“No es solo entretenimiento”: una investigación en The Lancet revela cómo el arte y la música benefician la salud cerebral
El análisis, impulsado por expertos en neurociencias, demuestra que la participación constante en iniciativas culturales actúa como una barrera de protección frente al estrés, la depresión y el deterioro cognitivo
Si este domingo planea asistir al teatro, a un concierto o a una muestra de pintura, esas actividades pueden contribuir al cuidado de la salud cerebral y al bienestar. Una nueva colección global publicada en la revista médica The Lancet propone incorporar el teatro, la música, la danza y las artes plásticas a las estrategias de salud, con un criterio similar al del ejercicio y la alimentación saludable, para favorecer la prevención, la salud pública y la atención clínica.
El primer trabajo mostró que la participación en actividades como música, danza, artes visuales y teatro puede contribuir a la salud mental, física y social a lo largo de la vida, desde la promoción y prevención hasta el tratamiento y manejo de enfermedades.
El segundo artículo buscó convertir esa evidencia en medidas concretas. Entre sus propuestas figuran garantizar un acceso más equitativo a las artes, incluirlas en las políticas de prevención dirigidas a la población, reforzar la relación entre el sistema de salud y las iniciativas culturales comunitarias, sumar intervenciones artísticas con respaldo científico a la atención clínica e incrementar la inversión y la cooperación entre distintos sectores.
El neurocientífico argentino Agustín Ibáñez, profesor de la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile y director científico del Latin American Brain Health Institute, BrainLat-UAI, fue coautor de los dos trabajos. El investigador sostuvo ante Infobae que las actividades culturales pueden dar sentido y propósito a las personas, dimensiones que el proyecto intenta convertir en resultados medibles y aplicables a la salud.
Los dos trabajos forman parte de la colección Jameel Arts & Health Lab–Lancet Global Collection on Arts and Health. La iniciativa fue impulsada por Nisha Sajnani, de la Universidad de Nueva York y primera autora del primer trabajo, y Daisy Fancourt, del University College de Londres.
“Este es un momento histórico para la medicina. Por primera vez, las artes y la participación cultural se integran dentro de un marco global que abarca promoción de la salud, prevención, tratamiento y cuidado. Estamos pasando de considerar las artes como un complemento opcional a reconocer la participación cultural como parte de la forma en que entendemos, protegemos y promovemos la salud humana”, afirmó Ibáñez.
El experto llamó cultural engagement a estas actividades, que no solo incluyen el arte en su sentido más tradicional e institucionalizado: “Son actividades que involucran simultáneamente muchos procesos cognitivos, emocionales, a veces motores y sociales”.
El primer trabajo, una revisión de alcance aún sin evaluación por pares, reunió 149 revisiones sistemáticas y metaanálisis sobre enfermedades no transmisibles. El análisis vinculó la participación en actividades artísticas, como escuchar música, cantar, practicar escultura o actuar, con mejoras leves o moderadas en la ansiedad, la depresión, la capacidad física y la calidad de vida.
Los resultados incluyeron a personas con cáncer, enfermedades cardiovasculares, trastornos de salud mental y afecciones neurológicas, en comparación con la atención habitual u otros grupos de control.
En los adultos mayores, la danza se asoció con mayor fuerza en las piernas, mejor equilibrio y menos caídas, con resultados similares a los de programas de ejercicio. A su vez, en el ámbito hospitalario, escuchar música antes y durante ciertos procedimientos se relacionó con menos dolor, intervenciones más cortas y un menor uso de ansiolíticos y analgésicos.
En cuanto a sus beneficios para la salud mental, el investigador mencionó que son varios: “Pueden favorecer la regulación emocional y los vínculos sociales, entre muchos otros procesos. Promueven la reserva cognitiva cerebral y, sobre todo, la reducción del estrés acumulado a lo largo del tiempo”.
Estos beneficios se pueden obtener sin ser un artista profesional, afirmó Ibáñez: “Proviene de participar activamente y de manera sostenida. Por supuesto, la práctica profesional puede generar adaptaciones más específicas o intensas, pero somos animales tremendamente gregarios y sociales, sometidos muchas veces a altas demandas de estrés. Entonces, las actividades culturales pueden funcionar como un ‘buffer’ protectivo”, afirmó.
Y completó el investigador: “Tenemos que romper con la idea de que las artes o la participación cultural son simplemente un entretenimiento. Son una parte esencial de un ecosistema donde hay prevención, bienestar y salud a lo largo de toda la vida. Esto se vuelve cada vez más fuerte, especialmente en épocas con tanto estrés, conflicto y disrupción del sentido de comunidad, por el trabajo remoto, las redes sociales y otros factores de nuestra época”, destacó.
Uno de los planteamientos centrales de la colección es reconocer la participación artística y cultural como una conducta que promueve la salud, junto con otros comportamientos relevantes como la actividad física, la alimentación y el sueño. Al mismo tiempo, los autores enfatizaron que no existe un único modelo global: las estrategias deben adaptarse a cada contexto social, cultural y sanitario.
“Para la salud cerebral global, esto es particularmente importante. La salud emerge de la interacción entre factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales. El arte y la cultura forman parte de esas interacciones. El próximo desafío es construir la evidencia, las políticas públicas y los sistemas de salud capaces de incorporarlos de manera rigurosa y equitativa”, agregó Ibáñez.


