Dormir poco y sin rutina fija multiplica el riesgo de sufrir hasta 37 afecciones crónicas

Una investigación de casi nueve años con datos del UK Biobank concluye que la duración, la regularidad y la calidad del sueño inciden en el riesgo de padecer desde demencia hasta Párkinson o diabetes

Por Ismael Yasnikowski

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 1 de cada 3 adultos en el mundo no duerme lo suficiente. Ese déficit global tiene ahora un respaldo científico más concreto: dormir menos de cinco horas por noche se asocia con un mayor riesgo de padecer 37 enfermedades, según un estudio que siguió a casi 100.000 adultos durante casi nueve años y que también identificó en la calidad y regularidad del descanso factores tan relevantes como la cantidad de horas dormidas.

La investigación, publicada en la revista científica PLOS Medicine, analizó datos de 95.559 participantes del UK Biobank (UKB), una base de datos sanitaria del Reino Unido que reúne información biomédica de más de 500.000 voluntarios. Durante siete días y noches consecutivos, los voluntarios usaron dispositivos en la muñeca que registraban sus movimientos.

Un programa basado en inteligencia artificial procesó esa información para estimar la duración del sueño, sus distintas fases, los despertares nocturnos y la variabilidad del patrón de descanso entre una noche y otra.

El equipo investigador cruzó esos datos con los historiales clínicos de los participantes durante un período medio de 8,9 años y buscó asociaciones con más de 1.000 enfermedades y afecciones. En 69 de las 86 condiciones donde se detectó una relación clara con la duración del sueño, el riesgo más bajo correspondió a quienes descansaban entre seis y ocho horas por noche.

El panorama se invirtió para quienes dormían menos de cinco horas: en ese grupo, el patrón se asoció con un riesgo elevado de 37 enfermedades. En total, el estudio identificó 156 vínculos significativos entre las características del sueño y diagnósticos posteriores, tras aplicar procedimientos estadísticos para reducir la probabilidad de resultados atribuibles al azar.

Uno de los hallazgos centrales del trabajo involucra la fase de movimientos oculares rápidos —conocida como REM, por sus siglas en inglés—, el período en que ocurren los sueños más vívidos y en que el cerebro cumple funciones ligadas a la memoria, el aprendizaje y la regulación emocional. Pasar más tiempo en esa etapa se asoció con un menor riesgo de 83 enfermedades.

Cada incremento de aproximadamente 48 minutos en la fase REM se vinculó con una caída relativa del riesgo de insuficiencia cardíaca del 26%, de demencia del 46% y de enfermedad de Párkinson del 80% a lo largo del período de seguimiento. Dormir más tiempo en la fase de sueño profundo también mostró beneficios: se asoció con un menor riesgo de siete afecciones, entre ellas la diabetes de tipo 2 y la depresión grave.

La duración del sueño no es el único factor que incide en la salud. Los despertares frecuentes tras conciliar el sueño y las variaciones del patrón nocturno de una noche a otra se relacionaron con un mayor riesgo de ansiedad y de trastornos vinculados al consumo de alcohol o drogas, entre otras afecciones.

Los autores advirtieron que los resultados no establecen una relación de causa y efecto directa, ya que el estudio es de tipo observacional: los participantes fueron seguidos sin intervenir en sus hábitos de descanso. Factores biológicos, conductuales o de salud preexistente podrían contribuir a explicar las asociaciones detectadas.

El trabajo también reconoció una limitación técnica: las fases del sueño se estimaron a partir de los datos de movimiento recogidos por los dispositivos, y no mediante el análisis directo de la actividad cerebral en un laboratorio especializado. Aun así, los investigadores subrayaron que el uso de acelerómetros en la muñeca, en lugar de depender únicamente de las estimaciones de los propios participantes, aportó mayor objetividad a la medición.

Los especialistas en medicina del sueño señalan una serie de hábitos que favorecen un descanso regular y de calidad. Entre los más extendidos figuran respetar un horario fijo para acostarse y levantarse, evitar el uso de pantallas durante la hora previa al sueño y no consumir bebidas estimulantes —como café o té— en las horas de la tarde.

También se recomienda no realizar ejercicio físico intenso cerca de la hora de dormir, cenar al menos tres horas antes de acostarse y mantener el dormitorio con temperatura fresca y poca luz. Los expertos desaconsejan recurrir al alcohol como inductor del sueño, ya que interfiere en las fases más profundas del descanso y reduce el tiempo en fase REM.

Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/