El papel del ejercicio en el Parkinson: por qué los especialistas lo consideran cada vez más importante
El análisis, basado en evidencia en parte preclínica, explora cómo moléculas liberadas por el músculo durante la actividad física podrían modular la inflamación y la supervivencia neuronal; advierten que se requieren ensayos grandes en personas
Por Ismael Yasnikowski
El ejercicio gana espacio como herramienta terapéutica frente al Parkinson, a partir de una revisión científica que pone el foco en un posible vínculo biológico entre el músculo y el cerebro. El análisis, publicado en la revista Neuroprotection, sostiene que la actividad física no solo mejora la fuerza, el equilibrio y la movilidad, sino que también podría activar mecanismos con capacidad de proteger funciones neurológicas.
Según informó el medio de noticias Euronews, la investigación se concentra en las llamadas exerkines, moléculas que el músculo libera durante el ejercicio. Esas señales pasan al torrente sanguíneo y, de acuerdo con los autores, podrían reducir la inflamación, favorecer el funcionamiento cerebral y proteger células nerviosas en personas con enfermedad de Parkinson.
La revisión aparece en un contexto de creciente interés médico por las intervenciones no farmacológicas. La enfermedad afecta a más de 10 millones de personas en el mundo, de acuerdo con los datos citados por el medio, y su prevalencia podría aumentar con el envejecimiento de la población. Al mismo tiempo, los tratamientos disponibles se orientan sobre todo a aliviar síntomas y no a frenar el proceso de base.
Esa combinación explica por qué el ejercicio dejó de verse solo como un complemento. El nuevo trabajo sugiere que la actividad física podría ocupar un lugar más definido dentro de la atención neurológica, no solo por sus efectos visibles sobre la movilidad, sino también por su eventual influencia en mecanismos internos de protección cerebral.
De acuerdo con el reporte de Euronews, la revisión propone una mirada más amplia sobre el papel del músculo esquelético. El trabajo sostiene que, cuando el cuerpo se ejercita, los músculos no solo responden a órdenes del cerebro, sino que también envían señales de regreso mediante compuestos químicos que hoy concentran buena parte de la investigación.
El autor del estudio, el investigador colombiano Salomón Páez-García, explicó ese mecanismo en términos directos. “Hemos comprobado que las exerkines actúan como mediadores del diálogo entre el músculo y el cerebro”, afirmó. Luego señaló que, aunque el cerebro controla los músculos, estos en actividad, también envían señales beneficiosas de vuelta.
Ese intercambio interesa de forma especial en el caso del Parkinson, una enfermedad neurodegenerativa que altera el movimiento y compromete otras funciones. La revisión indica que las exerkines podrían intervenir en procesos ligados a la inflamación, la supervivencia celular y el desempeño cerebral, tres áreas centrales para entender la evolución del cuadro.
La novedad del planteo no radica solo en observar que el ejercicio hace bien, algo que la práctica clínica ya registra desde hace años. El valor del trabajo pasa por ofrecer una hipótesis biológica más precisa sobre cómo ese beneficio podría producirse, con una conexión directa entre la actividad muscular y la respuesta neurológica.
La publicación también refuerza una discusión que ya circula entre especialistas y organizaciones de pacientes. Según detalló Euronews, distintas asociaciones reclaman que el ejercicio sea considerado un componente central del tratamiento del Parkinson y no una recomendación secundaria que dependa de la voluntad individual o de la disponibilidad de recursos.
Ese debate atraviesa los sistemas de salud. Diversos neurólogos aconsejan rutinas físicas adaptadas, pero el acceso a programas de rehabilitación suele quedar limitado por falta de personal, tiempo clínico o financiamiento. Esa barrera impide que la actividad física se incorpore de forma regular y sostenida dentro de la atención cotidiana.
La revisión aporta elementos para fortalecer ese reclamo. Si futuras investigaciones confirman que las moléculas liberadas por el músculo tienen un papel medible en la neuroprotección, el ejercicio podría dejar de ser visto como apoyo general al bienestar y pasar a integrarse como parte más estructurada de los protocolos terapéuticos.
También podría influir en la forma en que se diseñan coberturas y circuitos de seguimiento. El acceso a kinesiólogos, fisioterapeutas, entrenamientos supervisados y planes personalizados podría adquirir otro valor dentro del tratamiento si la evidencia clínica logra demostrar efectos concretos sobre la progresión de la enfermedad.
Los investigadores advierten que el alcance de los hallazgos todavía es limitado. La revisión señala que buena parte de la evidencia disponible sobre las exerkines procede de estudios preclínicos, entre ellos ensayos de laboratorio y trabajos en animales. Ese punto obliga a evitar conclusiones anticipadas sobre su aplicación directa en pacientes.
Por ahora, el estudio no permite afirmar que actuar sobre esas vías modifique la evolución del Parkinson en personas. Para responder esa pregunta, los autores consideran necesarios grandes ensayos clínicos que permitan medir eficacia, tiempos de respuesta, perfiles de pacientes y efectos sostenidos en el tiempo.


