No siempre es falta de sueño: cinco señales de alerta cuando el cansancio persiste y empieza a afectar la vida cotidiana
Dormir más no siempre alcanza cuando el desgaste proviene de la autoexigencia, la preocupación constante y una lista de obligaciones interminable. Especialistas explican a Infobae cómo romper el círculo y recuperar fuerzas
Cuando las horas de sueño son las recomendadas, despertar sin energía puede resultar desconcertante. El problema, según especialistas consultadas por Infobae, es que hay un cansancio emocional y cognitivo que no se resuelve únicamente con el descanso físico: se alimenta de la preocupación constante, la autoexigencia y la sensación de que siempre queda algo por hacer.
Las expertas coinciden en que el agotamiento puede persistir aunque el cuerpo se detenga. La mente continúa anticipando, organizando, resolviendo y evaluando obligaciones, incluso en los momentos destinados a recuperarse.
“Podemos dormir las horas necesarias y, aun así, despertarnos con la sensación de no haber descansado o de no tener energía para afrontar el día”, comenzó a explicar la licenciada en Psicología, Agustina De Nardo, del equipo de Psicoterapia Cognitiva de INECO.
Para ella, ese malestar puede responder a “un agotamiento emocional y cognitivo” asociado con demandas, preocupaciones y situaciones que exigen una adaptación sostenida.
La especialista señaló que anticipar problemas, repasar mentalmente pendientes, tratar de controlar lo que podría salir mal o intentar responder a todo consume recursos atencionales y emocionales. “En estos casos, el cuerpo puede estar quieto, pero la mente continúa activa”, sintetizó.
La consultora psicológica, Valeria Roca, definió este desgaste como multifactorial. “A veces estamos agotados de sostener, de responder a las expectativas, de intentar llegar a todo o de estar pendientes de lo que los demás necesitan de nosotros”, sostuvo. En ese escenario, el descanso físico puede ser necesario, aunque insuficiente: “No estamos cansados solamente de hacer, sino también de la manera en que estamos viviendo”.
Para la médica psiquiatra, Pía Lobo, la conexión entre ambos planos es directa. “Estar todo el día pensando en lo que tenemos que hacer, anticipando problemas, tomando decisiones, sosteniendo preocupaciones o intentando resolver situaciones que quizás ni siquiera dependen de nosotros también consume muchísima energía”, afirmó. “Y lo mental y lo físico no funcionan por separado”.
La sensación de que el tiempo nunca alcanza no depende solo de la cantidad de actividades. También intervienen las reglas internas con las que cada persona mide su rendimiento. De Nardo mencionó ideas como “tengo que aprovechar todo el tiempo”, “debería poder con todo” o “si no hago suficiente, estoy perdiendo el tiempo”.
Estas creencias pueden hacer que una meta cumplida pierda valor de inmediato frente a la siguiente obligación. “La persona puede alcanzar sus objetivos y, aun así, quedarse enfocada en lo que falta o en aquello que podría haber hecho mejor”, señaló la psicóloga.
La comparación constante y la valoración personal ligada al rendimiento pueden transformar una lista de tareas en una medida de suficiencia. De Nardo advirtió que las redes sociales agravan ese mecanismo, ya que muchas personas confrontan su experiencia completa con una selección de logros y momentos positivos de los demás.
Lobo diferenció entre organizar el tiempo y convertir la productividad en una obligación permanente. “Ser productivo no es algo malo. Organizar nuestro tiempo y poder hacer aquello que necesitamos o queremos hacer es una buena herramienta. El problema aparece cuando empezamos a confundir productividad con estar permanentemente haciendo cosas. Como si un día hubiera sido valioso solamente si hicimos mucho”, explicó.
Roca propuso una pregunta para revisar ese circuito: “¿Cuánto de lo que hacemos responde a un deseo propio y cuánto a la necesidad de sentir que somos suficientes?”. Planteó que si el valor personal queda sujeto a los resultados, el descanso puede empezar a sentirse como una culpa y no como una necesidad.
La acumulación de pendientes actuales excede el trabajo, el estudio o las tareas domésticas. “Nuestras listas dejaron de contener solamente obligaciones y empezaron a incluir todo aquello que sentimos que deberíamos estar haciendo”, dijo Lobo.
La psiquiatra enumeró algunas de esas exigencias: trabajar, ejercitarse, comer bien, estar disponible para los hijos y los vínculos, responder mensajes, capacitarse, cuidar la salud, dormir bien, sostener pasatiempos y encontrar tiempo para descansar. “La lista se vuelve potencialmente infinita”, afirmó.
Al completar una tarea, la atención suele desplazarse hacia la próxima. “Podemos terminar viviendo con una sensación bastante particular: estar permanentemente en deuda con algo”, observó Lobo. Por eso sugirió preguntarse: “¿Todo esto que siento que tengo que hacer realmente es importante para mí?”.


