Un estudio descubrió un beneficio oculto de las moras para la salud intestinal

Detrás de uno de los frutos más subestimados de la dieta moderna hay un mecanismo que afecta la microbiota y que la ciencia empieza a desentrañar en modelos animales. Cuáles son los factores que nadie considera al consumirlas

Las moras, fruto del árbol conocido como morera, llevan siglos en la dieta humana y en la medicina tradicional de distintas culturas. Ahora, un equipo de investigadores acaba de sistematizar algo que la ciencia venía intuyendo de forma dispersa: los compuestos de este fruto y sus hojas pueden modificar la composición de las bacterias que habitan el intestino, con efectos que se extienden al metabolismo de la glucosa y las grasas.

La principal conclusión, obtenida en modelos animales, es que el beneficio no depende solo de comer moras: la especie del árbol, si se usan las hojas o el fruto y, sobre todo, el modo de procesamiento determinan cuál es el resultado.

La microbiota intestinal, el conjunto de microorganismos que viven en el intestino y que inciden en funciones que van desde la digestión hasta la respuesta inmune, viene siendo estudiada por su relación con la dieta. La morera, género Morus, entró en ese campo por la diversidad de compuestos activos que concentra tanto en sus hojas como en sus frutos.

En ese sentido, la revisión fue publicada en la revista Biomolecules, con la participación de investigadores de la Universidad Médica de Wroclaw (Polonia); analizó estudios previos sobre cómo distintos extractos de hojas y moras afectan la microbiota intestinal.

La morera más estudiada es la Morus alba, conocida como morera blanca (además de Morus nigra o morera negra); también aportó resultados de interés, sobre todo a partir de sus frutos. Esa diferencia de especie importa porque cada una distribuye sus compuestos activos de forma distinta, señalan los autores.

Las hojas contienen, entre otros compuestos, la 1-deoxinojirimicina, un azúcar de estructura modificada que actúa frenando las enzimas digestivas encargadas de descomponer los carbohidratos, con efectos documentados sobre los niveles de glucosa en sangre.

También concentran polifenoles, compuestos de origen vegetal asociados a múltiples interacciones biológicas, y polisacáridos, cadenas largas de azúcares que los microorganismos intestinales pueden fermentar.

Las moras, en cambio, son ricas en antocianinas, los pigmentos que les dan su color oscuro y que tienen actividad biológica propia, además de otros compuestos fenólicos y polisacáridos con una estructura distinta a la de las hojas.

Esa diferencia de composición no es un detalle menor. Según se detalla en el estudio, los extractos de hojas y los de fruto interactúan con distintas poblaciones bacterianas y generan distintos metabolitos.

En modelos con ratones alimentados con una dieta alta en grasas, una fracción que combinaba polifenoles y polisacáridos del fruto de morera blanca produjo cambios más pronunciados en la microbiota que los mismos componentes administrados por separado.

Esos cambios se dieron junto a mejoras en parámetros del síndrome metabólico, un conjunto de alteraciones que incluye el manejo deficiente de la glucosa, los lípidos elevados y otros factores ligados al riesgo cardiovascular.

Uno de los hallazgos más relevantes de la revisión es que el procesamiento no es un paso neutral. Según el tipo de secado, fermentación o extracción que se aplique, el perfil de compuestos activos cambia y, con él, la respuesta de la microbiota. Dos productos obtenidos de la misma planta pueden tener composiciones y efectos distintos.

En estudios con polisacáridos extraídos del fruto de morera negra, distintos métodos de extracción produjeron fracciones con estructuras moleculares diferentes y con variaciones en la forma en que las bacterias intestinales las aprovechaban.

Las fracciones obtenidas mediante extracción con agua y con pectato liasa, una enzima que degrada componentes de la pared celular vegetal, mostraron el mayor potencial prebiótico. Es decir, que sirve de alimento a bacterias intestinales consideradas beneficiosas.

En el caso de los polisacáridos de hojas, el estudio señala que características estructurales como el peso molecular y la composición de monosacáridos (dicho de otro modo, los azúcares simples que forman esas cadenas más largas) influyen tanto en qué bacterias los aprovechan como en qué ácidos grasos de cadena corta producen después.

Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/