Cirrosis temprana por hígado graso: qué factores pueden acelerarla y cómo revertirlo
La investigación publicada en Clinical Gastroenterology and Hepatology analizó a unos 2.400 adultos con MASLD y comparó perfiles según la edad de aparición, tras confirmar el diagnóstico con biopsias hepáticas
Por Constanza Almirón
La cirrosis suele aparecer en edades más avanzadas. Sin embargo, investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de California en San Diego, en Estados Unidos, hallaron que 1 de cada 4 casos asociados al hígado graso se desarrolló antes de los 50 años. El estudio relaciona el desarrollo temprano de la enfermedad con una combinación de predisposición genética y problemas de salud como la diabetes tipo 2.
El trabajo, publicado en la revista Clinical Gastroenterology and Hepatology, reunió datos de cerca de 2.400 adultos con enfermedad hepática esteatósica asociada a la disfunción metabólica (MASLD, por sus siglas en inglés). Todos tenían el diagnóstico confirmado mediante una biopsia, un estudio que permite examinar al microscopio una pequeña muestra de tejido.
La MASLD se caracteriza por la acumulación de grasa en el hígado y está vinculada con alteraciones del metabolismo. Durante mucho tiempo puede no causar señales visibles, aunque en algunas personas el daño avanza hasta dejar cicatrices en el órgano.
Los investigadores recurrieron a información de pacientes de la Red de Investigación Clínica sobre Esteatohepatitis No Alcohólica, una red nacional estadounidense de investigación. Con esos datos, definieron como casos de inicio temprano a quienes desarrollaron cirrosis antes de los 50 años y compararon sus características con las de quienes la desarrollaron después de esa edad.
La cirrosis es la fase más avanzada del daño hepático. Ocurre cuando las cicatrices reemplazan de forma gradual el tejido sano y alteran el funcionamiento del órgano. Puede provocar acumulación de líquido en el abdomen, sangrados en el aparato digestivo o insuficiencia hepática.
Quienes desarrollaron la enfermedad antes de los 50 años mostraron un perfil distinto del de los pacientes que la presentaron más tarde. El análisis encontró una mayor presencia de variantes genéticas vinculadas con el riesgo de enfermedad hepática y de trastornos metabólicos, en especial diabetes tipo 2.
“Los adultos jóvenes que desarrollan cirrosis por esta enfermedad no están simplemente atravesando el mismo problema a una edad menor”, afirmó Rohit Loomba, autor principal del estudio, especialista en hígado de la Universidad de California en San Diego. “Parecen tener una combinación propia de predisposición genética y factores metabólicos que acelera el avance hacia una enfermedad hepática avanzada”.
La obesidad y la diabetes pueden favorecer que se acumule grasa en el hígado. Con el tiempo, ese exceso puede causar inflamación y dejar cicatrices en el tejido, un proceso llamado fibrosis. Cuando el daño llega a su etapa más avanzada, aparece la cirrosis. Según el estudio, esta secuencia puede acelerarse en adultos jóvenes que combinan varios factores de riesgo.
La investigación también señaló una limitación de las pruebas que se usan de manera habitual para estimar el grado de cicatrización del hígado. Muchas incluyen la edad entre los datos que se utilizan para calcular el riesgo, por lo que pueden detectar menos casos graves en pacientes jóvenes.
Casi un tercio de los participantes con cirrosis temprana obtuvo resultados que no habrían llevado a pedir estudios adicionales según los valores de referencia más utilizados. Para Veeral Ajmera, primer autor del trabajo y especialista en hígado de la misma institución, el hallazgo muestra que los adultos jóvenes con mayor riesgo necesitan una evaluación más precisa de su salud hepática.
Los autores no plantean abandonar las pruebas disponibles. Señalan, en cambio, que podrían complementarse cuando se evalúe a adultos jóvenes con ese perfil de riesgo.
La falta de síntomas en las primeras fases dificulta el diagnóstico temprano. “Con frecuencia, la cirrosis permanece silenciosa hasta que surgen complicaciones graves”, advirtió Loomba.
Detectar el daño antes de que provoque complicaciones permitiría definir el seguimiento y los tratamientos según la situación de cada paciente. La investigación no propone una única prueba para todos los casos, pero plantea que los antecedentes de salud y la información genética deberían ayudar a decidir qué personas necesitan estudios más completos.
La cirrosis aumenta, además, el riesgo de desarrollar cáncer de hígado, en particular el llamado carcinoma hepatocelular, que es el tipo más frecuente. Loomba indicó que reconocer a los pacientes de mayor riesgo puede permitir su seguimiento médico antes de que aparezca un tumor.


