Por qué el cuerpo aumenta el hambre cuando una persona intenta perder peso, según un investigador de Harvard
En el podcast High Performance, un profesor de biología evolutiva analizó el impacto de las dietas restrictivas, los alimentos ultraprocesados y hábitos cotidianos sobre la nutrición
La abundancia de alimentos disponible en la actualidad representa un desafío evolutivo para el ser humano: nunca antes tuvo que elegir qué comer entre miles de opciones en un supermercado.
Esta es una de las ideas centrales que desarrolló Daniel Lieberman, profesor de Biología Evolutiva Humana en la Universidad de Harvard, en su nuevo libro Fed Up, donde analizó por qué las dietas extremas y los alimentos ultraprocesados complican los intentos de comer de manera saludable.
Durante una entrevista en el podcast High Performance, conducido por Jake Humphrey y Damian Hughes, Lieberman explicó que el organismo humano cuenta con mecanismos biológicos que se oponen a la pérdida de peso.
Según detalló, cuando una persona reduce su ingesta calórica, el cuerpo responde con hambre a través de hormonas como la leptina y la grelina, procesos que evolucionaron durante millones de años en contextos de escasez alimentaria, no de abundancia.
“Cuando haces dieta, que es básicamente comer menos calorías de las que gastas, ¿qué pasa? Nos da hambre”, explicó Lieberman en el podcast.
El especialista detalló que el hambre constituye una de las adaptaciones biológicas más profundas para impedir la pérdida de peso, un mecanismo que involucra al hipotálamo, la leptina producida por las células grasas y la grelina que segrega el estómago vacío.
El investigador distinguió entre eficacia y efectividad al evaluar cualquier régimen alimentario. “La eficacia es qué tan bien funciona algo bajo condiciones ideales”, señaló Lieberman, quien agregó que casi cualquier dieta puede generar pérdida de peso si se aplica de forma aislada.
El problema surge cuando esas condiciones ideales se trasladan a la vida cotidiana, donde intervienen fiestas, estrés, falta de tiempo para cocinar y la disponibilidad constante de comida rápida.
Lieberman fue explícito respecto a la responsabilidad de las compañías de alimentos en los hábitos de consumo actuales. “Las empresas de alimentos están fabricando productos que apelan a nosotros. Son convenientes, baratos, sabrosos, cumplen con todos los requisitos”, afirmó.
Explicó que la combinación de grasa, azúcar y sal en un mismo producto genera lo que denominó el “punto de dicha”, un umbral que activa intensamente los circuitos de recompensa del cerebro.
Según indicó, en la naturaleza casi no existen alimentos que combinen grasa y azúcar en cantidades elevadas: la leche materna es la única excepción. Cuando se consumen productos como donas o tortas, el organismo reproduce respuestas asociadas a la infancia.
Además, señaló que las industrias eliminan la fibra de muchos productos porque dificulta el almacenamiento y añaden emulsionantes para evitar que las grasas se separen.
“Estos emulsionantes desgastan el revestimiento de nuestro intestino”, advirtió el investigador, quien calificó a los consumidores como “víctimas” de un sistema diseñado deliberadamente para generar dependencia hacia estos productos.
Uno de los datos más contundentes que aportó Lieberman durante la conversación alude al consumo de carne roja. Según explicó, estudios prospectivos como el Nurses’ Health Study de Harvard muestran que cada porción de 84 g de carne roja incrementa el riesgo de muerte en un 13% durante el período analizado.
El profesor atribuyó parte de este efecto a una glicoproteína presente en la carne roja que el sistema inmunológico humano no reconoce como propia, lo que generaría una respuesta inflamatoria vinculada a mayores tasas de cáncer.


