobre el momento exacto en que empieza a forjarse el riesgo de obesidad en la vida de las personas, y cuán temprano podrían identificarse las señales biológicas que anticipan este desenlace.
Tradicionalmente, la prevención ha estado ligada a cambios de hábitos en la niñez o adolescencia, pero la evidencia reciente apunta a que el riesgo puede comenzar a delinearse desde los primeros meses —incluso antes del nacimiento— y estar determinado tanto por factores familiares, ambientales y sociales, como por señales biológicas intrínsecas y tempranas.
En esta realidad aparece el estudio publicado en la revista mSystems de la Sociedad Estadounidense de Microbiología y del cual Ahrens es coautora. De acuerdo con la investigación realizada a más de 16.600 niños desde el nacimiento hasta la adultez durante 26 años, se identificó una serie de marcadores biológicos y microbianos presentes desde el primer año de vida que señalan una mayor probabilidad de desarrollar obesidad en la adultez.
Según explicaron los investigadores en el comunicado institucional, el trabajo se basó en la cohorte “Todos los bebés del sureste de Suecia” (ABIS), que permitió recolectar muestras sanguíneas al nacer y material fecal alrededor del año de vida. De este modo, fue posible comparar desde el inicio a niños que, décadas más tarde, recibirían un diagnóstico clínico de obesidad con aquellos que mantendrían un peso saludable a lo largo del seguimiento.
El principal hallazgo señala que “los niños que más adelante desarrollaron obesidad ya presentaban diferencias biológicas sutiles en etapas tempranas de la vida, entre ellas cambios en determinadas proteínas sanguíneas y en la composición de las bacterias del sistema digestivo”, indicaron en el comunicado de prensa.
Entre los biomarcadores identificados se destacaron niveles elevados de proteínas como la angiopoyetina-like 4 (ANGPTL4), follistatina y el factor de crecimiento de hepatocitos, así como una reducción de ciertas bacterias intestinales beneficiosas durante el primer año. Estas señales, según indicaron, parecían ser independientes del peso de los padres, “lo que sugiere que el riesgo de obesidad no puede explicarse únicamente por la herencia familiar o por factores relacionados con el estilo de vida”, indicó la especialista.
De acuerdo con UNICEF, en su informe de 2025, la principal causa es el dominio de alimentos ultraprocesados y bebidas azucaradas en la dieta cotidiana, desplazando opciones nutritivas y aumentando drásticamente la incidencia de patologías crónicas asociadas.
Al analizar estos datos mediante modelos de aprendizaje automático, los investigadores integraron los biomarcadores biológicos con información clásica, como el peso parental, y mejoraron notablemente la precisión predictiva. “La incorporación de estos marcadores biológicos aumentó la capacidad predictiva y la precisión de nuestros modelos, mucho más allá de lo que se obtiene con datos de cuestionarios y factores ambientales durante la primera etapa de la vida por sí solos”, explicaron en el comunicado.
La doctora Ahrens puntualizó en diálogo con Infobae la profundidad única del seguimiento: “Queríamos entender cuáles son los determinantes más tempranos de la obesidad, mucho antes de que el aumento de peso sea evidente”.
En ese tono, destacó que, tras identificar este aspecto, el siguiente paso es registrar los factores que permiten “una prevención más temprana y más específica. Lo difícil es que esto requiere seguir a los niños durante décadas, con datos clínicos y biológicos repetidos, y hay muy pocas cohortes en el mundo con esa profundidad”.
En el estudio, los científicos analizaron sangre de cordón umbilical y muestras de materia fecal, lo que posibilitó identificar alteraciones en las proteínas sanguíneas y en la composición del microbioma intestinal incluso antes de que la alimentación se diversificara tras el primer año de vida. “Lo que más me sorprendió fue que algunas señales biológicas tempranas seguían siendo muy fuertes incluso después de ajustar por el índice de masa corporal de la madre”, destacó la experta a Infobae.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/