Las huellas persistentes de la pandemia en la salud mental y los vínculos sociales

En diálogo con Infobae, el neurólogo y decano de la carrera de medicina de la UBA, Luis Ignacio Brusco, habla de la “peripandemia” y explica cada una de las marcas que dejó el confinamiento. Advierte sobre los desafíos actuales y la necesidad de repensar la vida cotidiana

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Para algunos, la pandemia puede parecer un episodio lejano o un hecho relegado a los archivos del pasado. Sin embargo, se transformó en una condición persistente: la peripandemia, una etapa caracterizada por cambios estructurales que aún afectan conductas, relaciones y ansiedades colectivas.

Ese término utiliza el médico neurólogo y psiquiatra Luis Ignacio Brusco, decano de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA), para explicar que los impactos en la salud mental y la organización social que ocasionó el COVID no son secuelas colaterales, sino el núcleo de la experiencia compartida.

En diálogo con Infobae, el también filósofo y referente en el estudio del Alzheimer advierte que el verdadero desafío no radica solo en lo que ocurrió durante la pandemia, sino en todo aquello que todavía no comprendemos del cambio de época que desató. Ansiedad persistente, estrés profundo y la cronicidad del miedo son apenas algunas de las emociones que quedaron fijadas en el ser humano.

Estos y otros conceptos son desarrollados por Brusco en su libro “El mundo después del mundo: peripandemia”, recientemente publicado por Ediciones Arce. La obra invita a reflexionar sobre los cambios que dejó la pandemia y los desafíos que enfrenta la sociedad en el escenario posterior: el hoy. El autor propone mirar el impacto de este período con una perspectiva crítica y comprometida con la salud, la ciencia y la comunidad.

Lejos de ser un episodio superado, la pandemia dejó señales profundas y persistentes que, según Brusco, explican por qué la humanidad no volvió a ser la misma.

¿De verdad dejamos atrás la pandemia? La pregunta no busca respuestas fáciles, porque lo que parece olvidado en la superficie sigue latiendo bajo la piel de la vida diaria. Mucho de lo vivido en aquellos años de encierro, miedo y adaptación permanece incrustado en nuestros cuerpos, emociones y costumbres.

La peripandemia no equivale a una pospandemia ni representa un capítulo cerrado. Es un periodo en el que la emergencia sanitaria dejó de ser inminente, aunque sus consecuencias persisten. No alude únicamente a lo ocurrido, sino también a los efectos que permanecen en la experiencia colectiva. Las rutinas se modificaron, los modos de relacionarnos cambiaron y las respuestas emocionales no disminuyeron, sino que se intensificaron. Aumentaron los niveles de ansiedad, los episodios depresivos, las crisis familiares y los episodios de violencia social. También se observa un descenso en la empatía y una tendencia hacia sociedades más fragmentadas y conflictivas.

Según Brusco, la sociedad suele identificar la pandemia como un punto de quiebre en la historia reciente. “Instalamos a la pandemia como un antes y un después, de la misma manera que se habla de un antes y después de Cristo. Es un fenómeno tan relevante que lleva a catalogarlo en esos términos. Lo instalamos porque resulta cómodo para la sociedad, para la medicina y para recordar cómo éramos antes y después”, explicó el especialista a Infobae. No responde a nostalgia ni a memoria selectiva, sino al reconocimiento de que ciertos aspectos fundamentales permanecen, aunque adopten nuevas formas.

El médico neurólogo señala que el estrés y la ansiedad dejaron de ser episodios aislados y se volvieron condiciones crónicas, lo que afecta tanto el bienestar individual como la calidad de las decisiones colectivas.

“El agotamiento mental, la ansiedad persistente y la vulnerabilidad psíquica aparecen reflejados en el aumento global de trastornos como insomnio, depresión, fobias, suicidio o violencia social”, describe.

Agrega que la pandemia modificó mecanismos básicos de reacción y conducta: “Los instintos básicos cambiaron. Creció el temor en el ámbito social y se incrementó la agresividad, con fenómenos de tipo pasivo-agresivo. Las sociedades toleran más, pero también enfrentan mayores riesgos de respuestas extremas. Hay más ansiedad y menos tolerancia”, subraya.

En relación a las funciones biológicas, el especialista indica que el sueño no constituye un instinto, sino una función de ritmo biológico más primitiva, aunque quedó alterada en muchos casos. “Algunas personas mantienen una especie de jet lag, acostumbradas a estar activas durante la noche y dormir durante el día, una situación frecuente durante la pandemia”, ejemplifica.

Uno de los ejes principales del análisis de Brusco se centra en el aislamiento social y sus consecuencias. “Envejecer en soledad no es un problema individual, sino un indicador de fragilidad colectiva”, afirma. Advierte que el debate público debe ir más allá de la prolongación de la vida e incluir el desafío de garantizar calidad, vínculos y sentido.

La Comisión de The Lancet sobre demencia ya reconoce el aislamiento social como un factor de riesgo modificable para la enfermedad de Alzheimer e indica que la soledad sostenida puede duplicar el riesgo de deterioro cognitivo.

Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/