Cómo impacta el tiempo en el espacio en la cadera de los astronautas y por qué preocupa ante el futuro de la exploración espacial
La pérdida ósea en el espacio es conocida desde hace décadas, pero se ignoraban sus consecuencias clínicas reales hasta ahora. Un nuevo estudio reveló que misiones de apenas tres meses en órbita dejan una huella en el esqueleto que puede tardar años en manifestarse, según un trabajo de la NASA
Cada vez que un astronauta regresa a la Tierra después de una misión prolongada, su cuerpo trae algo más que la experiencia del espacio: trae también huesos que han perdido densidad y resistencia. La ingravidez obliga al esqueleto a adaptarse a un entorno sin carga, lo que deriva en una pérdida de masa ósea que los especialistas conocen desde hace décadas. Sin embargo, las consecuencias reales de ese deterioro sobre la salud a largo plazo eran, hasta ahora, difíciles de cuantificar.
La pregunta que nadie había podido responder con claridad era si esa pérdida ósea llegaba a traducirse en fracturas concretas, en lesiones reales, una vez que los astronautas retomaban su vida cotidiana en la Tierra. La lógica indicaba que sí, pero faltaban datos clínicos que lo confirmaran. Ahora, una nueva investigación aporta evidencia directa: los astronautas con más de 90 días en el espacio presentaron tasas más elevadas de fracturas de cadera tras su regreso que quienes habían cumplido misiones más cortas o que nunca habían viajado al espacio.
Así lo concluye un estudio publicado en la revista Mayo Clinic Proceedings. El trabajo, liderado por investigadores del Centro Espacial Johnson de la NASA, pone en primer plano un riesgo que hasta ahora había permanecido en los márgenes de los programas de salud espacial, justo cuando la agencia planea misiones de mayor duración hacia la Luna y, más adelante, hacia Marte.
Para llevar a cabo el análisis, los investigadores relevaron un grupo de astronautas estadounidenses y registraron todas las fracturas notificadas durante sus exámenes clínicos anuales. Dado que las cohortes de astronautas son pequeñas y los vuelos espaciales son infrecuentes, el equipo recurrió al modelado probabilístico bayesiano, una técnica estadística que asigna probabilidades a distintos escenarios a partir de los datos disponibles y permite extraer conclusiones confiables incluso con muestras reducidas.
El resultado más llamativo no fue un aumento general en la tasa de fracturas de todo tipo, sino uno específico y clínicamente significativo: las fracturas de cadera. Los astronautas que habían cumplido misiones de más de 90 días mostraron una incidencia mayor de este tipo de lesión en comparación con quienes habían realizado vuelos más breves y con personas que nunca habían estado en el espacio. Lo que añade gravedad al hallazgo es que estas fracturas ocurrían a una edad más temprana de la que se esperaría en la población general terrestre.
Jean D. Sibonga, investigadora principal del estudio en el Centro Espacial Johnson de la NASA, señaló que las personas no perciben la pérdida ósea y que, tras regresar del espacio y sentirse estables o recuperadas, pueden retomar actividades físicamente exigentes sin ser conscientes de los cambios esqueléticos que dejó la ingravidez prolongada. Esa brecha entre la percepción subjetiva de recuperación y el estado real del esqueleto es, precisamente, lo que vuelve peligrosa la situación, según el comunicado de prensa de Elsevier.
En el entorno de microgravedad del espacio, el esqueleto deja de sostener el peso del cuerpo. Ante esa ausencia de carga, el organismo reduce la formación de tejido óseo nuevo y acelera su reabsorción, el proceso por el cual el cuerpo disuelve y recicla el tejido óseo viejo. La consecuencia es una pérdida de masa, densidad y resistencia en los huesos, un fenómeno comparable al que ocurre en personas encamadas por períodos prolongados o en pacientes con osteoporosis grave.
Lo que el nuevo estudio agrega es la dimensión clínica de ese proceso: no se trata solo de cifras en una densitometría, sino de fracturas que suceden en la vida real. “La ocurrencia de fracturas de cadera a una edad más temprana de lo esperado tras vuelos espaciales de larga duración es evidencia clínica de que la pérdida ósea inducida por el espacio puede tener consecuencias reales a largo plazo, que deben abordarse en consecuencia”, afirmó Moshe Gertzulin, médico del Servicio de Endocrinología y Enfermedades Metabólicas del Hueso del Hospital for Special Surgery de Nueva York y coautor del editorial que acompaña al estudio, según el comunicado de prensa de Elsevier.
Matthew T. Drake, médico del mismo servicio y también coautor del editorial, advirtió que “si bien los datos disponibles sobre la pérdida ósea asociada a los vuelos espaciales son consistentes, una limitación importante es la precisión, ya que las muestras de astronautas son pequeñas y los vuelos espaciales son poco frecuentes”, de acuerdo con el comunicado de prensa.
Frente a estos hallazgos, Sibonga subrayó la necesidad de ampliar el programa actual de monitoreo óseo de la NASA. Hasta ahora, el seguimiento se centra en mediciones de densidad mineral ósea mediante absorciometría de rayos X de energía dual, una técnica estándar que indica cuánto mineral contiene el hueso, pero que no permite ver su estructura interna ni determinar si el paciente ha recuperado plenamente su resistencia previa al vuelo.
De acuerdo con el comunicado de prensa, la agencia ha comenzado a incorporar tomografías computadas cuantitativas antes y después de cada misión, estudios que ofrecen una imagen más detallada de distintas regiones del hueso y ayudan a establecer si los astronautas han vuelto a su condición de partida.
Sin esa información más precisa, los astronautas corren el riesgo de someter sus huesos a cargas para las que aún no están preparados. Para reducir ese riesgo, los autores del estudio abogan por medidas preventivas que preserven la salud esquelética de base antes de cada misión.
Una caracterización más completa de los cambios que el vuelo espacial provoca en la masa, la densidad, la estructura y la microarquitectura del hueso, es decir, en la forma en que el tejido óseo está organizado a nivel microscópico, permitirá determinar qué intervenciones son más eficaces a largo plazo, ya sean fármacos, ejercicio físico o ajustes en la dieta.
La relevancia de estos resultados excede el ámbito de la exploración espacial. Sibonga señaló que una mejor comprensión de la salud ósea después de los vuelos espaciales podría beneficiar también a pacientes en general y a los médicos que los tratan, al contribuir a evaluar riesgos, definir cuidados apropiados y reducir la probabilidad de lesiones.
La NASA tiene previstas múltiples misiones de más de seis meses, entre ellas la primera misión humana al polo sur lunar en el marco del programa Artemis IV, programada para 2028. Con ese horizonte, entender y mitigar el impacto del espacio sobre el esqueleto se vuelve una prioridad que ya no puede postergarse.


