¿Por qué sentimos que nunca nos alcanza el tiempo? Qué hay detrás de la ansiedad de vivir siempre apurados
Si bien el día tiene 24 horas para todos, cumplir las obligaciones y aspirar a tener un resto para el ocio o el deporte convierte la vida de muchas personas en una carrera contra el reloj, que genera culpa y frustración. ¿Es posible recuperar el control de la propia vida? Qué aconsejan los especialistas
El reloj marca 24 horas para todos, pero la percepción de que el tiempo nunca alcanza se volvió una experiencia común en la vida actual. Un fenómeno que, según especialistas consultados por Infobae, se vincula más a una lógica de acumulación y a la presión de la productividad que a una verdadera falta de horas en el día. Esta sensación, alimentada por la comparación constante y la sobreestimulación, termina generando ansiedad, frustración y una culpa persistente por no “aprovechar” cada momento.
La licenciada en Psicología, Silvina Zecler (MN. 46424), comenzó a explicar a Infobae que el tiempo, aunque medido objetivamente, se vive de forma subjetiva y personal: “Muchas veces no es que nos falte tiempo, sino que sentimos que todo lo que queremos o debemos hacer no entra en el tiempo disponible”. En su análisis, la cultura de la acumulación es central. “Más trabajo, más actividades, más información, más experiencias, más bienestar; hasta el descanso parece convertirse en algo que debemos ‘hacer bien’”, describió.
La especialista resaltó que el verdadero desafío no reside en administrar cada minuto, sino en revisar cómo habitamos esos momentos y qué lugar ocupan las prioridades. En este punto, las redes sociales ocupan un rol relevante: “La tendencia a idealizar las vidas ajenas y la expectativa de alcanzar estándares impuestos por las mismas es uno de los mayores peligros para la salud emocional de las personas, sobre todo de niños y adolescentes”.
Para el doctor en Psicología y docente, Flavio Calvo (MN 66.869), la sensación de que el tiempo nunca alcanza se origina en una planificación con expectativas poco realistas, como si las horas fueran ilimitadas. “Nuestras expectativas muchas veces no coinciden con el límite que nuestra agenda tiene. A esto se suma un mandato social de ‘ser productivos’ y muchas veces confundimos ser productivos con estar ocupados, que son dos cosas muy diferentes”, puntualizó en diálogo con Infobae.
Por su parte, la licenciada en Psicología y jefa del Departamento de Psicoterapia Cognitiva de INECO, Fernanda Giralt Font (MN 20.025), sostuvo que la organización inadecuada del tiempo y la cantidad de demandas que intentamos concentrar en la jornada son factores clave.
“El uso del tiempo requiere una serie ilimitada de decisiones. Una administración eficaz del mismo va a significar establecer prioridades. La sensación de que el tiempo no alcanza no siempre tiene que ver con una falta objetiva de horas, sino con la cantidad de demandas que intentamos concentrar en ellas”, explicó.
El mandato social de la productividad traspasó el ámbito del trabajo para instalarse en todos los aspectos de la vida cotidiana. Giralt Font señaló: “Culturalmente hemos ido asociando cada vez más el uso del tiempo con el rendimiento”, y que hoy la exigencia se extiende a entrenar, aprender, informarse, mantener una vida social activa, viajar, cuidar los vínculos y aprovechar cada momento libre.
En esa línea, Calvo observó que la sobreinformación y la exposición a los logros ajenos generan una comparación constante y, muchas veces, tramposa: “Comparamos nuestro tiempo real, con cansancio, obligaciones y límites, contra una selección de los momentos más productivos o interesantes de otras personas. Frente a esa comparación, lo que hacemos parece poco”.
El resultado es una lista interminable de pendientes. Según Zecler, el problema aparece cuando el tiempo deja de ser un espacio para vivir y se transforma en una lista permanente de tareas. “Si estamos viendo una serie, deberíamos estar en el gimnasio o si preferimos leer un libro, posponemos la compra de lo necesario para cocinar la receta viral, y así podría enumerar muchos ejemplos cotidianos”, sostuvo.
La aceleración permanente tiene impacto directo en la salud física y mental. Zecler advirtió que vivir apurados genera “un estado de alerta constante. Comemos rápido, contestamos mensajes mientras hacemos otra cosa, escuchamos a nuestros hijos mirando el celular y hasta descansamos pensando en lo que todavía nos falta realizar”. Este estado afecta la verdadera atención a lo importante y a los propios deseos.
Calvo agregó que la imposibilidad de estar psicológicamente presente repercute en la percepción de la propia vida: “El cerebro empieza a vivir cada actividad pensando en la siguiente. Estoy trabajando, pero pienso que debería estar entrenando; estoy entrenando y recuerdo lo que dejé pendiente; estoy cenando con alguien y reviso el teléfono porque siento que debería estar resolviendo otra cosa”.
Giralt Font describió el fenómeno como un distrés, un tipo de estrés que deja de ser útil y comienza a interferir con el funcionamiento cotidiano. “Puede manifestarse como irritabilidad, cansancio, ansiedad, dificultades para concentrarse, problemas para tomar decisiones o alteraciones del sueño. Incluso puede producirse una paradoja: cuanto más sentimos que tenemos que apurarnos, menos eficientemente funcionamos”, sostuvo.
El descanso, lejos de ser visto como un derecho, suele convertirse en motivo de culpa. Zecler indicó que los pacientes comentan que se sienten culpables si no hacen algo productivo: ”Esto ocurre cuando hemos aprendido a medir nuestro valor personal en términos de rendimiento. Si hacer equivale a valer, entonces no hacer puede vivirse como una amenaza”.
Calvo coincidió y remarcó que la culpa generalmente necesita una regla previa: debería estar haciendo algo, podría estar adelantando trabajo, estoy perdiendo el tiempo. En ese sentido, subrayó: “Si una persona aprendió a medir el valor de su día por cuánto produjo, detenerse puede sentirse casi como una falta”.
Para Giralt Font, la oposición entre productividad y descanso es errónea desde el punto de vista cerebral. “El descanso no es tiempo perdido. Las pausas y el sueño son fundamentales para procesos como la atención, la memoria, la regulación emocional y la toma de decisiones. Pretender mantener un rendimiento elevado de manera continua no solo es poco realista, sino que termina siendo contraproducente”, afirmó.


