Una variante genética poco frecuente podría proteger contra la diabetes, el infarto y otras enfermedades graves
Investigadores identificaron mutaciones en el gen FNIP1 que reducen significativamente el riesgo cardiometabólico y abren la puerta al desarrollo de nuevos fármacos; los portadores también muestran menor grasa abdominal y mayor masa muscular
Un gen vinculado al metabolismo celular guarda la clave de una protección poco común contra la diabetes tipo 2, el infarto, el accidente cerebrovascular y algunas enfermedades hepáticas. Se denomina FNIP1, y sus mutaciones también dejan huella en el cuerpo: menos grasa abdominal y más masa muscular en quienes las presentan, informó la revista científica Nature.
El análisis de más de un millón de genomas con secuenciación avanzada de ADN reveló que apenas cerca de una de cada 7.000 personas portaba alguna de las variantes detectadas. Entre ellas, el riesgo de enfermedad cardiometabólica fue en promedio 60% más bajo que en la población general.
El FNIP1 participa en el metabolismo celular y en la forma en que las células detectan y responden a ciertos nutrientes. Para la mayoría de las personas, que no poseen esas variantes, el resultado no se limita a una diferencia genética favorable: señala un objetivo potencial para medicamentos capaces de reproducir parte de esa protección.
Luca Lotta, genetista humano del Regeneron Genetics Center en Tarrytown, Nueva York, y coautor del estudio, indicó que las enfermedades cardiometabólicas “son la principal causa de muerte en el mundo y tienen una fuerte base genética”.
Para reconstruir los mecanismos detrás de estas enfermedades, el equipo examinó genomas de personas de orígenes diversos en tres continentes, buscando variantes genéticas relacionadas con un biomarcador sanguíneo llamado cociente TG:HDL, que compara los triglicéridos con el colesterol de lipoproteínas de alta densidad, conocido como colesterol “bueno”.
Lotta explicó que cuanto más alto es ese cociente, mayor es el riesgo de enfermedad metabólica. En esa búsqueda, las señales más claras aparecieron en FNIP1.
Las personas con ciertas mutaciones que inactivaban una de las dos copias corporales de ese gen mostraban un metabolismo marcadamente más saludable que el de la población general. Entre los efectos observados figuraban una mayor proporción de masa muscular, menores niveles de grasa abdominal y azúcar en sangre más baja.
El trabajo no se detuvo en la asociación genética. Los investigadores silenciaron FNIP1 y genes relacionados en células hepáticas humanas, y ese procedimiento aumentó la expresión de genes implicados en la descomposición de lípidos.
Después repitieron la estrategia en ratones para comprobar si ese efecto podía prevenir la enfermedad. El resultado fue afirmativo.
Sadaf Farooqi, médica e investigadora del metabolismo en la Universidad de Cambridge, afirmó que durante mucho tiempo se supuso que estas enfermedades frecuentes estaban impulsadas por variantes genéticas comunes. “Pero en realidad son las variantes raras las que nos están diciendo qué vías biológicas deben alterarse para aumentar o disminuir el riesgo de enfermedad”, señaló.
Para Farooqi, los resultados son “un ejemplo del poder del descubrimiento genético a gran escala”.
El estudio también plantea una pregunta evolutiva: por qué habría sido favorecido un gen que parece elevar el riesgo de enfermedad. Lotta sostuvo que durante milenios los seres humanos vivieron en entornos con escasez de calorías, donde cada una contaba, y que vías como esta ayudaban al cuerpo a conservar energía para tiempos difíciles.
En sus palabras, ese mecanismo funcionaba como un freno metabólico que impedía quemar demasiada grasa. El problema actual, añadió, es el desajuste entre un genoma que cambió poco y un ambiente rico en calorías.
Las variantes beneficiosas, explicó, liberan en esencia ese freno y activan la maquinaria corporal que quema grasa. Aun así, el equipo no observó grandes diferencias de peso corporal entre los portadores y quienes no tenían la variante.
La explicación posible, conforme al investigador, es que en condiciones reales los portadores compensen su mayor gasto energético comiendo más. Esa ausencia de grandes diferencias de peso no eliminó el resto de las ventajas metabólicas detectadas.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
Tras un mieloma múltiple y quedar paralizada del pecho a los pies, volvió al kayak, el esquí y el ciclismo adaptado
Después de un diagnóstico inesperado durante unas vacaciones en Hawái, la recuperación de Jana Ward avanzó entre hospitales, terapia física intensiva y una red de apoyo familiar y médico
Por Agustín Gallardo
En enero de 2023, un dolor de espalda durante unas vacaciones en Hawái derivó en el diagnóstico que cambió la vida de Jana Ward: mieloma múltiple, lesiones en la columna y un tumor que presionaba su médula espinal. La mujer que corría a diario en Salt Lake City pasó de esa rutina deportiva a un proceso de cirugías, rehabilitación intensiva y el objetivo de volver a caminar 1,6 kilómetros.
Antes de la enfermedad, Ward combinaba su vida como corredora de montaña, ingeniera, gerente de programas, esposa y madre de dos hijos. El running ocupaba un lugar central en su día a día. Formaba parte del grupo Salt Lake AM Runners, conocido como SLAM, donde el ejercicio también funcionaba como espacio de encuentro y sostén personal. Ese escenario cambió durante unas vacaciones familiares, cuando un malestar físico derivó en una visita a urgencias. Allí recibió la noticia de que padecía mieloma múltiple, un cáncer que afecta las células plasmáticas, junto con lesiones espinales y un tumor que comprometía su columna.
La gravedad del cuadro obligó a su traslado aéreo a un centro de trauma en la isla de Oahu, donde fue sometida a una cirugía para retirar el tumor. El tratamiento no terminó allí. Ya de regreso en Utah, el tumor reapareció mientras permanecía internada, lo que hizo necesaria una segunda intervención de gran complejidad. Los médicos realizaron una fusión vertebral entre T2 y T9, una operación mayor que abrió una nueva etapa, marcada por internaciones prolongadas y terapias sucesivas.
Durante meses, Jana alternó entre el Huntsman Cancer Institute y el Craig H. Neilsen Rehabilitation Hospital. En ese período recibió radioterapia, quimioterapia, trasplantes de células madre y rehabilitación física. Al comienzo de ese proceso, la pérdida de movilidad fue extrema: quedó paralizada desde el pecho hasta los pies, con sensación y movimiento muy limitados. Esa condición la obligó a reconstruir desde cero tareas básicas y a incorporarse a una dinámica de trabajo terapéutico constante.
En el hospital de rehabilitación, cada jornada incluía varias sesiones con fisioterapeutas y terapeutas ocupacionales. El objetivo no era solo recuperar fuerza muscular, sino también aprender a desplazarse y desenvolverse como una persona con discapacidad. El proceso estuvo atravesado por dolor, agotamiento y desánimo, aunque también por avances concretos. Al salir del centro, Jana se llevó equipamiento, técnicas y una base de confianza construida a partir de la práctica repetida.
La siguiente etapa comenzó en octubre de 2023, cuando inició terapia ambulatoria en el University of Utah Sugar House Health Center. Allí trabajó con la fisioterapeuta Jackie O’Neill, una profesional que, según el testimonio de Jana, tuvo un rol decisivo en su progreso. Durante 21 meses, el plan se sostuvo sobre ejercicios exigentes, repeticiones y metas graduales. El foco estuvo puesto en recuperar la capacidad de caminar y fortalecer grupos musculares debilitados tras las cirugías y los tratamientos oncológicos.
Con el paso del tiempo, los resultados aparecieron de forma lenta pero sostenida. Jana comenzó a caminar con muletas de antebrazo y alcanzó una meta que se había fijado para septiembre de 2025: caminar 1,6 kilómetros en 100 minutos. La cifra tiene un peso especial en su historia personal. Tres años antes, ese mismo lapso le alcanzaba para correr una media maratón. La comparación muestra la dimensión del cambio físico que atravesó y, al mismo tiempo, la persistencia con la que enfrentó la recuperación.
La autonomía volvió también por otras vías. En esa etapa aprendió otra vez a conducir, esta vez con controles manuales adaptados. Ese avance amplió su independencia cotidiana y se sumó a una recuperación que no se limitó al entorno clínico. Parte de esa reconstrucción tomó forma a través de TRAILS, un programa que le permitió volver al deporte y al aire libre mediante equipamiento adaptado.
En el verano de 2024, Jana se subió a un kayak por primera vez desde sus cirugías. Más tarde incorporó otras actividades, entre ellas ciclismo de montaña, vela, esquí sobre nieve, esquí acuático, natación y golf. También comenzó a utilizar un triciclo reclinado propio, con el que realiza recorridos de 27 kilómetros. Esas prácticas no solo fortalecieron sus piernas, sino que reabrieron una dimensión de su identidad que había quedado suspendida tras el diagnóstico.
En el relato de Jana, la recuperación física convivió desde el inicio con una decisión mental clara. “Cada noche me voy a dormir pensando en volver a caminar”, señaló. En esa misma línea, describió su experiencia con una imagen simple: “Es como escalar una montaña distinta, pero igual de gratificante”. La frase resume el sentido que tomó su proceso, alejado de una lógica centrada únicamente en la enfermedad y más cercano a una meta concreta, diaria y acumulativa.
El sostén familiar y comunitario aparece como otro eje central de su historia. Jana atribuye parte de su recuperación a su esposo Curtis, a sus hijos, a sus amistades, a su familia y a los equipos terapéuticos que la acompañaron. A partir de esa red, surgió una iniciativa para devolver parte de la ayuda recibida. Junto con su cuñada Leslie Corbett y con el apoyo de Josh Tessier, director de Advancement del Craig H. Neilsen Rehabilitation Hospital, impulsó el Jana Ward Breakthroughs in Adaptive Engineering Endowment.
El fondo une su experiencia personal con su formación en ingeniería mecánica y gestión de programas. Su objetivo consiste en apoyar proyectos universitarios de fin de carrera vinculados al desarrollo de equipamiento adaptado. La propuesta ofrece a estudiantes la posibilidad de trabajar sobre soluciones concretas para pacientes y participantes de programas adaptados, incluidos dispositivos similares a los que Jana utilizó en su propio proceso de rehabilitación.
“El fondo crea una relación beneficiosa para ambas partes”, explicó Jana sobre el alcance del proyecto. La iniciativa permite que los estudiantes vean sus desarrollos en uso real y que otras personas en rehabilitación accedan a herramientas pensadas para ampliar su movilidad y su participación en actividades deportivas. En esa nueva etapa, la historia de Jana ya no se define solo por el tratamiento contra el cáncer o por la recuperación del movimiento, sino también por la creación de recursos para que otros pacientes encuentren caminos de autonomía.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
FIUNER presentará sus desarrollos en innovación y tecnología médica en ExpoMEDICAL 2026
Docentes e investigadores de la Facultad de Ingeniería de la UNER participarán en ExpoMEDICAL 2026, el encuentro…
Docentes e investigadores de la Facultad de Ingeniería de la UNER participarán en ExpoMEDICAL 2026, el encuentro profesional más relevante del sector salud en Argentina y la región. El evento se llevará a cabo del 23 al 25 de septiembre de 2026 en el centro de exhibiciones BA Ferial (ex Centro Costa Salguero).
La propuesta de la Facultad abordará el diseño inteligente de tecnologías médicas, la aplicación de inteligencia artificial (IA) y la gestión de riesgos clínicos bajo el eje temático: «Ingeniería para la Salud: Interfaces Cerebrales y Simulación Inmersiva desde la FIUNER».
Datos de la presentación
Programa de disertaciones
Interfaces Cerebro-Computadora para rehabilitación neurológica
Más allá del maniquí: simulación háptica y realidad virtual para el entrenamiento de habilidades clínicas e industriales
Muestra interactiva conjunta
Ambos equipos de investigación habilitarán sus estaciones de demostración de manera simultánea. Los asistentes a la exposición podrán experimentar en vivo con:
La experiencia estará guiada por docentes y estudiantes avanzados de la FIUNER, quienes responderán consultas y evaluarán junto a los profesionales del sector salud nuevas oportunidades para el desarrollo de soluciones tecnológicas aplicadas.
Campus UNER Oro VerdeRuta Pcial. Nº 11 Km 10,5Oro Verde – Entre Ríos (3100)Tel: +54 (343) 49751004975101 / 077 / 078
CAMPUS VIRTUAL FIUNER
UNIVERSIDAD NACIONAL DE ENTRE RÍOS
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Fuente: https://www.ingenieria.uner.edu.ar/listado-noticias/
El suplemento más infravalorado por los corredores no es la proteína, según un entrenador
El especialista sostuvo que los hidratos de carbono superan a la creatina o la cafeína para sostener el esfuerzo, pero subrayó que ninguna ayuda compensa una mala alimentación, poco descanso o estrés alto
Por Ismael Yasnikowski
Los carbohidratos son el recurso más subestimado en el running, por delante de la creatina, la cafeína y otros productos habituales entre deportistas. Así lo sostuvo el entrenador español Carlos Rojo en declaraciones con la revista especializada Runner’s World. El experto repasó cuáles suplementos pueden resultar útiles para corredores dentro de una estrategia nutricional más amplia.
De acuerdo con un artículo publicado, el entrenador remarcó que ningún producto compensa malos hábitos de base. En ese marco, planteó que la alimentación, el descanso, el control del estrés y una planificación ordenada del entrenamiento siguen como pilares centrales del rendimiento y la recuperación.
En paralelo, un estudio publicado en 2026 en Journal of Sports Medicine and Physical Fitness reforzó esa línea al revisar la evidencia disponible sobre el consumo de carbohidratos en deportes de resistencia. El trabajo, titulado Interest of carbohydrate consumption during endurance exercise, analizó 15 revisiones sistemáticas, con 262 ensayos clínicos aleatorizados, y detectó efectos positivos sobre el rendimiento en 102 estudios. Según sus autores, el beneficio aparece con más frecuencia en esfuerzos de 1 a 4 horas, sobre todo con combinaciones de carbohidratos como glucosa y fructosa.
Según explicó el entrenador en Runner’s World, los suplementos solo cobran sentido cuando el resto de las variables está resuelto. Señaló que, si un corredor no come bien, no descansa o no entrena con estructura, esos productos no ofrecen una solución real.
Esa idea ordena todo el ranking presentado por el especialista. El planteo no gira en torno a una fórmula aislada ni a una promesa rápida de mejora, sino al lugar que cada ayuda nutricional puede ocupar dentro de una preparación consistente.
En esa lista, Rojo ubicó en el último escalón al bicarbonato sódico, pese a que reconoció que cuenta con respaldo científico. Su reparo apunta a los problemas gastrointestinales que puede generar, un factor que limita su uso práctico en muchos corredores.
Después situó a la beta-alanina, también respaldada por estudios, aunque con una utilidad que, a su criterio, no resulta imprescindible para la mayoría de los corredores populares. El artículo detalló que, el especialista en deportes de alto rendimiento, la considera interesante, pero lejos de las prioridades principales.
En un nivel superior del listado, Rojo mencionó a los nitratos, a los que atribuyó un efecto de reducción de la frecuencia cardíaca. Su recomendación, queda asociada a competiciones importantes y no al uso cotidiano en cualquier entrenamiento.
También incluyó a la creatina, uno de los suplementos con mayor evidencia científica, según indicó el propio entrenador. En su descripción, sostuvo que contribuye a la recuperación, a la fuerza y al plano cognitivo, aunque considera que en el running existen alternativas con más interés específico.
Más arriba apareció la cafeína, que el entrenador ubicó en el tercer puesto de su clasificación. La razón, según recogió Runner’s World, es que “mitiga la percepción de esfuerzo” y puede aportar mayor foco tanto en competencia como en sesiones exigentes.
A continuación, colocó a los electrolitos. Su argumento fue directo: “sin ellos no hay hidratación y sin hidratación no hay rendimiento”. Esa valoración los ubicó entre los recursos más relevantes para sostener el desempeño en la práctica de la carrera.
En la cima del ranking, el entrenador español eligió a los carbohidratos como el suplemento más infravalorado entre corredores. Su afirmación no se refirió a la proteína como eje principal de la ayuda ergogénica, sino al aporte energético que brindan los hidratos de carbono en momentos de alta exigencia.
El especialista sostuvo que “sin carbohidratos no hay glucógeno muscular y sin glucógeno muscular no hay gasolina”. A partir de esa relación, identificó a los geles energéticos y a las bebidas isotónicas como las vías más claras para incorporar ese combustible durante la actividad.
Precisó que la elección del entrenador se apoya en el papel del glucógeno muscular para sostener el esfuerzo. Bajo esa lógica, los geles energéticos y las bebidas isotónicas no aparecen como accesorios menores, sino como herramientas directamente ligadas al rendimiento.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
La dignidad no envejece: edadismo sanitario
Esta problemática se manifiesta cuando un síntoma se minimiza porque “es propio de la edad”; cuando se conversa con familiares y no con el paciente; cuando se posterga una intervención porque “ya vivió bastante”; o cuando la vejez se interpreta desde el gasto antes que desde los derechos
En una época que idolatra juventud, productividad y autonomía, la vejez se ha convertido en una prueba moral. No porque envejecer sea un problema, sino porque revela qué entendemos por dignidad humana. Una comunidad que sólo valora la vida mientras produce y permanece funcional no cree en la dignidad sino en la utilidad. En salud, cuando esa lógica penetra en hospitales, obras sociales o presupuestos sanitarios, se convierte en discriminación concreta.
Esta discriminación por edad se denomina edadismo, concepto desarrollado por Robert Butler a fines de los `60. En salud puede expresarse en demoras diagnósticas, dolor subestimado, menor acceso a tratamientos, infantilización, silenciamiento del paciente o distribución desigual de recursos.
El edadismo sanitario rara vez declara que una vida vale menos, pero actúa como si así fuera. Aparece cuando un síntoma se minimiza porque “es propio de la edad”; cuando se conversa con familiares y no con el paciente; cuando se posterga una intervención porque “ya vivió bastante”; o cuando la vejez se interpreta desde el gasto antes que desde los derechos.
La bioética nació para limitar el poder médico, científico, tecnológico e institucional e impedir que la persona sea reducida a medio, objeto, costo o expediente. Sus principios expresan una premisa decisiva: la dignidad no depende del rendimiento, la edad ni la eficiencia. Sin embargo, muchas prácticas sanitarias aún privilegian al individuo joven, lúcido, productivo y autosuficiente, cuando la vida humana también es dependencia, deterioro, memoria, vulnerabilidad y cuidado.
Este edadismo no suele ser deliberado ni atribuible a una institución particular. Opera mediante sesgos, rutinas y restricciones que atraviesan los sectores público y privado.
Desde los derechos humanos, la cuestión es exigible. La Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, con jerarquía constitucional, prohíbe la discriminación por edad y reconoce la salud, el consentimiento informado y los cuidados paliativos. Así, la edad modifica necesidades, no dignidad.
El edadismo sanitario vulnera este principio cuando convierte la edad en criterio encubierto de menor urgencia, escucha o inversión. La justicia sanitaria exige priorizar según criterios clínicos, proporcionalidad, pronóstico, beneficio esperado y voluntad del paciente; no según prejuicios sobre cuánto “merece” vivir alguien. Una cosa es reconocer la finitud y evitar tratamientos fútiles o desproporcionados. Otra es encubrir una cultura de abandono.
Existen dos excesos. Por un lado, el abandono edadista: no tratar, explicar, rehabilitar ni acompañar porque el paciente es viejo. Por otro, el encarnizamiento terapéutico: prolongar funciones biológicas sin atender al sufrimiento, la proporcionalidad o la voluntad.
Desde la Ética del Límite, marco que desarrollo para analizar problemas y dilemas contemporáneos, la respuesta no consiste en elegir entre abandono y obstinación, sino en recuperar el límite como principio de responsabilidad. El límite no niega la vida ni el progreso. Impide que el poder médico, técnico, económico o institucional invada aquello que debe custodiar. En la vejez exige contener tanto la soberbia de prolongarlo todo como la indiferencia que abandona lo poco rentable.
Cuidar no es simplemente curar. La medicina, fascinada por la intervención y la eficiencia, puede olvidar que parte de su tarea consiste en acompañar, aliviar, escuchar, explicar y sostener. La cura puede no ser posible, pero el cuidado siempre sigue siendo exigible.
Esto requiere profundizar políticas: formación sanitaria en envejecimiento, derechos humanos, comunicación clínica, advertir y reparar sesgos edadistas. Muchos profesionales no discriminan deliberadamente, pero pueden reproducir criterios culturales y rutinas institucionales que asocian vejez con incapacidad, pasividad o menor expectativa de beneficio. También debe fortalecerse el consentimiento informado. Informar no es entregar un formulario, sino generar comprensión. La autonomía no desaparece con la edad y las limitaciones cognitivas deben evaluarse, no presumirse.
La persona mayor tiene derecho a saber, preguntar, rechazar, aceptar y participar en las decisiones sobre su cuerpo. Hablar por encima de ella o sustituir su voz sin necesidad constituye violencia simbólica y clínica.
También se necesitan indicadores de trato digno como manejo del dolor, escucha, información, decisiones compartidas, continuidad del cuidado, rehabilitación y prevención de la soledad institucional.
La pandemia mostró qué sucede cuando la edad opera como criterio de descarte. En los debates sobre camas y respiradores aparecieron razonamientos asociados con los QALY, años de vida ajustados por calidad, una herramienta útil para evaluar políticas sanitarias, pero riesgosa cuando se traslada mecánicamente al triage clínico y distribución de recursos. Quien posee menor expectativa de vida o enfermedades crónicas puede aparecer como una inversión menos “eficiente”.
El problema no consiste en medir resultados, sino en permitir que una herramienta poblacional transforme los años vividos, la discapacidad o la fragilidad en una desventaja moral. Para evitar arbitrariedades, en 2020 elaboré, junto con otros referentes, el Marco Bioético de las Religiones Monoteístas en ocasión del COVID-19, destinado al triage y la asignación de recursos vitales. La Legislatura porteña declaró su beneplácito y el documento sirvió como referencia sanitaria. Allí sostuvimos que las decisiones límite debían apoyarse en principios éticos consolidados, preservar la igualdad de las vidas y evitar discriminaciones por edad, discapacidad, azar o utilidad social. La eficiencia pierde legitimidad cuando convierte la gestión en jerarquía moral.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/
Un estudio vincula la genética con la elección de alimentos y el riesgo metabólico
Una investigación presentada en NUTRITION 2026 identificó variantes en el ADN vinculadas a la preferencia por sabores dulces y grasos que se asocian con mayor consumo de alimentos ultraprocesados, mayor predisposición a la obesidad y a la diabetes tipo 2
¿Por qué algunas personas parecen resistirse sin esfuerzo a los dulces mientras otras no pueden dejar de comerlos? La respuesta podría estar, al menos en parte, escrita en el ADN. Hallazgos preliminares de un nuevo estudio sugieren que ciertas variantes genéticas vinculadas a la preferencia por sabores dulces y grasos no solo condicionan lo que se come, sino que también elevan el riesgo de obesidad y diabetes tipo 2 precisamente a través de ese comportamiento alimentario.
La investigación, presentada el 27 de julio de 2026 en NUTRITION 2026, la reunión anual insignia de la Sociedad Americana de Nutrición, se apoya en datos del UK Biobank, una base de datos con información genética y dietética de aproximadamente medio millón de personas en el Reino Unido. Es uno de los estudios de asociación del genoma completo (análisis que rastrean el ADN de grandes poblaciones en busca de variantes ligadas a rasgos, conductas o enfermedades específicas) más amplios realizados hasta la fecha en materia de preferencias gustativas.
Julie Gervis, doctora en ciencias e investigadora posdoctoral en el Centro de Medicina Genómica del Massachusetts General Hospital, encabezó el trabajo junto a un equipo de colaboradores de esa misma institución, la Universidad de Colorado en el Campus Médico Anschutz y la Universidad de Wageningen, en los Países Bajos. Vale destacar que se trata de resultados preliminares presentados en un congreso científico y aún no cuentan con revisión por pares.
El punto de partida fue una pregunta que hasta entonces no había recibido respuesta a gran escala: ¿existe una base genética que explique por qué algunas personas consumen más alimentos hiperpalatables, es decir, productos formulados para maximizar la respuesta al sabor y la recompensa mediante combinaciones intensas de azúcar, sal y grasa? Para responderla, el equipo desarrolló un método que combinó cuestionarios de preferencias alimentarias con bases de datos sensoriales que describían las características gustativas de cada alimento, como su dulzura, salinidad o contenido graso.
Con esa información, construyeron perfiles de preferencia de sabor para más de 160.000 participantes del UK Biobank, identificaron variantes genéticas asociadas a cada perfil y generaron una puntuación poligénica, un valor que captura la propensión heredada de una persona a preferir un sabor determinado.
Esa puntuación fue validada en un grupo independiente de alrededor de 330.000 participantes. “Este enfoque mejora considerablemente nuestra capacidad de estudiar las bases genéticas de las preferencias gustativas en grandes grupos de personas y de entender el rol de estas inclinaciones en comportamientos humanos complejos y en enfermedades metabólicas”, afirmó Gervis, según el comunicado de prensa de la Sociedad Americana de Nutrición.
Los resultados mostraron una asociación sólida y estadísticamente significativa: quienes obtenían puntuaciones más altas para la predisposición genética a preferir lo dulce consumían, en promedio, 7 gramos más por día de alimentos dulces —como postres, golosinas y bebidas azucaradas— que quienes registraban puntuaciones más bajas.
En la preferencia genética por lo graso y lo salado, la diferencia respecto del consumo de alimentos como carnes procesadas o aderezos grasos fue de 0,9 gramos diarios adicionales. Aunque las cifras parecen modestas en términos absolutos, el comunicado advierte que su acumulación a lo largo del tiempo puede derivar en consecuencias clínicas concretas.
La parte más novedosa del estudio exploró si esas predisposiciones genéticas al gusto también se traducen en mayor riesgo de enfermedades metabólicas. Los análisis mostraron que una puntuación genética más alta para la apetencia por lo dulce se asoció con un índice de masa corporal —medida que relaciona el peso con la talla para estimar la adiposidad corporal— más elevado y con un riesgo modestamente mayor de desarrollar diabetes tipo 2. La carga genética hacia los sabores grasos también se vinculó de forma independiente con un mayor riesgo de esa enfermedad.
La interpretación causal se refuerza al observar que, al incorporar el consumo de ese tipo de alimentos como variable en los modelos estadísticos, las asociaciones entre genética y enfermedad se atenuaron o desaparecieron por completo. Dicho de otro modo: el vínculo entre los genes del gusto y la enfermedad metabólica parece operar, al menos en parte, a través de lo que se come.
“Nuestros hallazgos sugieren que los genes que subyacen a las preferencias gustativas pueden desempeñar un papel relevante en el riesgo de enfermedad metabólica al influir en los hábitos dietarios”, afirmó Gervis, según el mismo comunicado.
El equipo aisló el efecto específico de la genética gustativa al ajustar todos los modelos por edad, sexo, ascendencia genética e ingesta calórica total, con el fin de reducir el peso de factores que podrían confundir los resultados.
Los investigadores señalan que estos hallazgos abren una vía concreta hacia la medicina de precisión aplicada a la nutrición. Si alguien tiene una fuerte predisposición genética a preferir los sabores dulces, estrategias orientadas específicamente a ese perfil —como el uso de especias o herramientas conductuales dirigidas a esa inclinación sensorial— podrían resultar más efectivas que los planes alimentarios estándar.
“Estos hallazgos sugieren que la susceptibilidad a comer en exceso alimentos de alta palatabilidad, como bebidas azucaradas, frituras y papas fritas, está parcialmente enraizada en nuestros genes”, afirmó Gervis, según el comunicado de prensa de la Sociedad Americana de Nutrición.
“Esto podría ayudar a explicar por qué algunas personas tienen más dificultades que otras para tomar decisiones alimentarias saludables y podría abrir la puerta a enfoques más personalizados para prevenir el riesgo de enfermedades crónicas relacionadas con la dieta”, agregó. El equipo trabaja ahora en la replicación de los resultados en otras poblaciones y en la extensión del análisis a otras dimensiones del gusto —amargo, ácido y umami— para evaluar su influencia sobre la calidad dietaria y otros factores de riesgo metabólico.
Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/