Una pasión en la infancia, una enfermedad sin nombre y un descubrimiento que lo cambió todo: la historia de Tamara Rubilar
La investigadora del CENPAT-CONICET en Puerto Madryn encontró en los erizos de mar la respuesta que la medicina no tenía para su hijo. Hoy, su trabajo mejora la calidad de vida de personas con patologías graves y sin cura
“Fuimos a Buenos Aires cuando él tenía diez meses y estuvimos tres meses internados. Cuando nos dieron el diagnóstico, nos dijeron que era una enfermedad autoinmune, pero no tenía nombre. Como muchas de ellas que tampoco lo tienen”. Quien habla es Tamara Rubilar, bióloga e investigadora del CENPAT-CONICET en Puerto Madryn. Pero también es la mamá de “el Colito”.
Hoy, ella es una de las científicas argentinas más reconocidas por el impacto de su trabajo con erizos de mar y cómo cambió la calidad de vida de personas con enfermedades graves en todo el mundo. Su nombre aparece en Harvard y en congresos internacionales; pero lo que la trajo hasta ahí no fue un plan. Fue una forma de ser.
Hace apenas 13 años, era otro mundo, otra medicina y también otra ciencia. Cuando recibió el diagnóstico de “el Colito”, podría haber parado ahí. Pero es de las que “no sueltan el hueso”, como ella misma dice. Y esa búsqueda terminó cambiando la realidad de su familia, de su ciudad y de muchas otras personas que, enfrentando patologías muy distintas, encontraron en su trabajo una mejor calidad de vida.
Pero antes de ser bióloga e investigadora, y mucho antes de ser mamá, Tamara fue una nena con una pecera y una fascinación que marcaba sus días. Junto a su hermano mayor, con solo diez u 11 años, pasaban horas mirando ese pequeño mundo. “Me daba mucha más gana de ponerme a hacer eso que ponerme a jugar a otra cosa”, recuerda hoy, con la misma naturalidad con la que lo vivió entonces.
Esa simpleza, que era una suerte de ritual en su vida, años más tarde se convirtió en ciencia. El secundario le dio forma a lo que la pecera había despertado. Un profesor de Física y Ciencias, becario del CONICET, la vio. La metió en los talleres de ciencia, le dio responsabilidades reales. En el techo de la escuela había dos invernaderos y ella era la encargada de tomar los parámetros, de entender cómo no dejar que las variables se escaparan. Tenía 13 años y ya hacía ciencia.
“No me lo cuestioné, me salió como natural”, recuerda. “Yo tengo un disfrute en el aprendizaje”. No lo dice como mérito, sino como parte esencial de su personalidad. Quizá por eso no se sorprendieron en su casa cuando, años después, dijo que quería estudiar biología: “A nadie le pareció raro. Era como para lo que era buena. Siempre fui bastante traga, me gusta mucho aprender”.
La universidad no la encontró esperando. En segundo año ya tenía la ciencia como objetivo y la curiosidad como arma principal. Es por eso que decidió encontrar la manera de ser parte de un laboratorio. La mayoría le decía que era muy joven, que esperara. Pero en este caso fue el laboratorio de Enriqueta Díaz de Vivar.
Esta científica hacía su propio doctorado en química orgánica cuando Tamara se ofreció a ayudarla. No había pasantía formalizada, no había estructura. Dos veces por semana, en un laboratorio chiquito, empezó haciendo lo más básico: lavar tubos de ensayo, pesar sales, ordenar: “Hacía lo que me decía”.
Las responsabilidades fueron creciendo, la química la había llevado lejos, pero algo no cerraba: necesitaba algo más. Fue entonces cuando Enriqueta la conectó con Catalina Pastor, investigadora del CONICET que tenía una visión que resultó ser clave. “Ella me planteó que había líneas de investigación que no existían en el país. Y una de ellas era el estudio de los equinodermos (estrellas y erizos de mar)”, recuerda.
El único problema era el dinero. O mejor dicho, la falta de él. “Yo no tengo plata”, le dijo Catalina. “Así que si vos tenés forma de conseguir los animales…”. Lo tomó como un desafío. Volvió a su casa y le contó a su novio (hoy su marido) Francisco y la solución fue tan simple como inesperada: tomaron un curso de buceo. Aprendieron y fueron ellos mismos a buscar los erizos.
“Yo me acuerdo que un día aparecí en el laboratorio con un balde lleno de estrellas y a Catalina no le quedó otra que dejarme trabajar en su laboratorio», resumió entre risas Rubilar. Así empezó su mundo adentro del CONICET. Sin beca, sin estructura, con un balde y las ganas.
Y eso que parecía casi un accidente resultó ser exactamente lo que necesitaría años después: ese laboratorio chiquito donde empezó hoy está a su cargo.
Volver a Puerto Madryn con un diagnóstico sin nombre despertó una contradicción profunda en ella: “Por un lado, estaba aliviada, porque nosotros pasamos bastante tiempo sin saber qué tenía. Pero después preocupada por el tratamiento”, recuerda.
Su marido Francisco trataba de encontrarle el lado positivo. Ella no podía dormir: “Leía los efectos secundarios, hablaba con la pediatra, preguntaba qué iba a pasar cuando entrara en la adolescencia”.
La vida de toda la familia se reorganizó alrededor de ese diagnóstico. El hermano mayor, cuatro años más grande, no podía llevar amigos a casa y sus cumpleaños eran en el pelotero.


