Tras el diagnóstico de cáncer de próstata, el rol de grasas vegetales en una mayor supervivencia

Investigadores de Harvard y McGill siguieron durante casi 13 años a 4.884 hombres con enfermedad no metastásica y analizaron cómo la composición de la alimentación se relacionaba con la mortalidad a largo plazo

Por Constanza Almirón

De acuerdo con las estimaciones de GLOBOCAN para 2022, el cáncer de próstata fue el segundo tumor más diagnosticado entre los hombres. Ese año se registraron 1.467.854 nuevos casos y 397.430 muertes en el mundo, lo que representó el 7,3% de todos los diagnósticos oncológicos. Su frecuencia no fue uniforme y mostró diferencias considerables entre regiones y países.

Ante un diagnóstico que afecta a millones de personas, la atención médica no termina con el control del tumor. Un estudio publicado en la revista JAMA Network Open, a cargo de investigadores de la Universidad McGill y la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard, examinó cómo el tipo de grasas consumidas después del diagnóstico se relaciona con la supervivencia de hombres con cáncer de próstata no metastásico.

La investigación siguió a 4.884 participantes diagnosticados entre 1986 y enero de 2019, todos integrantes del Health Professionals Follow-Up Study. Esta cohorte prospectiva de Estados Unidos reúne información de más de 50.000 profesionales de la salud varones y permitió observar los hábitos alimentarios de los pacientes durante años.

Con una mediana de seguimiento de 12,8 años y registros que abarcan más de tres décadas, el análisis contabilizó 3.040 muertes. Las enfermedades cardiovasculares fueron la causa de 803 decesos; otros tipos de cáncer, de 499; y el cáncer de próstata, de 441.

Sobre esa base, los investigadores identificaron que una mayor ingesta de grasas saturadas y de origen animal se asocia con una tasa más alta de mortalidad por todas las causas, mientras que reemplazarlas por grasas vegetales e insaturadas se vinculó con una mayor supervivencia a largo plazo.

Los resultados mostraron que los hombres con mayor consumo de grasas saturadas tuvieron una tasa de mortalidad 24% superior a la de quienes menos las consumían, según informó la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard.

Esa diferencia se trasladó a la estimación de riesgo a diez años: fue de 26,4% en el grupo con mayor ingesta, frente a 23,4% entre los participantes con menor consumo. La distancia entre ambos porcentajes equivale a cerca de tres muertes adicionales por cada 100 hombres durante una década.

El aumento no se explicó principalmente por fallecimientos causados por el cáncer de próstata. Se concentró, sobre todo, en las enfermedades cardiovasculares y, en menor medida, en otros tipos de cáncer. De este modo, el estudio sitúa la salud metabólica y cardiovascular entre los aspectos que deben considerarse durante el seguimiento posterior al diagnóstico.

Para la epidemióloga Lorelei Mucci, una de las autoras principales y profesora de Harvard, la alimentación podría ser un factor modificable dentro de ese cuidado. La investigadora recordó que algunos tratamientos contra el cáncer de próstata pueden afectar el metabolismo y elevar el riesgo cardiovascular.

Los investigadores utilizaron modelos estadísticos para calcular qué podría ocurrir si se reemplazara una proporción de las calorías provenientes de grasas menos favorables por otras alternativas, sin modificar la ingesta energética total.

Reemplazar aproximadamente 10% de las calorías diarias provenientes de grasa animal por su equivalente vegetal se asoció con una reducción de 16% en la tasa de muerte por cualquier causa. Por otra parte, sustituir cerca de 5% de las calorías aportadas por grasas saturadas por opciones monoinsaturadas se vinculó con una disminución de 20%.

Las grasas monoinsaturadas están presentes, entre otros alimentos, en el aceite de oliva, la palta, los frutos secos y algunas semillas. Las grasas de origen vegetal abarcan también aceites vegetales, nueces, semillas y otros productos derivados de plantas. En contraste, las grasas animales y las saturadas suelen encontrarse en carnes grasas, embutidos, manteca, quesos y otros lácteos enteros.

El científico David P. Labbé, investigador del Instituto de Investigación del Centro de Salud de la Universidad McGill, sostuvo que la conclusión no apunta a reducir toda la grasa de la dieta. El foco, explicó, está en el tipo y el origen de los lípidos presentes en la alimentación cotidiana.

Los autores aclararon que se trata de una investigación observacional. Por lo tanto, los resultados permiten identificar una relación entre la alimentación y la supervivencia, pero no demostrar que una modificación puntual de la dieta provoque por sí sola una reducción de la mortalidad.

Fuente: https://www.infobae.com/salud/ciencia/