{"id":826,"date":"2026-07-28T11:39:02","date_gmt":"2026-07-28T11:39:02","guid":{"rendered":"https:\/\/observar.org.ar\/web\/index.php\/2026\/07\/28\/una-pasion-en-la-infancia-una-enfermedad-sin-nombre-y-un-descubrimiento-que-lo-cambio-todo-la-historia-de-tamara-rubilar\/"},"modified":"2026-07-28T11:39:02","modified_gmt":"2026-07-28T11:39:02","slug":"una-pasion-en-la-infancia-una-enfermedad-sin-nombre-y-un-descubrimiento-que-lo-cambio-todo-la-historia-de-tamara-rubilar","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/observar.org.ar\/web\/index.php\/2026\/07\/28\/una-pasion-en-la-infancia-una-enfermedad-sin-nombre-y-un-descubrimiento-que-lo-cambio-todo-la-historia-de-tamara-rubilar\/","title":{"rendered":"Una pasi\u00f3n en la infancia, una enfermedad sin nombre y un descubrimiento que lo cambi\u00f3 todo: la historia de Tamara Rubilar"},"content":{"rendered":"<h2>Una pasi\u00f3n en la infancia, una enfermedad sin nombre y un descubrimiento que lo cambi\u00f3 todo: la historia de Tamara Rubilar<\/h2>\n<p><strong>La investigadora del CENPAT-CONICET en Puerto Madryn encontr\u00f3 en los erizos de mar la respuesta que la medicina no ten\u00eda para su hijo. Hoy, su trabajo mejora la calidad de vida de personas con patolog\u00edas graves y sin cura<\/strong><\/p>\n<p>\u201cFuimos a Buenos Aires cuando \u00e9l ten\u00eda diez meses y estuvimos tres meses internados. Cuando nos dieron el diagn\u00f3stico, nos dijeron que era una enfermedad autoinmune, pero no ten\u00eda nombre. Como muchas de ellas que tampoco lo tienen\u201d. Quien habla es Tamara Rubilar, bi\u00f3loga e investigadora del CENPAT-CONICET en Puerto Madryn. Pero tambi\u00e9n es la mam\u00e1 de \u201cel Colito\u201d.<\/p>\n<p>Hoy, ella es una de las cient\u00edficas argentinas m\u00e1s reconocidas por el impacto de su trabajo con erizos de mar y c\u00f3mo cambi\u00f3 la calidad de vida de personas con enfermedades graves en todo el mundo. Su nombre aparece en Harvard y en congresos internacionales; pero lo que la trajo hasta ah\u00ed no fue un plan. Fue una forma de ser.<\/p>\n<p>Hace apenas 13 a\u00f1os, era otro mundo, otra medicina y tambi\u00e9n otra ciencia. Cuando recibi\u00f3 el diagn\u00f3stico de \u201cel Colito\u201d, podr\u00eda haber parado ah\u00ed. Pero es de las que \u201cno sueltan el hueso\u201d, como ella misma dice. Y esa b\u00fasqueda termin\u00f3 cambiando la realidad de su familia, de su ciudad y de muchas otras personas que, enfrentando patolog\u00edas muy distintas, encontraron en su trabajo una mejor calidad de vida.<\/p>\n<p>Pero antes de ser bi\u00f3loga e investigadora, y mucho antes de ser mam\u00e1, Tamara fue una nena con una pecera y una fascinaci\u00f3n que marcaba sus d\u00edas. Junto a su hermano mayor, con solo diez u 11 a\u00f1os, pasaban horas mirando ese peque\u00f1o mundo. \u201cMe daba mucha m\u00e1s gana de ponerme a hacer eso que ponerme a jugar a otra cosa\u201d, recuerda hoy, con la misma naturalidad con la que lo vivi\u00f3 entonces.<\/p>\n<p>Esa simpleza, que era una suerte de ritual en su vida, a\u00f1os m\u00e1s tarde se convirti\u00f3 en ciencia. El secundario le dio forma a lo que la pecera hab\u00eda despertado. Un profesor de F\u00edsica y Ciencias, becario del CONICET, la vio. La meti\u00f3 en los talleres de ciencia, le dio responsabilidades reales. En el techo de la escuela hab\u00eda dos invernaderos y ella era la encargada de tomar los par\u00e1metros, de entender c\u00f3mo no dejar que las variables se escaparan. Ten\u00eda 13 a\u00f1os y ya hac\u00eda ciencia.<\/p>\n<p>\u201cNo me lo cuestion\u00e9, me sali\u00f3 como natural\u201d, recuerda. \u201cYo tengo un disfrute en el aprendizaje\u201d. No lo dice como m\u00e9rito, sino como parte esencial de su personalidad. Quiz\u00e1 por eso no se sorprendieron en su casa cuando, a\u00f1os despu\u00e9s, dijo que quer\u00eda estudiar biolog\u00eda: \u201cA nadie le pareci\u00f3 raro. Era como para lo que era buena. Siempre fui bastante traga, me gusta mucho aprender\u201d.<\/p>\n<p>La universidad no la encontr\u00f3 esperando. En segundo a\u00f1o ya ten\u00eda la ciencia como objetivo y la curiosidad como arma principal. Es por eso que decidi\u00f3 encontrar la manera de ser parte de un laboratorio. La mayor\u00eda le dec\u00eda que era muy joven, que esperara. Pero en este caso fue el laboratorio de Enriqueta D\u00edaz de Vivar.<\/p>\n<p>Esta cient\u00edfica hac\u00eda su propio doctorado en qu\u00edmica org\u00e1nica cuando Tamara se ofreci\u00f3 a ayudarla. No hab\u00eda pasant\u00eda formalizada, no hab\u00eda estructura. Dos veces por semana, en un laboratorio chiquito, empez\u00f3 haciendo lo m\u00e1s b\u00e1sico: lavar tubos de ensayo, pesar sales, ordenar: \u201cHac\u00eda lo que me dec\u00eda\u201d.<\/p>\n<p>Las responsabilidades fueron creciendo, la qu\u00edmica la hab\u00eda llevado lejos, pero algo no cerraba: necesitaba algo m\u00e1s. Fue entonces cuando Enriqueta la conect\u00f3 con Catalina Pastor, investigadora del CONICET que ten\u00eda una visi\u00f3n que result\u00f3 ser clave. \u201cElla me plante\u00f3 que hab\u00eda l\u00edneas de investigaci\u00f3n que no exist\u00edan en el pa\u00eds. Y una de ellas era el estudio de los equinodermos (estrellas y erizos de mar)\u201d, recuerda.<\/p>\n<p>El \u00fanico problema era el dinero. O mejor dicho, la falta de \u00e9l. \u201cYo no tengo plata\u201d, le dijo Catalina. \u201cAs\u00ed que si vos ten\u00e9s forma de conseguir los animales&#8230;\u201d. Lo tom\u00f3 como un desaf\u00edo. Volvi\u00f3 a su casa y le cont\u00f3 a su novio (hoy su marido) Francisco y la soluci\u00f3n fue tan simple como inesperada: tomaron un curso de buceo. Aprendieron y fueron ellos mismos a buscar los erizos.<\/p>\n<p>\u201cYo me acuerdo que un d\u00eda aparec\u00ed en el laboratorio con un balde lleno de estrellas y a Catalina no le qued\u00f3 otra que dejarme trabajar en su laboratorio\u00bb, resumi\u00f3 entre risas Rubilar. As\u00ed empez\u00f3 su mundo adentro del CONICET. Sin beca, sin estructura, con un balde y las ganas.<\/p>\n<p>Y eso que parec\u00eda casi un accidente result\u00f3 ser exactamente lo que necesitar\u00eda a\u00f1os despu\u00e9s: ese laboratorio chiquito donde empez\u00f3 hoy est\u00e1 a su cargo.<\/p>\n<p>Volver a Puerto Madryn con un diagn\u00f3stico sin nombre despert\u00f3 una contradicci\u00f3n profunda en ella: \u201cPor un lado, estaba aliviada, porque nosotros pasamos bastante tiempo sin saber qu\u00e9 ten\u00eda. Pero despu\u00e9s preocupada por el tratamiento\u201d, recuerda.<\/p>\n<p>Su marido Francisco trataba de encontrarle el lado positivo. Ella no pod\u00eda dormir: \u201cLe\u00eda los efectos secundarios, hablaba con la pediatra, preguntaba qu\u00e9 iba a pasar cuando entrara en la adolescencia\u201d.<\/p>\n<p>La vida de toda la familia se reorganiz\u00f3 alrededor de ese diagn\u00f3stico. El hermano mayor, cuatro a\u00f1os m\u00e1s grande, no pod\u00eda llevar amigos a casa y sus cumplea\u00f1os eran en el pelotero.<\/p>\n<p><small>Fuente: <a href=\"https:\/\/www.infobae.com\/salud\/ciencia\/\" target=\"_blank\">https:\/\/www.infobae.com\/salud\/ciencia\/<\/a><\/small><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La investigadora del CENPAT-CONICET en Puerto Madryn encontr\u00f3 en los erizos de mar la respuesta que la medicina no ten\u00eda para su hijo. 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