La generación que nunca desconecta tampoco duerme

El uso del celular y las redes sociales durante la noche se asocia en adolescentes con menor descanso, despertares y postergación del sueño

Por Fernando Mongelós

La dificultad para dormir en la adolescencia ya no responde solo a horarios desordenados o a la presencia de pantallas en el cuarto. El descanso quedó atravesado por una conexión social permanente, con mensajes, videos, notificaciones y conversaciones activas cuando el día ya terminó.

Para muchos adolescentes, el grupo sigue presente desde la cama a través del teléfono. Esa continuidad retrasa el inicio del sueño, suma activación mental y dificulta interrumpir el contacto.

El deterioro del descanso adolescente también responde a un cambio social. La disponibilidad continua frente al grupo de pares modificó los ritmos de desconexión y trasladó parte de la vida social al horario que antes quedaba reservado al sueño. Esa presencia no se reduce a mirar una pantalla: incluye expectativa de respuesta inmediata, participación constante y circulación continua de contenido.

Datos de Estados Unidos muestran ese patrón con claridad. Un estudio de JAMA sobre 657 adolescentes encontró que más de la mitad usó el teléfono entre la medianoche y las 4 de la madrugada al menos una vez durante el período analizado. El trabajo registró además un promedio de 50 minutos de uso del smartphone entre las 22 y las 6 en noches durante la semana escolar .

La relevancia de ese hallazgo no se limita a la duración del uso, sino a la franja horaria. El período entre la medianoche y la madrugada coincide con el tramo en el que el sueño debería sostenerse con mayor continuidad. Según expertos, la exposición a notificaciones, redes y contenido nocturno puede no solo retrasar la hora de dormir, sino también interrumpir el descanso una vez iniciado.

La luz azul forma parte del problema, pero no lo explica por completo. La alteración de la melatonina —hormona que regula el ciclo de sueño y vigilia— representa uno de los mecanismos involucrados. A eso se suma la activación cognitiva y emocional que provocan las plataformas, los juegos, los intercambios sociales y las alertas del teléfono. Esa combinación dificulta conciliar el sueño y retomar el descanso después de un despertar.

Otra evidencia reciente aportó un dato complementario. Un resumen científico publicado en Sleep mostró que, en las noches en que los adolescentes usaban más el smartphone antes de acostarse, también aumentaba la probabilidad de un uso nocturno más prolongado. En esa muestra, el uso tardío promedió 46,74 minutos por noche.

La relación también apareció en el análisis de cada participante. En las noches con 20 minutos extra de uso antes de dormir, el uso nocturno posterior aumentó entre 8 y 9 minutos. Ese patrón indica que revisar el teléfono antes de acostarse no siempre queda acotado a un momento breve y puede extender la activación hasta más entrada la madrugada.

Otro factor relevante es el FOMO, sigla en inglés de fear of missing out o temor a perderse lo que otros hacen o comentan. En la adolescencia, esa percepción adquiere más peso por la importancia de la pertenencia al grupo. El resultado es una vigilancia social extendida, incluso en horarios que requieren desconexión.

Una revisión que reunió estudios de Europa y Norteamérica vinculó el uso intenso o problemático de redes sociales con menor duración del sueño, horarios de acostarse más tardíos y mayor jet lag social, es decir, el desajuste entre el reloj biológico y los horarios impuestos por actividades como la escuela. Un metaanálisis posterior también encontró una asociación entre uso problemático de redes sociales y más problemas de sueño en jóvenes.

La Academia Estadounidense de Medicina del Sueño indica que los adolescentes necesitan entre 8 y 10 horas de sueño por noche de forma regular. Ese rango funciona como referencia clínica para evaluar cuándo el uso nocturno del teléfono empieza a recortar descanso en una etapa clave del desarrollo.

Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/