El envejecimiento cerebral en 34 países reabre el debate sobre prevención y deja un dato que cambia el foco

En el Día Mundial del Cerebro, un estudio internacional reveló que el riesgo de desarrollar enfermedades neurológicas depende de una combinación de factores ambientales, sociales y de estilo de vida. El análisis evaluó miles de casos y decenas de variables del contexto, y concluyó que el efecto conjunto de esos elementos tiene mayor impacto que cada factor considerado por separado

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El envejecimiento cerebral no depende solo de la dieta, el ejercicio o la estimulación mental: un estudio internacional liderado por el Centro de Neurociencias Cognitivas de la Universidad de San Andrés concluyó que la exposición combinada a factores ambientales, sociales y políticos puede acelerar ese deterioro hasta nueve veces, con efectos que en algunos casos igualan o superan a los de enfermedades neurodegenerativas.

La investigación, publicada en Nature Medicine, analizó 18.701 personas de 34 países y evaluó 73 factores agregados del entorno, desde la contaminación del aire y la calidad del agua hasta la desigualdad socioeconómica, el acceso a la atención sanitaria y la estabilidad institucional. Según el trabajo, esa combinación explica hasta 15,5 veces mejor el envejecimiento cerebral que el análisis aislado de cada variable.

Cada 22 de julio se conmemora el Día Mundial del Cerebro, una fecha impulsada por la Federación Mundial de Neurología (WFN) para promover el cuidado de la salud cerebral y concientizar sobre la prevención de las enfermedades neurológicas. La jornada pone el foco en la adopción de hábitos saludables, la detección temprana de factores de riesgo y la reducción del impacto de patologías como el Alzheimer, el Parkinson, los accidentes cerebrovasculares (ACV) y la epilepsia.

El dato desplaza el foco clásico de la prevención. Durante años, las recomendaciones para proteger el cerebro se concentraron en decisiones individuales, pero el nuevo trabajo plantea que el riesgo también se organiza a escala colectiva y que el cerebro responde a la suma de las condiciones en las que vive una persona.

Agustina Legaz, investigadora del Centro de Neurociencias Cognitivas de la Universidad de San Andrés y una de las autoras del estudio, describió ese cambio de enfoque al señalar: “habitualmente, las recomendaciones en la consulta clínica se centran en el estilo de vida individual: hacer más ejercicio, mantener la estimulación cognitiva y cuidar la dieta”. Añadió que, aunque esos lineamientos son importantes, existe “una dimensión más amplia, de carácter social y ambiental, que también influye y debe ser considerada”.

El trabajo no apunta a un único factor de riesgo, sino a la interacción entre múltiples exposiciones físicas y sociales. El estudio sostiene que esos elementos no operan de forma lineal, sino con efectos combinados que potencian el desgaste cerebral.

Esa lectura cambia la escala del problema: respirar aire contaminado, vivir en una sociedad más desigual o atravesar contextos de inestabilidad política deja de ser un telón de fondo y pasa a ser una variable en la salud cerebral. La investigación plantea que las inequidades ambientales pueden moldear el envejecimiento del cerebro.

Legaz vinculó ese hallazgo con políticas públicas. En vísperas del Día Mundial del Cerebro, que se celebra el 22 de julio, afirmó: “es necesario poner mayor foco en políticas públicas orientadas a mejorar la calidad del ambiente y a fortalecer las instituciones democráticas, para promover la salud cerebral de la población más allá de las estrategias de prevención individuales”.

En un segundo trabajo reciente, investigadores del mismo centro plantearon otro corrimiento conceptual: sustituir la metáfora de la mente como una computadora por una comparación con la música. El estudio fue publicado en Neuroscience & Biobehavioral Reviews y sostiene que una composición musical permite entender mejor cómo el cerebro integra información, anticipa, aprende y se adapta al contexto.

Agustín Ibáñez, investigador del CNC, explicó: “las viejas metáforas funcionan bien cuando los dominios son similares, como la memoria de corto y largo plazo en la mente y en una computadora, pero resultan menos eficientes ante aspectos como el cuerpo, la cultura, la intersubjetividad o la dinámica espaciotemporal”.

El planteo apunta a revisar una de las imágenes más extendidas en neurociencia. Para Ibáñez: “tradicionalmente, entendemos la cognición como fotos abstractas, mientras que la música nos permite verla en movimiento, en el espacio-tiempo”.

Según el equipo, ese cambio no quedaría limitado al plano teórico. La propuesta permite investigar el cerebro y diseñar estrategias de diagnóstico, rehabilitación y neurotecnologías.

Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/