Colesterol “bueno” y “malo”: diferencias, riesgos reales y marcadores que preocupan a los cardiólogos

Especialistas en medicina preventiva explican que HDL y LDL son simples transportadores, y que el peligro cardiovascular real surge solo cuando se combinan factores que la mayoría desconoce

Por Fernando Mongelós

Agrega Infobae a tus medios preferidos en Google

El colesterol cumple funciones clave en el organismo: participa en la producción de hormonas, vitamina D, la formación de membranas celulares y la elaboración de sales biliares para la digestión de grasas. Según Sebastián La Rosa, especialista en medicina preventiva, longevidad y bienestar integral, el cuerpo fabrica de manera natural hasta tres gramos diarios de colesterol, principalmente en el hígado. Esta sustancia es vital y no debe entenderse como un simple enemigo de la salud.

A pesar de la tradicional clasificación de colesterol “bueno” (HDL) y “malo” (LDL), los expertos coinciden en que estas etiquetas resultan limitadas. Ambos tipos son únicamente transportadores: llevan el colesterol y los triglicéridos por la sangre, pero no son ni positivos ni negativos en sí mismos. El riesgo surge cuando existen tres condiciones simultáneas: acumulación excesiva de colesterol, oxidación de las grasas y daño o inflamación en las paredes arteriales. Solo con esta combinación el colesterol puede depositarse en las arterias y convertirse en un peligro real.

Las nuevas directrices internacionales, como las publicadas en 2026 por el American College of Cardiology y la American Heart Association y analizadas por la doctora Sara Redondo, subrayan que el colesterol total por sí solo no predice el riesgo cardiovascular con precisión.

En cambio, se recomienda evaluar partículas específicas como el LDL-C, el ApoB y la lipoproteína(a), ya que la concentración y el tipo de partículas son más relevantes que la cifra total. Además, los estudios más recientes han demostrado que el colesterol dietario (el que se consume en alimentos) tiene un impacto menor en los niveles sanguíneos para la mayoría de las personas, ya que el hígado compensa la ingesta ajustando su producción interna.

El enfoque actual prioriza entender cuántas partículas aterogénicas circulan y en qué contexto metabólico lo hacen. Por eso, además del LDL-C, se incorpora el valor de marcadores como el ApoB y la lipoproteína(a), que ofrecen información complementaria sobre el riesgo de que se formen depósitos en las arterias.

En esa lógica, una cifra aislada de colesterol total puede resultar insuficiente si no se interpreta junto con el resto del perfil lipídico y con variables clínicas como inflamación, antecedentes familiares y estado metabólico. La doctora Sara Redondo plantea que la evaluación gana precisión cuando se analiza el tipo de partículas circulantes y se entiende el colesterol como parte de un sistema regulado por el hígado, la dieta y el estilo de vida, más que como un número “bueno” o “malo” en sí mismo.

La alimentación y los hábitos diarios tienen un papel central en el control del perfil lipídico. La evidencia presentada y respaldada por las nuevas recomendaciones científicas señala que los hidratos de carbono refinados y el exceso de azúcares favorecen la inflamación y la formación de partículas LDL pequeñas y densas, las más peligrosas. También las grasas trans y los aceites vegetales refinados elevan el riesgo al oxidarse fácilmente y alterar el equilibrio de lípidos en sangre.

Por el contrario, las grasas monoinsaturadas y poliinsaturadas, presentes en el aceite de oliva, frutos secos y semillas, contribuyen a aumentar el HDL y reducir el LDL, destacaron las guías citadas. Las grasas saturadas, presentes en productos animales y algunos aceites como el de coco, elevan ambos tipos de colesterol, pero no necesariamente aumentan las formas más nocivas del LDL. El déficit de antioxidantes, como la vitamina E, deja al organismo expuesto a la oxidación de las grasas, lo que puede potenciar el riesgo cardiovascular.

Para mejorar el perfil de colesterol, la doctora Sara Redondo recomienda priorizar una dieta baja en índice glucémico, evitar productos ultraprocesados y aumentar la fibra prebiótica y probiótica. El ejercicio regular, especialmente el entrenamiento de fuerza y los intervalos de alta intensidad, ayuda a elevar el HDL y reducir el LDL problemático.

Los suplementos de omega-3 y el soporte hepático, con nutrientes como la colina o el cardo mariano, pueden facilitar la eliminación del colesterol excedente. Además, según la información de la American Heart Association, el control debe empezar desde edades tempranas y mantenerse con chequeos periódicos individualizados según el riesgo.

Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/